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Cuentos espiritistas, de Amalia Domingo Soler
por Amelina Correa Ramón

Retrato de Amalia Domingo SolerEl día 24 de agosto de 1781 tuvo lugar en Sevilla la última condena a la hoguera de la Inquisición. La víctima fue una mujer invidente, llamada María de los Dolores López, que resultó castigada con la pena máxima por su heterodoxia y su tenacidad, condiciones que, evidentemente, no resultaban aceptables en la época, y mucho menos tratándose de una mujer. Descendiente de cristianos viejos, tenía cuarenta y tres años, y llevaba ciega desde su infancia, aunque al parecer, poseía una asombrosa capacidad para ver más allá de los sentidos corporales. Como explicaría tendenciosamente Marcelino Menéndez Pelayo en las páginas que le dedicó en su célebre Historia de los heterodoxos españoles, “su misma ceguera, unida a un entendimiento muy despierto, aunque, hábil sólo para el mal, le daba cierto prestigio fantástico entre la muchedumbre, que no acertaba a comprender cómo Dolores veía y adivinaba muchas cosas sin el auxilio de los ojos”.

Tan sólo cinco décadas después de que el fanatismo y la ignorancia sirvieran de excusa para cometer tan atroz crimen, iba a nacer en la misma ciudad de Sevilla otra mujer, llamada Amalia Domingo, que padecería igualmente problemas de visión desde muy niña –hasta el extremo de estar a punto de quedarse ciega- y que así mismo iba a destacar en la España de su época por su heterodoxia y tenacidad. Su capacidad para ver más allá de los sentidos corporales la llevará a ser representante insigne de una interesante corriente religioso/filosófica que alcanzaría enorme arraigo en la segunda mitad del siglo XIX como fue el espiritismo. Si la que podría considerarse en alguna medida como su antecesora, la desdichada María de los Dolores López, fue víctima de la intolerancia de la Iglesia Católica y pagó por ello con su vida, poco tiempo después el poder de la institución no resulta ya tan temible y tendrá que limitarse a proclamar por todos los medios la condena del espiritismo y de sus practicantes. 

  

“Su infancia y juventud estuvieron marcadas por una salud frágil y un grave problema de visión que casi la dejó invidente”.

 

En este sentido, se pueden destacar las sonoras polémicas que Amalia Domingo sostuvo con figuras representativas de las jerarquías eclesiásticas, cuyos textos llegarían incluso a editarse en forma de libro. En concreto, llegarían a hacerse célebres sus controversias con el Padre Fita, el Padre Sallarés, el Padre Llanas y, sobre todo, con el canónigo Vicente Manterola. Y es que la escritora, que juzgaba imprescindible la instrucción pública para el progreso de la sociedad, y se dolía profundamente del atraso en que se encontraba España, culpaba en gran medida de ello a la Iglesia Católica, y actuó desde muy joven en esa línea, movida por su rechazo visceral del dogmatismo y del fanatismo que coartaba la libertad de raciocinio.            

Amalia Domingo Soler había nacido en Sevilla el 10 de noviembre de 1835, por lo que en 2010 se conmemora el CLXV aniversario de su nacimiento. Su infancia y juventud estuvieron marcadas por muchas penalidades, incluyendo una salud frágil y el ya aludido y grave problema de visión que casi la dejó invidente. Aunque se recuperó parcialmente, sufriría una debilidad de la retina que la acompañó durante toda su vida. Si bien físicamente fue de constitución enfermiza, ya desde muy temprana edad evidenció un carácter fuerte y decidido. Amalia Domingo se mostró siempre muy crítica con las injusticias sociales y valiente en la denuncia de las mismas. 

Aprendió a leer a temprana edad enseñada por su propia madre, exhibiendo desde niña un gran amor por la letra impresa. Aunque sólo pudo cursar estudios primarios, demostró una gran precocidad como poeta, escribiendo sus primeros poemas a la edad de diez años y dándose a conocer públicamente a los dieciocho. A comienzos de 1858 aparecen igualmente varios poemas suyos en la revista sevillana Museo literario.  

Portada de "El livre des espirits", de Allan Kardec, 1857Tras el fallecimiento de su madre en junio de 1860, la autora atravesó una etapa de profundo abatimiento, trasladándose por una temporada a las islas Canarias, donde vivió acogida en casa de una familia amiga por espacio de unos tres años, al término de los cuales regresó a su ciudad natal, donde se dedicó a una tarea considerada en la época típicamente femenina, como era la costura, que consideró en esos momentos como único medio posible de subsistencia. Al cabo de un tiempo, pensando que tanto sus obras literarias como la confección de prendas serían mejor retribuidas en Madrid, la escritora decidió trasladarse a la capital, donde pronto inició su colaboración con la revista Álbum de las familias, en la que publicó varios textos de temática bastante convencional durante 1866. En la misma línea no rupturista con la tradición se encuentran sus colaboraciones en otras revistas diversas, además de su libro Un ramo de amapolas y una lluvia de perlas, o sea, un milagro de la Virgen de la Misericordia (1868), alejado ideológicamente de las obras que harán posteriormente muy conocido el nombre de la autora.  

La continua dedicación al ejercicio profesional de la costura vuelve a resentir su vista, hasta el punto de quedar casi ciega. Desesperada, recorre innumerables consultas de médicos y atraviesa por una etapa de crisis personal en la que incluso llega a pensar en el suicidio. Sin medios económicos alternativos, se verá obligada a recurrir a la caridad a través de una sociedad filantrópica para poder subsistir. 

 

“En Madrid, donde se gana la vida con la costura y colaborando en diferentes revistas, conoce el Espiritismo, y queda fascinada con esta doctrina, a cuya difusión dedicará el resto de su vida”.

 

Por aquel entonces, el general Joaquín Bassols, ministro de la Guerra, había creado la Sociedad matritense “Progreso Espiritista”, llamada más tarde “Sociedad de Estudios Psicológicos”, y el periódico El Progreso Espiritista, que se refundió tiempo después en la revista El Criterio. Esta publicación, en línea con las creencias espiritistas tan extendidas por Europa y América durante la segunda mitad del siglo XIX, explicaba el perfeccionamiento del espíritu humano a través de sucesivas reencarnaciones y la comprensión de las faltas cometidas en vidas pasadas mediante la expiación en la encarnación presente. Será entonces cuando Amalia Domingo Soler, que había buscado la verdad en diversas opciones y confesiones religiosas, quede fascinada con esta doctrina y considere que allí se encuentra la respuesta a todas las cuestiones trascendentales que se había planteado hasta ese momento.  

Retrato de Allan KardecA partir de ahí comienza lo que va a considerar a todos los efectos una nueva vida, asumiendo la carencia visual como una probable consecuencia de sus imperfecciones en existencias pasadas. Presa de una gran alegría, redacta un poema que manda rápidamente a El Criterio. El director de dicha publicación le enviará a su vez una carta de agradecimiento junto con un ejemplar de su libro Preliminares al estudio del espiritismo (1872). Se trataba del vizconde Antonio de Torres Solanot y Casas, reconocido espiritista de ideología progresista, que había participado activamente en la Revolución de 1868 y que, en el momento que podríamos denominar de escisión krausipositivista, optó por la tendencia emancipadora de izquierdas que se decantó hacia una reacción teosófica. Así, desde 1871, Torres Solanot se dedicó al estudio y propaganda del espiritismo, fundando varios periódicos y dirigiendo la “Sociedad Espiritista Española”. El encuentro entre ambos resultará decisivo en la vida la escritora. Una vez establecida la conexión, pronto la acogería bajo su protección y patrocinio. 

El primer artículo de esta temática redactado por Amalia Domingo Soler aparecerá en 1872 en la portada del nº 9 de El Criterio con el título de “La Fe Espiritista”. Entre ese año y 1903 la autora llegará a publicar más de dos mil textos sobre espiritismo, tanto en prosa como en verso, colaborando hasta el momento de su muerte en multitud de publicaciones espíritas

 

“Aceptando la invitación del espiritista catalán Luis Llach, se traslada a Barcelona, donde dirige varias publicaciones especializadas”.

 

Pero su frágil salud se va a resentir una vez más, al seguir compaginando costura y escritura para poder sobrevivir, y el médico le recomienda una temporada de reposo tomando baños cerca del mar. Entre los numerosos destinos que las familias de la hermandad espiritista le ofrecen, elige Alicante, donde, junto con Jijona y Murcia, pasará unos meses hasta que, ya repuesta, regrese a Madrid en febrero de 1876. Su permanencia en la capital, no obstante, será más bien corta, pues el día 20 de junio de ese mismo año se trasladará de manera definitiva a Barcelona, aceptando la invitación hecha por parte de Luis Llach, presidente del Círculo Espiritista “La Buena Nueva”, para colaborar en los periódicos que difunden el espiritismo. Dicha sociedad estaba radicada en la casa que la familia Llach ocupaba en la entonces villa de Gracia, y la vinculación de la autora con aquella será tan estrecha, que su domicilio desde el 10 de agosto de ese mismo año quedará establecido en una habitación del primer piso del inmueble, vivienda en cuyo jardín redactará algunos de sus mejores escritos. Desde allí dirigirá también, por espacio de veinte años, en concreto entre 1879 y1899, la publicación periódica La luz del porvenir. Semanario espiritista. Igualmente, desde 1894 será redactora jefe de Luz y Unión. Revista mensual, órgano de expresión de la asociación espiritista “Unión Espiritista Kardeciana de Cataluña”.  

En septiembre de 1888 participa de manera activa como vicepresidenta y única presencia femenina en el comité organizador del primer Congreso Internacional Espiritista, que tiene lugar en la ciudad condal, con gran concurrencia y repercusión en la opinión pública. 

Imagen de una sesión espiritista a finales del siglo XIXSerá en la misma ciudad donde su decidida defensa de la enseñanza laica cristalice con la apertura de una escuela bajo ese modelo educativo que funda gracias a las donaciones hechas por un millonario filantrópico adepto a las doctrinas espiritistas, tan en boga por esos años. 

La producción literaria por la que la autora alcanzará renombre entre los reducidos (pero extendidos por toda la geografía española) círculos de espiritistas, librepensadores y masones tiene como tema central, sin duda alguna, el espiritismo. Así, en 1900 publicará Memorias del Padre Germán, recopilación de textos basados en unas supuestas comunicaciones del más allá obtenidas a través de un médium llamado Eudaldo, y transcritas por ella misma, en lo que se podría considerar peculiar género biografista de “ultratumba”. Cuatro años más tarde, y en la misma línea, publica ¡Te perdono! Memorias de un espíritu (1904).   

Durante sus últimos años de vida Amalia Domingo Soler padeció grandes problemas de salud, aunque no dejaría de trabajar en pro de sus ideales. Su muerte tuvo lugar a consecuencia de una bronconeumonía el día 29 de abril de 1909, meses antes de cumplir los setenta y cuatro años. Su entierro fue seguido por una gran comitiva que acompañó el coche mortuorio desde su domicilio hasta el Cementerio del Sud-Oeste, en la falda del Montjuic. Como dato curioso, se puede señalar que sus correligionarios editaron un curioso cuadernillo impreso con diversas ilustraciones fotográficas y cuya portada reza elocuentemente: “Recordatorio de la desencarnación de Amalia Domingo Soler”. En el mismo se contienen fotografías que recogen el paso del cortejo fúnebre por las calles de Barcelona, así como el cuerpo yacente de una Amalia Domingo Soler ya amortajada.

 

“En 1888 participa como vicepresidenta y única presencia femenina en el comité organizador del primer Congreso Internacional Espiritista”. 

 

Cubierta de "Cuentos espiritistas"En el mismo año de su muerte aparece su libro Flores del alma (1909), conjunto de poesías amorosas escrito con motivo de la onomástica de su fiel criada Rosa Bertrán, y tres años después un sin duda alguna sorprendente libro autobiográfico póstumo, cuya portada contiene la siguiente explicación: Memorias de la insigne cantora del espiritismo Amalia Domingo Soler. Divididas en dos partes. La primera contiene lo que escribió en vida. La segunda y el prólogo que acompaña a la obra, fueron dictadas desde el espacio por ella misma. La destinataria de estas supuestas revelaciones postmortem fue una médium llamada María. 

Varios libros más aparecerán tras su desencarnación, entre los que se pueden destacar el titulado Consejos de ultratumba y el antológico Sus más hermosos escritos [d. 1909].       

Años más tarde ve la luz Cuentos espiritistas [1926], antología que contiene, probablemente, los relatos más valiosos que salieron de su prolífica pluma. De hecho, sería definida en la época como “la única escritora espiritista de algún mérito”[i]. Ateniéndose en ellos al subgénero de los “cuentos de aparecidos”, de tanto éxito en toda Europa desde comienzos del siglo XIX, sus relatos, inspirados todavía por la inocencia romántica, logran captar el interés del lector ya desde sus párrafos iniciales, atrayendo su atención sobre un determinado elemento que será crucial en cada relato, para sumergirlo después en un cuadro de tensión dramática sabiamente dosificada, que llega a rozar el escalofrío en algunos de sus desenlaces. 

 

Cuentos espiritistas, volumen antológicopóstumo aparecido en 1926, contiene probablemente los relatos más valiosos que salieron de su prolífica pluma”.

 

Estos cuentos espiritistas están protagonizados en su mayoría por niños o jóvenes, cuyas almas abandonaron este mundo a muy temprana edad, lo que no parece sino intensificar la impresión que su lectura causa en el receptor. Guillén en “¡Murió de frío!”, Inés en “El vestido blanco” o “Flor de Lis” en el relato homónimo, representan esos seres desvalidos y extremadamente sensibles, cuyo origen y cuyo destino semejaría no ser de este mundo.  

Imagen de la herramienta para la comunicación mediúmnica ó Planchette

Y es que conviene señalar que Amalia Domingo Soler y la red de hermanos espiritistas a la que pertenecía creía firmemente en la transmigración o reencarnación de las almas, por la que el espíritu de aquellos que se han marchado sin perfeccionarse suficientemente en este mundo vuelve a la tierra para continuar su proceso de purificación, a la manera de religiones orientales como el hinduismo o el budismo. De este modo, el alma se reencarna sucesivamente hasta alcanzar su perfeccionamiento, purgando de alguna manera en cada una de sus existencias las malas acciones cometidas en las anteriores. 

Ello explicaría el ya aludido cuadernillo gráfico editado en Barcelona con motivo del fallecimiento de la autora, que rezaba precisamente: “Recordatorio de la desencarnación de Amalia Domingo Soler”. 

En realidad, dicho concepto aparecía ya recogido en un clásico término filosófico griego como es el de metempsicosis, que fue difundido por órficos y pitagóricos, y que alude, en efecto, a la transmigración del alma de un cuerpo a otro con posterioridad al momento de la muerte física. Entre otros, sería recogido por filósofos como Empédocles, Plotino, Platón y, posteriormente y en su estela, los pensadores neoplatónicos.

Como recuerda Ricardo Gullón en su iluminador estudio Direcciones del modernismo, la metempsicosis y sus conceptos sinónimos ejercieron su poderosa fascinación sobre nuestros escritores y poetas modernistas. Incluso sobre aquellos que no fueron creyentes del credo espiritista. Entre otros casos memorables, se puede recordar un ejemplo como el del poema “Metempsicosis”, de Rubén Darío:

Yo fui un soldado que durmió en el lecho

de Cleopatra la reina. Su blancura

y su mirada astral y omnipotente.

Eso fue todo.

[…]

Yo fui llevado a Egipto. La cadena

tuve al pescuezo. Fui comido un día

por los perros. Mi nombre, Rufo Galo.

Eso fue todo.

 

 

 

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