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Séneca y la administración de nuestra mortalidad
por Francisco Socas

El personaje 

Retrato de SénecaLucio Anneo Séneca, hijo de un rico provincial de la clase de los caballeros (equites), nació en Córdoba en torno al año 1 d. C. Muy pronto marchó a Roma con su familia y allí su padre, un hombre interesado en las letras, le procuró una buena formación con los mejores maestros, oradores, juristas y filósofos. En un primer momento ejerció la abogacía, destacando por sus dotes de orador. Tal vez por motivos de salud (padecía del pecho) estuvo unos años en Egipto con un tío suyo. En tiempos de Calígula (37-41 d.C.) estuvo a punto de sufrir condena, pero lo salva la intercesión de una influyente mujer de la corte. Nadie lo pudo librar sin embargo de las represalias de Claudio y Mesalina, que lo mantienen desterrado en la isla de Córcega durante ocho años (41-49 d. C.), hasta que Agripina, la nueva esposa del emperador, lo hace regresar y le encarga la educación de su hijo Domicio. Una vez que este hijo de Agripina, con el nombre de Nerón, alcanza el poder (54 d.C.), Séneca, junto a Burro, el jefe de la guardia pretoriana, controla la política romana intentando dar juego al senado y repartiendo cargos entre gente fiel a sus proyectos. Pero Nerón se emancipa poco a poco de las influencias de la madre (a la que hace asesinar) y del viejo maestro. Al morir Burro (62 d.C.), Séneca queda sin apoyos en la corte y hace un intento frustrado de retirarse. Nerón no permite su retiro (quizá nunca completo) hasta años más tarde. El descontento general cuaja en una conjura mal planeada en torno al senador Pisón. Cuando el complot es descubierto, algunos de los conjurados menciona a Séneca, y entonces Nerón, después de una somera pesquisa, le envía la orden de suicidarse. La muerte se muestra esquiva al condenado y sólo llega después abrirse las venas de brazos y piernas, tomar la cicuta y sofocarse con los humos de unos baños (65 d.C.). 

 

“En Roma su padre, un hombre interesado en las letras, le procuró una buena formación con los mejores maestros, oradores, juristas y filósofos”.

 

La obra  

Séneca no participó de la vida política a desgana o por movido por una vaga responsabilidad filosófica, sino como consecuencia de una profunda y continuada vocación entroncada con el modo de ser de los caballeros de su clase. Fue también un próspero hombre de negocios y, al arrimo del poder, engrandeció su patrimonio dinerario e inmueble en proporciones gigantescas. En medio de esas tareas políticas y comerciales tuvo tiempo para componer excelente poesía (un conjunto de tragedias imitadas de los clásicos atenienses) y redactar tratados filosóficos (algunos de ellos llamados Diálogos en recuerdo de Platón, aunque en puridad no son más que disertaciones muy vivas y cercanas a veces a la charla). Su obra más actual y entretenida es sin duda la colección de cartas dirigidas a su joven amigo Lucilio, que constituyen un precedente del ensayo moderno y -en ciertos pasajes- del artículo periodístico. Un género peculiar que cultivó es el de los escritos consolatorios (especie de carta de pésame), que nos documentan sobre sus lances biográficos y sus actitudes íntimas. Desde el destierro dirigió estas Consolaciones a su madre Helvia (para aliviar sus añoranzas) y a Polibio, el poderoso valido de Claudio (para suplicarle de paso perdón). 

Imagen del cuadro "La muerte de Séneca" 

 

“Compuso excelente poesía, incluida en tragedias imitadas de los clásicos atenienses, y redactó tratados filosóficos, algunos llamados Diálogos en recuerdo de Platón”.

 

Séneca, desde muy joven, se adscribió a la tradición filosófica de la escuela estoica, fundada por Zenón de Citio tres siglos antes. En todos sus escritos Séneca mostró fidelidad a sus doctrinas, aunque supo darle un sesgo actual y muy romano. Los mismos títulos revelan su temática, y así tocó asuntos sociales y políticos (Sobre los beneficios, Sobre la clemencia), naturalistas (Indagaciones sobre la naturaleza),teológicos (Sobre la providencia) y sobre todo de aquello que constituía la preocupación fundamental de las dos escuelas filosóficas predominantes, la estoica y la epicúrea: la construcción del filósofo (Sobre la integridad del sabio, El ocio del sabio) y el logro para todos de la mejor forma de vida (Sobre la tranquilidad de espíritu, La vida feliz). 

 

Ideas de la muerte y vida   

Imagen de la obra "Edipo hablando con la esfinge", 1864La muerte es un tema central de la filosofía desde los tiempos de Sócrates (Platón le hace decir en sus diálogos que toda la vida del filósofo es meditación y entrenamiento en la muerte). Aunque Séneca conoce y propaga ciertos silogismos y frases brillantes que parecen reducir la muerte a nada (así “ningún mal es grande si es el último”, Cartas, 4.3), mira más allá e defiende una conciliación trágica de muerte y vida. 

Una primera cuestión es la del suicidio, tan presente en la ideología estoica.   Defienden también la buena muerte, que muchas veces será la muerte voluntaria. Una muerte serena y pacífica debe coronar la vida entera si es posible. Una muerte angustiosa y resentida puede devaluar o borrar todos los recuerdos buenos. La divinidad nos ha hecho inteligentes, lo que lleva consigo la conciencia amarga de la mortalidad, pero también la alegría de poder escapar de la necesidad y del dolor irremediable. Llaman al suicidio eulogos exagoge, que quiere decir “la salida razonable”. La muerte voluntaria es, pues, para ellos un acto de razón. La buena muerte (euthanasia) es un don de los dioses y la muerte más humana. 

La muerte voluntaria, aceptada e incluso provocada por uno mismo, representa la libertad. No se puede ser esclavo ni siquiera del vivir, ya que la vida, si falta la valentía para morir, es servidumbre (Cartas, 77.15). Quien ha aprendido a morir ha desaprendido a servir y está por encima de todo poder (Cartas, 26.10). Séneca sabe que la libertad se adquiere a la vez que se abandona el temor a la muerte. Lo que distingue al amo del siervo es el miedo a la muerte (repetirá como un eco Hegel). Pero la decisión de morir no debe tomarse a la ligera. El hombre valeroso y sabio no debe huir de la vida a la carrera y atropelladamente, sino más bien salir de ella despacio y con elegancia. Hay en algunos algo así como un gusto de la muerte (libido moriendi) que invade tanto al valiente, que hace alarde de despreciar la vida, como al cobarde, que la teme. En esto de la muerte anticipada también hay que precaverse del puro hastío que, alentado a veces por la propia filosofía, nos mueve a decirnos: “¿Hasta cuando las mismas cosas?” y a acabar para siempre. El tedio hace que algunos aspirantes a suicidas no consideren la vida amarga y mala, sino meramente superflua y prescindible (Cartas, 24.24-25). Pero a veces es necesario no ser remilgado (delicatus), aguantar en la vida, aun entre tormentos, por amor a los suyos. El hombre bueno ha de pensar en la esposa o los amigos, cuyo amor lo hará reconciliarse valerosamente con la vida (Cartas, 104.3-4). 

 

“Defiende el suicidio, tan presente en la ideología estoica, y la buena muerte, que muchas veces será la muerte voluntaria”.

 

Séneca define al hombre como una “vasija rota por el más leve choque, la más leve sacudida”, “un cuerpo débil y quebradizo” (corpus imbecillum et fragile, A Marcia 11.3). La muerte es el pago y la ley del vivir (Cartas, 77.12-13). Antes debemos pertrecharnos para la muerte que para la vida (Cartas, 61.4). Porque vivir es morirse día a día y nos equivocamos en eso de ver la muerte como algo futuro: gran parte de ella ya ha trascurrido, cualquier momento de la vida pasada lo posee ahora la muerte (Cartas, 1.2): ha muerto en nosotros el niño y el joven que fuimos (A Marcia, 21.7). Nada es tan útil para la templanza como el pensar continuamente en una existencia que es breve e insegura: en cada acción el hombre debe tener en cuenta la muerte (Cartas, 114. 27). La muerte trae al hombre libertad, seguridad, eternidad (A Polibio, 9.6-7). Pero con la muerte todas las cosas acaban, incluida la muerte misma (Fr. 28), y ningún mal resulta grande entonces si ella es el último de todos (Cartas, 4.3). 

Imagen de la obra "Ciceron denuncia a Catilina" 

El sabio que busca la felicidad verdadera tiene que integrar la muerte en la existencia y despojarse de miedos. La aceptación de la muerte es garantía de libertad: “Quien aprende a morir desaprende a servir” (Cartas, 26.10). Al mismo tiempo habrá de administrar el espacio reducido que el destino le otorga para crear en él la obra de arte de la propia dicha. Los dioses tienen vida inacabable, pero esa falta de contornos hace que no tengan que construir en ese espacio infinito cosa alguna. 

 

“Vivir es morirse día a día y nos equivocamos en eso de ver la muerte como algo futuro, ha muerto en nosotros el niño y el joven que fuimos”. 

 

Detalle del antiguo Foro de Roma

Nunca es el alma más divina –nos enseña- que cuando conoce su mortalidad y comprende que el cuerpo es una morada provisional e incómoda donde residimos como quien vive en casa ajena (Cartas, 120.15-16). El alma despliega el propio pensamiento hacia lo infinito, no reconoce límites de espacio o tiempo, si no son esas fronteras que la separan de la divinidad y que comparte con ella. La muerte desagrega esa mezcla de lo divino y humano que es el hombre, permitiendo otra vida. La vida es gestación y la muerte parto. La última hora lo es sólo del cuerpo y este cuerpo nuestro es cárcel y cadena del ánimo: corpusculum hoc, custodia et vinculum animi (A Helvia 11.7). El día de la muerte es el día del nacimiento a una vida mejor y más larga. En la muerte hay revelación y se disipa una oscuridad; una luz clara, mejor que esa que vemos por las rendijas de los ojos, nos herirá de todas partes (Cartas, 102. 21-28). Podemos estar seguros de que la parte más noble y razonadora del alma, el ánimo (animus), es “un dios hospedado en cuerpo humano” (deum in corpore humano hospitantem, Cartas, 31.11). La muerte es escapatoria de la necesidad y “hace que el nacer no sea suplicio (A Marcia 20. 2). La muerte hace interesante y pone un toque de gracia en la vida: “Te considero valiosa, oh vida, por un favor de la muerte” (A Marcia 20.3)” El filósofo, que quiere llevar vida divina, administrará su mortalidad en el ámbito manejable de la vida humana. En todo caso siempre será “más humano reírse de la vida que lamentarla” (Sobre la tranquilidad 15.2). Ese es el núcleo del mensaje de las escuelas antiguas que nos llega a través de los escritos de Séneca. Séneca habla una y otra, vez acá y allá, en tragedias y tratados, de nuestra condición mortal. En las Cartas, que escribe cuando ya es sexagenario y los mil asuntos de viejo político no le roban el tiempo, se percibe la angustia de una vida que nunca acaba de cumplirse: “Se pasa la vida en tanto que se aplaza” (Cartas, 1.2). 

 

Un tratado sobre los ultrajes del tiempo 

Imagen que refleja la visión del suicidio de SénecaAhora bien, es en la obra Sobre la brevedad de la vida (De brevitate vitae) donde se explaya revisando esta cuestión crucial. La obra está dedicada a un Paulino, sin duda el hermano o el padre de Pompeya Paulina, la esposa de Séneca. El tema subyacente es el del tiempo y la muerte, pero también el de la vida como realización positiva dentro de un ámbito limitado. Para los estoicos, la aceptación de la propia mortalidad es una de las bases de la sabiduría, que permite administrar el espacio clausurado de la propia existencia. El tiempo se nos manifiesta siempre con una intrínseca y enigmática maldad: es secreción de la vida que desbarata y construye, desbarata construyendo y construye desbaratando[1]. El hombre, porque sus deseos son más grandes que su vida, es desgraciado, y siente envidia de los dioses. Pero el sabio ha de aprender a amar su destino y sacar partido. Encara a los hombres todos y les reprocha: “De todo como mortales que sois tenéis miedo, todo como inmortales lo ansiáis” (3.4). Y este intrincado y agobiante nudo lo quiere aflojar Séneca razonando como sigue.  

 

“¿Qué va a pasar? Tú no tienes tiempo para nada y la vida corre; entretanto llega la muerte y, para ella, quieras no no quieras vas a tener todo el tiempo del mundo”. 

 

A pesar de que los hombres no paran de quejarse de la brevedad de la vida, son ellos solos los verdaderos culpables de acortarla con su desidia y sus vicios. Desperdiciamos el tiempo y no lo consideramos el bien mayor y único. El tiempo de la vida es bastante si se sabe aprovechar. “No tenemos tiempo escaso, sino que perdemos mucho” (1.3). La solución no será ni la hiperactividad, ni la holganza, porque los muy ocupados, pendientes siempre del mañana, tampoco aprovechan el tiempo y pronto se ven sorprendidos por la vejez, mientras que en la ociosidad las pasiones y diversiones nos roban la paz íntima. Los ociosos temen más la muerte. Los ocupados no podrán eludirla: "¿Qué va a pasar? Tú no tienes tiempo para nada y la vida corre; entretanto llega la muerte y para ella, quieras o no quieras, vas a tener todo el tiempo del mundo”(8.5). 

Imagen de la obra "Medea"Incluso un ocio digno puede estar lleno de tareas vanas. Con las cuestiones eruditas, como el averiguar si la Ilíada se compuso antes que la Odisea, o si eran obra de un mismo autor, “uno no logra pasar por más sabio sino por más cargante” (13.2). “Muy corta y abrupta es la vida de quienes olvidan el pasado, descuidan el presente y temen el futuro. Cuando lleguen al final, entenderán, pobrecitos, que estuvieron muy ocupados en no hacer nada” (16.1). No es lo mismo vivir mucho que sentir que los días se hacen inacabables. El sabio vive la verdadera vida tranquila y se hurta a la muerte. Mediante la memoria recobra el pasado, que deja de ser así tiempo perdido, y en su corazón anticipa las alegrías del porvenir. En las palabras finales, Séneca aconseja a Paulino dejar el cargo de intendente de abastos (a ratione), retirarse a la vida privada y dedicarse a asuntos más elevados, porque “es mejor conocer las cuentas de la propia vida que las del suministro público de trigo” (18.3). Aquí Séneca, aconsejando a un amigo apartarse de la vida pública. Como es sabidos, los estoicos aconsejaban participar en política, mientras que Epicuro aconsejó vivamente lo contrario. Séneca, movido por cierto desengaño de la vida pública y la administración, se convierte aquí -como tantas veces a lo largo de sus Cartas-, en un epicúreo circunstancial. 

 

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