Junta de Andalucía. Consejería de Cultura. Biblioteca Virtual de AndalucíaJunta de AndalucíaConsejería de CulturaBiblioteca Virtual de AndalucíaDirectorio institucional de la Cultura
Una
Galería
de lecturas pendientes

Compartir en Facebook (en nueva ventana) Compartir en Twitter (en nueva ventana)

Vivir como extranjero: A propósito de José Ricardo Morales Malva
por Bonifacio Valdivia Milla y Manuel Galeote López

Retrato de José Ricardo Morales.Hay muchas formas de vivir como extranjero, pero todas ofrecen la constante del extrañamiento. Desde la de aquel que recorre el mundo con una curiosidad infinita pero sin sentirse aludido por lo que contempla u observa, hasta la más radical del desarraigo absoluto, del que nunca es reconocido ni se reconoce en ninguna parte. Entre el siempre demasiado y poco conocido grupo de los españoles republicanos exiliados tras la Guerra Civil podemos encontrar todas las muestras de esa extranjería personal y pública, a la postre íntima y siempre dolorosa, que poco tiene que ver con pasaportes y nacionalidades. Esos hombres y mujeres dejaron de ser de aquí simplemente porque no estuvieron. Nunca lograron completamente ser de allá porque allí sólo y solos llegaron.

Sin embargo, el caso de José Ricardo Morales Malva, uno de aquellos españoles del exilio, es paradójico. Como autor, el extrañamiento del destierro –él se considera un desterrado, no un exiliado- no sólo es la causa de la falta de un amplio conocimiento de su obra sino probablemente de su merecido reconocimiento. Aún así es un hecho inexcusable para entender toda su obra dramática e intelectual. Por el contrario, en lo personal, José Ricardo Morales es un ejemplo vivo de la constante que encontramos en tantos de aquellos que aportaron lo mejor de sus capacidades y todo su afán a la realidad social de los países que los acogieron. “Yo no traté de hacer las Américas, sino de contribuir a que América se hiciera […] Tenía mucha vida por delante y no me dolía nada: no sentía el “dolor machadiano”. Cuando llegué a Chile pensé en que tenía veinticuatro años, era muy joven y me quedaba mucho por trabajar. […] La mayor empresa voluntaria de los desterrados en Chile fue la profundización de nuestra cultura. Pero para profundizar hay que fundar”.[1] José Ricardo Morales casi no existe para España por el triste y sangrante hecho de que no ha estado aquí, pero es de Chile, y habiéndose hecho chileno por el tesón de su esfuerzo y la aportación de su trabajo y de su obra, es uno de esos mejores españoles para el mundo.

 

Yo no traté de hacer las Américas, sino de contribuir a que América se hiciera. Tenía mucha vida por delante y no me dolía nada: no sentía el «dolor machadiano»”.

 

 

Notas biográficas de un desterrado

José Ricardo Morales Malva nace en Málaga el 3 de noviembre de 1915, pero su familia es valenciana y a Valencia vuelve cuando Ricardo tiene sólo un año. "En Málaga aprendí a andar y en Valencia a hablar", dice en su Autobiograma [2]. Su adscripción andaluza es pues una anécdota biográfica sin repercusión personal alguna, pero sí con la coincidencia casi premonitoria de que vino al mundo en la calle Pacífico y frente al océano Pacífico vive en Isla Negra (Chile).

El abuelo materno médico, el padre químico y farmacéutico, investigador en el terreno de la bacteriofagia, y el resto de sus tíos dedicados a profesiones relacionadas con la ciencia sitúan a la familia de José Ricardo Morales entre la pequeña burguesía ciudadana ilustrada y liberal, que tantas esperanzas depositó en el desarrollo de la cultura y de la educación como herramientas imprescindibles para trabajar por el mejor futuro del país. Quizás por eso, tras los estudios de Bachillerato en el Instituto Luis Vives de Valencia, Morales cursa simultáneamente estudios universitarios de Magisterio y de Filosofía y Letras, aunque hubo de finalizar estos últimos ya en Chile.

Cartel del estreno de la obra de Morales "El embustero en su enredo".Esa época de estudiante resulta fundamental en la conformación intelectual y personal de nuestro autor. Participa en la FUE (Federación Universitaria Escolar) desde su fundación en Valencia, cuyo Departamento de Cultura dirige en 1936, y en la fundación de la revista Frente Universitario. Ese Departamento cuenta con dos centros de actividad principales: el grupo teatral El Búho (primero dirigido por Luis Llana, después por Max Aub y, tras él y hasta octubre de 1936 por José Ricardo Morales) y la Universidad Popular. De toda esa época y de tal actividad incorpora en primer lugar el conocimiento y la amistad de un buen número de jóvenes escritores y artistas del momento: Juan Gil Albert, Ricardo Muñoz Suay, Max Aub, Vicente Gaos o los hermanos Renau entre otros muchos. Pero en segundo lugar, y lo que especialmente nos interesa, comienza su andadura teatral, con un inicio que aunaba la inquietud intelectual y el aprendizaje, la formación actoral y la escritura teatral: "No dirigí la compañía, pero me crié como hombre del teatro en ella, tanto en la faceta autorial como actoral. Y fuimos más allá que La Barraca y las Misiones Pedagógicas de Casona, porque cuando nosotros nos adentramos en la vanguardia ellos ya estaban en decadencia. Lorca desapareció precisamente cuando Max llevó a El Búho sus propuestas más vanguardistas".[3]

Nunca se afilió a ningún partido político, pero defendió a la República durante la Guerra en las Milicias Antifascistas, como comisario de Brigada en el 183 batallón de la 46 Brigada Mixta de Valencia, la Columna Uribarri que dirigía el pintor mejicano Siqueiros. Acabó siendo destinado en el Ejército del Este hasta que en el mes de febrero de 1939, como tantos otros, pasó a Francia y fue internado en el campo de concentración de Saint-Cyprien. Tras su salida del campo y el reencuentro con sus padres y uno de sus hermanos en Marsella, logran embarcar en el Winnipeg, aquel barco fletado por el gobierno chileno a instancias de Pablo Neruda. El 3 de septiembre de 1939 llegan a ese país, en concreto a la ciudad de Valparaíso. Y en el alargado país frente al Pacífico inicia esa labor decidida y constante de fundar tanto su propia vida como para los demás.

 

“De estudiante inicia su andadura teatral en el grupo El Búho, ya aunaba la inquietud intelectual y el aprendizaje, la formación actoral y la escritura teatral”.

 

Finaliza sus estudios de Filosofía y Letras en 1942, se titula en Historia con una tesis sobre estudios paleográficos y en 1946 obtiene las cátedras de Historia del Arte en las Facultades de Filosofía y en la de Arquitectura de la Universidad de Chile. A partir de ese momento su trabajo como profesor e investigador en el campo de la Arquitectura no ha hecho más que ampliarse. Buena muestra de ese quehacer intelectual es su obra Arquitectónica.

Por lo que se refiere a su dedicación literaria, los afanes de José Ricardo Morales no han sido menos productivos. En España había escrito dos obras teatrales para El Búho: Burlilla de don Berrendo, doña Caracolines y su amante y No hay que perder la cabeza (esta última perdida). No era por tanto un autor con una obra hecha. Todo estaba por hacer y a ello se aplica con denuedo, en dos líneas distintas y paralelas. Por un lado, participa en la Editorial Cruz del Sur, fundada por Arturo Soria. En ella publica la antología Poetas en el destierro y dirige dos colecciones “La fuente escondida” y “Divinas palabras”, dedicadas a rescatar un buen número de poetas del Siglo de Oro español. Por otro lado, el teatro: funda el Teatro Experimental de la Universidad de Chile en 1941, que después se convertiría en el Teatro Nacional de Chile y continúa con su escritura teatral ya iniciada, que ha producido cerca de cuarenta títulos hasta la actualidad y de la que nos ocuparemos más adelante.

Un mometo de la representación de "Orfeo y el desodorante o el último viaje a los infiernos", Chile, 1975.En 1944, y a instancias de Arturo Soria, lee a Margarita Xirgu, también exiliada en esos momentos en Chile, su obra El embustero en su enredo, quien la estrena en Santiago ese mismo año y en Buenos Aires al año siguiente, a continuación de La casa de Bernarda Alba de Lorca. El proyecto de la misma Margarita de llevar a las tablas bonaerenses su trilogía La vida imposible se vio frustrado. Más tarde, en 1949 y a petición de esa gran actriz,  realizó la adaptación teatral del texto de La Celestina, que ella representó, y aún Don Gil de las Calzas Verdes, el último montaje que Margarita dirigió en Uruguay.

En 1953 ciertas desavenencias con el Teatro Experimental lo llevaron a tomar la decisión de abandonar la escritura teatral, decisión que mantuvo durante un intervalo de diez años, a lo largo de los cuales se dedica fundamentalmente a pintar, mostrando su obra en distintas exposiciones, y a visitar por diversos motivos los principales países de Europa. En 1959 se casa con la también pintora y grabadora Simone Chambelland, hasta que por fin en 1963 vuelve a la escritura dramática con La grieta  y Prohibida la reproducción. Desde entonces hasta ahora su producción teatral, sus actividades académicas (fue nombrado académico de número de la Academia Chilena de la Lengua en 1974), sus ensayos sobre literatura y arquitectura, dan fe de la enorme e incansable actividad de un intelectual verdaderamente prolijo, que sólo en 1967 pudo pisar suelo español por primera vez desde el destierro de la Guerra, país éste en el que, sin embargo, sólo unos pocos lo han podido conocer y sabido reconocer, como pocos han sido también los que han podido asistir a la representación de alguno de sus textos.

 

Una obra dramática destinada a la “Postumidad”

La producción teatral de José Ricardo Morales es casi tan amplia como dilatada su vida. Desde 1938 hasta hoy ha escrito y publicado unas cuarenta piezas teatrales y su versión teatral de La Celestina ha superado con creces la decena de ediciones. Sus conferencias, artículos y ensayos dan buena muestra además de su interés por reflexionar sobre el hecho teatral.

 

“En 1941 funda el Teatro Experimental de la Universidad de Chile, que después se convertiría en el Teatro Nacional de Chile”.

 

No tiene mucho sentido intentar agrupar en distintas etapas más o menos caracterizadas su obra dramática. Sólo nos parece útil señalar algunos momentos cronológicos que nos ayuden a reconocerla pues, salvadas las muy primeras, una constantes las recorren, se anuncian en las iniciales y se consolidan hasta las últimas. Sobre esas constantes tratamos después. Baste ahora con señalar que sus primeros textos la Burlilla de don Berrendo, doña Caracolines y su amante, El embustero en su enredo e incluso Barbara Fidele, recuerdan su formación en el ambiente teatral durante la República, pero que ya a partir de las tres obras que forman La vida imposible (escritas entre 1944 y 1947) se inicia una trayectoria marcada por esas constantes a las que aludimos, a la que se suma El juego de la verdad (escrita en 1952). Constituyen esos títulos lo que el autor ha reconocido como su Teatro inicial, el de una andadura que reanuda tras el lapso de diez años (1953-1963) de abandono de la escritura que, sin embargo, retoma con más brío y profundidad desde ese último año hasta ahora. El conjunto de esa segunda fase de su teatro recoge una gran variedad de géneros que él denomina con precisión (fantasmagorías, anuncios dramáticos, disparates, misterios, comedias, españoladas, monólogos o simplemente piezas). La odisea, Hay una nube en su futuro, Nuestro norte es el Sur, El torero por las astas, son algunos de sus títulos. Entre todas ellas resultan mayoría las obras en un acto.

Max Aub y José Ricardo Morales con el grupo teatral El Búho, 1935.

En cuanto a las constantes sobre las que se consolida todo su teatro, debemos señalar en primer lugar una perspectiva general, aquella desde la que intenta explicarse a él mismo, a los demás y al mundo que le rodea, una muy particular y clarificadora vivencia y concepción de lo que el destierro significa y puede producir. Su teatro no trata nunca el destierro como tema, jamás aparece en él el menor atisbo nostálgico de la patria perdida, sino que le proporciona una fecunda perspectiva intelectual desde la que construye su obra. En efecto, vivir desterrado es existir en la incertidumbre y en la distancia intelectual del extrañamiento. Cuando uno no tiene las ataduras sentimentales de las raíces, cuando se ha de vivir, escribir y pensar desde el desarraigo, el autor puede alcanzar la lucidez intelectual del que observa desde fuera, desprendido de cualquier rémora emocional. Ser un extraño en el mundo, vivirlo y sentirlo, puede permitir una labor de desentrañamiento para presentar el mundo a los demás en la desnudez de sus contradicciones, desprendido de cualquier oropel de ocultamiento. Por eso, él afirmará una y otra vez que su teatro no pertenece al mundo de lo absurdo sino al absurdo del mundo. "Dicho en pocas palabras, mi teatro inicial representa la irracionalidad del hombre, según modalidades de inconsecuencia e incertidumbre, propuestas por un desterrado que, como tal, asiste al espectáculo del mundo en obligado extrañamiento"[4].

 

“En la historia del teatro, Morales presagia y se adelanta a lo que luego se consagrará en Europa con el marbete de teatro del absurdo”.

 

Pero además José Ricardo Morales acompaña a esta perspectiva con una actitud complementaria, la de estar atento al mundo y su devenir, "aquella que consiste en presagiar a dónde vamos o de dónde vendrá el viento que sople, y con el añadido, nada manso, de haber de convertir ese presagio en obra"[5]. Así no solamente nos encontramos con un autor español que en la historia del teatro presagia, es decir, se adelanta a lo que luego se consagrará en Europa con el marbete de teatro del absurdo, sino que lúcidamente nos muestra las contradicciones, inseguridades y malestares del hombre del siglo XX ante la realidad poliédrica de su mundo. Los conflictos de sus obras, más que actuales, resultan en no pocas ocasiones premonitorios.

El escritor Max Aub (1903-1972).En ese mismo sentido podemos entender como plenamente actual y representativo del teatro más avanzado del siglo XX el principal eje sobre el que se constituye su dramaturgia: una profunda desconfianza en la capacidad del lenguaje verbal, especialmente en sus modos más cotidianos, no sólo para servir de vehículo de comunicación entre los seres humanos, sino mucho menos para entenderse y reconocerse, para ser. Por el contrario, el lenguaje verbal es un cúmulo de incoherencias, de contradicciones y equívocos, que no sólo ocultan, sino que funcionan como una maraña laberíntica en la que el ser humano se pierde. El hombre actual se encuentra aherrojado por el lenguaje. Las posiciones clásicas de toda la vanguardia literaria del siglo XX pueden sintetizarse en dos: unos autores han intentado trascender el lenguaje comunicacional, buscar un lenguaje en libertad, puro y primigenio, irracional y desprovisto de cualquier lógica y de toda conciencia, como es el caso del surrealismo; otros han intentado apartarlo, mostrándolo y utilizándolo en su desnudez más mostrenca hasta acabar negándolo completamente en un texto sin palabras, como encontramos en el teatro del absurdo europeo.

Sin embargo, José Ricardo Morales, partiendo de esa misma desconfianza esencial, constata las trampas de la palabra, las muestra, juega con ellas y sus complejidades, ironiza con todo un conjunto de artificios retóricos, de manera que la multiplicidad de sus significados deviene en la constatación de su irremisible sin sentido, de los engaños de su lógica, de la confusión que produce en el ser humano, en la imposibilidad de reconocerse y de ser con los demás a través del lenguaje. Sus puntos de partida y de llegada coinciden no sólo con el teatro del absurdo, sino con toda una línea constante en la literatura del siglo pasado, pero su proceder es distinto y original.

En el teatro de José Ricardo Morales encontramos una presencia enorme de la retórica, que él conoce y domina con tanta agudeza como inteligencia. No niega el lenguaje verbal reduciéndolo a sus expresiones más planas y, por ello, incongruentes. No busca otro lenguaje liberado de sus ataduras en un continente nuevo. Bucea en toda la retórica del español cotidiano y comunicacional para desentrañarla, para mostrar las confusiones que provoca y la repercusión que tiene tanto en las acciones de sus personajes como en la imposibilidad de conocer y entender al mundo y a los demás. La enorme presencia de la palabra y sus juegos de enmascaramiento de lo real en las obras de Morales acaba, podríamos decir que en este caso por sobreabundancia, por desvelar su degradación gracias a la ironía humorística de su tratamiento: "Lo que yo señalo es que las palabras dicen más de sí mismas de lo que decimos con ellas. Creo en el teatro-palabra. El teatro-visión tiene un ingrediente teatral, pero no es lo dramático. Mi consideración de la palabra se debe a que estimo la palabra y veo cómo se degrada y denuncio esa degradación" [6] .

 

“Las trampas de la palabra, la multiplicidad de sus significados, produce en el hombre la imposibilidad de reconocerse y de ser con los demás a través del lenguaje”.

 

Los elementos que acabamos de señalar son contantes en toda su trayectoria dramática y en ellos se incardinan un buen conjunto de recursos escénicos en el desarrollo de conflictos sobre temas perfectamente actuales, en general con una gran sencillez, e incluso desnudez, de arquitectura escenográfica. Ha producido una obra amplia, hasta ahora poco conocida y representada, que no ha contado con el éxito ni le ha procurado fama alguna. Algo sobre lo que con toda su inteligencia escéptica él ironiza como una obra para la postumidad.

 

La vida imposible

"Teatro inicial" (Universidad de Chile, 1976), volumen que recoge, entre otras, las tres piezas que componen "La vida imposible".De entre su amplia galería de títulos ofrecemos al lector interesado las tres piezas que desde el principio José Ricardo Morales agrupó bajo el título de La vida imposible, escritas entre 1944 y 1947, así publicadas por primera vez en 1955 y más tarde, en 1976, en el volumen Teatro Inicial, junto a Burlilla de don Berrendo, El embustero en su enredo y El juego de la verdad. Se trata de tres piezas en un acto que el autor dedicó a su amigo José Ferrater Mora: De puertas adentro, Pequeñas causas y A ojos cerrados.  

A favor del interés de esta publicación podemos acumular diversas razones. La primera es la de la dificultad de su difusión. Son obras que no han sido representadas: La vida imposible "estuvo programada por Margarita Xirgu para estrenarla en Buenos Aires después de El malentendido, de Albert Camus. Pero como a esta obra la tacharon de “inmoral” (¡!) en ciertos medios de entonces, a Margarita Xirgu le clausuraron el teatro y mis piezas quedaron ayunas de representación". Posteriormente vieron la luz de la letra impresa por primera vez con toda dificultad y escasísimos ejemplares, hasta que de la edición del volumen Teatro inicial de la Universidad de Chile en 1976, de la que tomamos el texto, se imprimieron 1000 ejemplares.

 

Las tres piezas que componen La vida imposible han sido calificadas con el apelativo de «tiranía psicológica»”.

 

Pero de entre todos los posibles motivos que justifican nuestra elección creemos que el principal es que en ellas se anuncia lo esencial de toda la dramaturgia del autor, esas constantes a las que nos hemos referido anteriormente. De puertas adentro es un diálogo imposible, interminable y sin objeto, entre dos personajes, Marido y Mujer, que pugnan por el dominio de uno sobre el otro con toda clase de artificios retóricos para ver quien tiene razón. En realidad es una huida del silencio, insoportable para ellos como la muerte, que los muestra como unos perfectos estúpidos. Pequeñas causas muestra otra obsesión, la de una hembra protectora, no por casualidad Angustias, que impone su tiranía dominante sobre quienes la rodean hasta precipitar al más débil de ellos, su hijo, al vacío de la muerte. Su lenguaje es su mejor retrato. Y, finalmente, A ojos cerrados, un monólogo en boca de una mujer que ha tomado la decisión de liberarse del dominio opresivo de su marido abandonando el hogar, algo a lo que finalmente renuncia cuando es consciente de que exactamente eso era lo que el marido había previsto, de forma que el acto de rebeldía liberadora sólo puede devenir en un último escalón de sumisión.

Con toda razón José Monleón se ha referido a estas piezas con el apelativo de “tiranía psicológica”. Es el ser humano el que pierde el sentido de su existencia conducido por la irracionalidad de sus obsesiones, que se desarrollan, alimentan y crecen en el laberinto de la retórica de su lenguaje.

 

 


[1] Véase Entrevista a José Ricardo Morales de José Vicente Peiró, en Debats, nº 83, invierno 2003-2004. El subrayado es nuestro.

[2] Véase Autobiograma y Cronología de José Ricardo Morales, en Anthopos, nº 133, junio 1992, pp. 21-27 y 27-31. De ambos textos extraemos principalmente los datos biográficos incluidos en esta reseña.

[3] Véase Entrevista a José Ricardo Morales de José Vicente Peiró, en Debats, nº 83, invierno 2003-2004.

[4] Véase Morales, J.R., Autobiograma, prólogo a Teatro inicial, Santiago de Chile, Ediciones de la Universidad de Chile, 1976, pág. 15.

[5] Véase Morales, J.R., Op.cit., 1976, pág 14.

[6] Véase entrevista a José Ricardo Morales de Juanjo Guerenabarrena en El Público, nº 48, Madrid, septiembre de 1987. Reproducida en Suplementos Anthropos, nº 35 Barcelona, 1990, pp. 199-202. Cita en pág. 201.

©2010 JUNTA DE ANDALUCÍA, Consejería de Cultura.
Condiciones de uso | Aviso legal | Mapa Web
Biblioteca Virtual de Andalucía - bibliotecavirtual@juntadeandalucia.es
c/ Profesor Sainz Cantero, 6 18002 Granada - Tlf: 958026934 y 958026943 - Fax: 958026937