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Isaac Muñoz, rareza y exotismo
por Amelina Correa Ramón

Isaac Muñoz, retrato en postal personalizada (1912).“Isaac Muñoz es como un príncipe árabe, joven, bello, orgulloso y melancólico que contara maravillosas historias de su alma entre el laudo sonar de las fuentes, y en la gracia divinamente sensual de una tarde mogrebí.

Envuelto en el blanco sulham, rítmico y gallardo, tendido sobre los cojines de Fez, morado y plata, fuma lenta y supremamente el kiff, y en su rostro pálido, de una soberbia aristocracia, hay una inmovilidad de ensueño infinito, un enigma de silencio y de éxtasis, como una visión de eternidad.

Si habla, su voz y sus palabras tienen una suavidad de aroma en la noche; el misterio de esas ráfagas de aire, que apagan las lámparas y deshojan las rosas.

Parece iluminado por una revelación, perdido en los obscuros fatalismos de su raza”[1].

La sugerente descripción con que da comienzo esta semblanza del autor granadino Isaac Muñoz se debe a la pluma del escritor finisecular Antonio Molina Rey, que popularizara el seudónimo de Dorio de Gádex con que Ramón del Valle-Inclán lo inmortalizaría incluyéndolo como personaje de su mítica Luces de bohemia. Y es que ambos, Muñoz y Dorio, iban a pertenecer a ese mundo fascinante y complejo que constituyó la bohemia literaria y artística de entresiglos, un mundo con sus luces y sus sombras en el que la ideal consigna del arte por el arte llevó a muchos de sus protagonistas a constituir en obra literaria su propia vida, a escribir las páginas de una novela con su propia autobiografía, desdibujando y confundiendo los límites que separan la vida del arte.

Y, sin duda, ése fue el caso de Isaac Muñoz, prosista exquisito, decadente y orientalista, que asumió hasta las últimas consecuencias la afirmación poética de todo un sector del modernismo, que, en su búsqueda de una realidad consoladora frente a la medianía del mundo burgués circundante, proclamara con Manuel Machado: “Tengo el alma de nardo del árabe español”.

 

“Yo me ahogo en esta sociedad hipócrita y puritana que no concibe más que el cocido y el matrimonio… Yo necesito el Oriente, sensual y pagano a pesar de Allah (…), el bello Oriente, inexplorado y virgen”.

 

Así, su compañero generacional, el políglota y polifacético Rafael Cansinos Assens, en las memorias que se publicaran de manera póstuma bajo el título de La novela de un literato, recoge las vehementes exclamaciones de un Isaac Muñoz inmerso por completo en el reducido círculo que lucha por renovar la literatura y el arte en el Madrid de las primeros años del siglo XX, y que proclama:

Yo me ahogo en esta sociedad hipócrita y puritana que no concibe más que el cocido y el matrimonio… Yo necesito el Oriente, sensual y pagano a pesar de Allah…, el bello Oriente, donde reinan los poetas y la vida es un cuento fantástico de Las mil y una noches…, el Oriente misterioso, inexplorado y virgen…[2]

Propuestas de cubiertas originales para "La serpiente de Egipto".

Y ese Oriente, erigido como una suerte de paraíso intacto o realidad consoladora en la que el artista desclasado intenta recuperar el sentido perdido de una existencia gris, establecida y rutinaria, guiada por los valores en extremo pragmáticos de una ascendente clase media, se configurará como escenario y principal protagonista de buena parte de las obras de creación de Isaac Muñoz. En realidad, se podrían recordar aquí unas palabras que el pintor Paul Gaughin dirigió a Théo van Gogh, el hermano del genial Vincent, cuando, en noviembre de 1889, le manifiesta: “Es el fondo de mi personalidad; a la civilización podrida busco oponerle algo más natural, partiendo de lo salvaje”[3].

En efecto, para la sensibilidad extrema del artista, del escritor finisecular, la occidental es una sociedad enferma y caduca. De ahí un enraizado sentimiento de alteridad y diferencia que lo impulsará a buscar esa nueva realidad aún incontaminada, que, para Isaac Muñoz, se encuentra sin duda alguna en el Oriente musulmán:

 

“Hasta hace muy pocos años casi nadie recordaba a Isaac Muñoz, amigo y colaborador de Francisco Villaespesa en varias de sus entusiastas y efímeras empresas literarias”.

 

Sólo la divina raza árabe posee el secreto de los misterios que recogen el alma y de los deslumbramientos que la encienden, y cuando la opaca Europa ambiciona un resplandor, un poco de luz para su aridez seca, necesita acudir fatalmente al tesoro inagotable del Oriente (La Corte de Tetuán, 1913).

Distinto y marcado por el signo de esa alteridad, se sintió siempre el escritor granadino José Esteban Isaac Muñoz Llorente, (Granada, 1881-Vallecas, Madrid, 1925), cuyo nombre ha sido uno de tantos que la historia literaria pareciera haber relegado al olvido. Hasta hace muy pocos años, casi nadie recordaba el nombre del amigo y colaborador de Francisco Villaespesa en varias de sus entusiastas y efímeras empresas literarias; casi nadie, excepto algunos amantes de las rarezas bibliográficas, conocía los títulos de sus obras; menos aún se podían encontrar lectores de sus novelas. Sin embargo, la trayectoria vital y literaria de este autor ofrece un indudable interés, y, sobre todo, muestra su evidencia como síntoma de la época. Síntoma, en definitiva, de la crisis de fin de siglo, Muñoz plasma en su creación literaria las contradicciones, ambigüedades y deseos insatisfechos que marcaron la cultura de una etapa fecunda.

Isaac Muñoz, en Tetuán (Marruecos) con el Ministro de Hacienda Sid Ahmed ErkainaDejando de lado dos obritas de juventud, publicadas en Almería en la emblemática fecha de 1898, tituladas Miniaturas y Colores grises, la verdadera trayectoria literaria de Isaac Muñoz comienza con su primera novela, que aparece en 1904 bajo una denominación que, al igual que había sucedido dos años antes con la emblemática Camino de perfección, de Pío Baroja, sitúa la obra en la estela de una figura de evidente intensidad espiritual que será recuperada por nuestra tradición literaria finisecular, como es la de Santa Teresa de Jesús. Así la novela inaugural de Muñoz se presenta con el título de Vida que ya había utilizado la mística para nominar su propia narración autobiográfica.

En esta obra inicial Isaac Muñoz se muestra todavía como un novelista inmaduro, aunque se anuncian ya sus indudables valores estéticos, que quedarán claramente plasmados a través de su primera novela de madurez, editada después de instalarse en Madrid, corte literaria y capital cultural donde se concentran autores y tendencias de todo tipo, pero donde predomina en buena medida el ahora triunfante modernismo en cuya consolidación tomará parte activa. Esta novela, que fue recibida con una considerable hostilidad fuera de los círculos literarios más innovadores debido al atrevido erotismo decadente que la caracteriza, recibe el elocuente título de Voluptuosidad. El año de su publicación, 1906, tendrá lugar un gran cambio en la vida de Muñoz. En efecto, para un joven sensible y atraído desde siempre por los valores estéticos del orientalismo, supone un descubrimiento decisivo el traslado de su padre, militar de alta graduación y origen nobiliario[4], a la plaza española de Ceuta. Una vez allí, Isaac Muñoz entrará en contacto con la realidad de Marruecos, por lo que pronto la fascinación vital se entremezclará con la recreación literaria.

 

“Su novela Voluptuosidad (1906) fue recibida con hostilidad fuera de los círculos literarios más innovadores debido al atrevido erotismo decadente que la caracteriza”.

 

Así, deslumbrado por un mundo que ofrece una alternativa a su hiperestésica sensibilidad, hastiada de la vulgaridad que representa la vida burguesa, Muñoz pronto mimetiza literariamente la realidad semita. Se trata del artista que cree en la estética como aspiración suprema y pauta, dentro de un mundo que considera consumido y triste. El escritor granadino no ocultará su adopción en todo momento de una actitud esteticista ante el Oriente.

Muñoz va a considerar, siguiendo las tendencias orientalistas de la época, que Oriente es la cuna de la civilización y de la cultura, y, aunque inclinado hacia todos los exóticos lugares que pueda abarcar su imaginación, tanto en Asia como en África, centrará su interés en el Oriente islámico, preferentemente en las tierras del Magreb y Egipto, país éste por el que demostraría una especial fascinación desde muy joven.

"The admonition" (detalle). LYTTON BULWER, Edward, Leila; or the siege of Granada. London, J. & D.A. Darling, 1851.Ese interés se va a plasmar no sólo en sus obras de creación literaria, sino también en los cientos de artículos que escribe para periódicos y revistas, debiéndose destacar su colaboración durante cerca de una década con el Heraldo de Madrid. Con frecuencia recogerá estos artículos en volúmenes independientes, como La agonía del Mogreb[5] (1912), Política colonista (1912), En el país de los Cherifes (1913), La corte de Tetuán (1913) y En tierras de Yebala (1913). A lo largo de sus documentados ensayos sobre los territorios del norte de África y el colonialismo, Isaac Muñoz permite entrever la cercanía de su pensamiento con el de ciertos sectores progresistas del partido liberal, que propugnaban la integración de Marruecos en un proyecto global que perseguía la regeneración de España y que partía de la consideración de un pasado histórico con raíces comunes.

Pero, como ya se ha adelantado, además de seguir la corriente orientalista finisecular, la obra de Isaac Muñoz se convierte en un reflejo de todas las contradicciones y ambigüedades presentes en la compleja crisis finisecular. Así, ese refinado erotismo decadente que había protagonizado su novela Voluptuosidad va a presidir, en realidad, su obra literaria, lo que se plasma en sus peculiares narraciones, que fueron acusadas por la crítica literaria establecida de adolecer de un excesivo vuelo lírico y de escasez narrativa argumental.

 

“El traslado de su padre a la plaza militar de Ceuta lo pondrá en contacto con la realidad de Marruecos, allí la fascinación vital se entremezclará con la recreación literaria”.

 

De este modo, nos encontramos con Morena y trágica (1908), que narra la desventurada historia de amor entre una gitana del Sacromonte granadino y un misterioso joven de ascendencia judía; La fiesta de la sangre (1909)[6], donde se relatan las rencillas entre opuestas tribus magrebíes, en un ambiente de refinada sensualidad; Alma infanzona (1910), que narra en primera persona la historia de un descendiente de hidalgos castellanos, amante del lujo y la suntuosidad, que constituye la encarnación del ideario de Nietzsche filtrado por el italiano Gabriele d’Annunzio; por su parte, Ambigua y cruel (1912) vuelve a situar la narración, escasa y de marcado carácter descriptivo, en un Oriente idealizado, al igual que sucederá en sus siguientes novelas, Lejana y perdida (1913), que al habitual Oriente musulmán incorpora los territorios lejanos de India y China; o Esmeralda de Oriente (1914), en la que la acción retorna al escenario predilecto del autor, es decir, el Magreb.

Además, se pueden recordar las incursiones realizadas en otros géneros, como sus narraciones breves –que en realidad no lo son tanto- Los ojos de Astarté (1911) y Bajo el sol del desierto (1914), incluidas en algunas de las colecciones de literatura breve que tan populares se hicieron en las primeras décadas del siglo XX y que constituyen versiones iniciales, pero casi sin cambios, de lo que serán sus posteriores novelas Ambigua y cruel (1912) y Esmeralda de Oriente (1914)

Isaac Muñoz, retrato en catálogo de la Librería de Gregorio Pueyo (1923)

En este sentido, también conviene destacar un curiosísimo título como es el Libro de las Victorias. Diálogos sobre las cosas y sobre el más allá de las cosas (1908), una especie de breviario ensayístico en forma dialogada que reflexiona acerca del sentido de la existencia y que se presenta muy influido así mismo por la filosofía de Nietzsche. Cansinos Assens definiría significativamente esta obra como “evangelio de energías occidentales y modernas”[7]. Para aumentar aún más la singularidad del volumen hay que decir que al final de éste, y con paginación independiente, se encuentra un texto que Isaac Muñoz subtitula como Salmo, donde, bajo la denominación de Libro de Agar la Moabita, se ofrece al lector una bellísima prosa lírica inspirada sin duda alguna en el bíblico Cantar de los Cantares.

 

“En el Libro de Agar la Moabita encontramos una bellísima prosa lírica inspirada en el bíblico Cantar de los Cantares”.

 

En el terreno de la poesía el autor granadino daría a conocer un único poemario, titulado La sombra de una infanta (1910), donde reaparecen con la nueva formulación que exige el lenguaje poético todos los temas habituales en su obra y característicos del modernismo decadente: la fascinación por el Oriente, la turbadora relación entre Eros y Thanatos, los paraísos artificiales que ya cantara Baudelaire, la mujer fatal o la seducción hacia el mal y la perversidad. El libro de poemas se presenta antecedido por un soneto que le dedicara al autor su buen amigo Francisco Villaespesa:

Tarde llegaste al mundo. Tu sueño odia el reposo;

amas el fasto antiguo, la guerra y el amor,

y cruzas por la vida, callado y desdeñoso,

igual que un desterrado y noble emperador.

También al género de la poesía pertenece otra de sus obras, El jardín de los deseos (1914), aunque en este caso la labor de Isaac Muñoz no fuera la del artista creador, sino la del traductor y estudioso, puesto que se trata de una obra del poeta contemporáneo bereber Sid Mojand, que el granadino dio a conocer en España, precedida de un amplio ensayo introductorio.

Por último, conviene hacer una mención especial a una novela titulada La Serpiente de Egipto, ambientada en el mítico país de los faraones y que sigue la sugestiva corriente egiptófila que recorrió Europa desde el siglo XIX. Dicha obra, que recrea las temáticas habituales en el autor, permaneció inédita tras su muerte, siendo su manuscrito conservado por sus descendientes en la casa solariega familiar de Tendilla, hasta su primera edición, que tuvo lugar finalmente en 1997.

"Lejana y perdida" (1913), de Isaac Muñoz, cubierta.Durante los últimos diez años de su vida Isaac Muñoz no iba a publicar ningún nuevo libro, limitándose a mantener las colaboraciones con periódicos y revistas, la mayoría de ellos, de alcance nacional (especialmente Heraldo de Madrid y La Esfera). La razón principal hay que encontrarla en un cambio decisivo que se produciría en la vida del escritor precisamente en 1915, cuando logre ingresar mediante oposición en el Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos y comience a desempeñar las funciones de su puesto en diversos destinos de la geografía española. Su compañero y amigo Rafael Cansinos Assens reflejaría de manera muy gráfica la transformación sufrida en la trayectoria por el apasionado orientalista:

Unos diez años antes de su muerte, este príncipe, que en verdad lo parecía por su traza altiva y por el gesto erguido que acrecía lo menguado de la estatura, pero que no tenía la bolsa inagotable de sus ascendientes de Las mil y una noches, y en vano quiso pedírsela a la Literatura, arrumbó su pluma de poeta e ingresó en el Cuerpo de Archiveros –cuerpo formidable y voraz que se lo engulló para no devolverlo sino muerto-[8].

 

“Su novela La Serpiente de Egipto, que sigue la sugestiva corriente egiptófila que recorrió Europa desde el siglo XIX, permaneció inédita tras su muerte hasta 1997”.

 

Víctima de una enfermedad cuyo solo nombre constituía un tabú a finales del siglo XIX y comienzos del XX, a pesar de encontrarse enormemente extendida, Muñoz padeció en sus últimos años un importante y paulatino deterioro ocasionado por la implacable sífilis[9]. A consecuencia de ésta moriría el 7 de marzo de 1925 en el entonces pueblo madrileño de Vallecas, antes de haber cumplido cuarenta y cuatro años y casi olvidado de todos, después de un largo tiempo alejado de la literatura. Sus restos mortales descansan en el panteón familiar de Tendilla (Guadalajara), en el lugar que fuera solar de su antepasados.

La lápida que da cuenta de la breve vida del escritor trae a la memoria una vehemente frase que él mismo dejara escrita años atrás, inspirada, sin duda, por un cierto grado de fatalismo islámico:

¡No sucede sino aquello que inexorablemente debe cumplirse! (La Corte de Tetuán)

 


[1]  El retrato de Isaac Muñoz por Antonio Molina Rey posee una historia editorial compleja, pues con mínimas variantes iba a ser publicado en diversos medios y utilizando dos seudónimos diferentes. Por un lado, el más habitual en el autor, Dorio de Gádex, por otro, el seudónimo femenino de Magdalena Elorrieta, con el que aparece, por ejemplo, reproducido el texto al final de la novela de Muñoz, Alma infanzona (Madrid, Librería de Pueyo, 1910, pp. 192-193), de donde procede la presente cita. 

[2]  CANSINOS ASSENS, Rafael, La novela de un literato, vol. I: 1882-1914, Madrid, Alianza, 1982, p. 151. 

[3]  Apud Gauguin y los orígenes del simbolismo, exposición organizada por Museo Thyssen-Bornemisza/Fundación Caja Madrid, 28 de septiembre de 2004 al 9 de enero de 2005. 

[4]  Para una breve semblanza de este personaje, que acabaría dando nombre en la actualidad a la calle principal de Tendilla (Guadalajara), su pueblo natal y cuna de una familia de noble abolengo como los Muñoz de Solano, cf. CORREA RAMÓN, Amelina, “Hipólito Pablo Muñoz de Solano Muñoz”, en GARCÍA DE PAZ, José Luis (coord.), Memoria gráfica de Tendilla en el siglo XX,  Guadalajara, AACHE Ediciones, 2008, pp. 153-155. En la misma obra se encuentra de igual modo un capítulo dedicado a Isaac Muñoz (cf. pp. 157-160). 

[5]  Conviene hacer notar que Isaac Muñoz, en una etapa aún muy vacilante en la trascripción occidental del árabe, opta por vocalizar siempre “Mogreb” (y sus derivados “mogrebino”, “mogrebina”), en lugar del hoy generalizado “Magreb”. 

[6]  Esta novela se publicaría unos años después, en torno a 1913, y con el título de Un héroe del Mogreb, en una editorial francesa especializada a comienzos de siglo en el ámbito de la cultura hispana, como es la Casa Editorial Garnier Hermanos. 

[7]  CANSINOS ASSENS, Rafael, La Nueva Literatura (2ª ed., 1925), Obra crítica, vol. I, Sevilla, Diputación de Sevilla, 1998, p. 289. 

[8]  Ibidem, p. 290.

[9]  Ciertamente, las enfermedades venéreas, y más en concreto, la sífilis, supusieron un gravísimo problema de salud pública durante la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas del XX. Se trataba de una enfermedad muy extendida, para la que, con anterioridad al descubrimiento de los antibióticos, no existía cura alguna. Además, el Treponema pallidum, la bacteria causante, no fue descubierto hasta 1905. En sus etapas posteriores de propagación, que podían desarrollarse muchos años después de contraída la infección, la sífilis ocasionaba parálisis (lo que se conocía como P. G. P.: parálisis general progresiva) y finalmente, la muerte. Como explica la profesora Lily Litvak, en su estudio sobre la concepción y realidad del erotismo en el arte y la literatura de la etapa finisecular, “La medicina se mostraba impotente en su lucha contra la sífilis. Las llagas eran tocadas con cáusticos: nitrato de plata y ácido acético. Se recetaba una dieta ligera y se ordenaba evitar el ejercicio. El remedio más acostumbrado era el mercurio, que probablemente mató más personas en el siglo XIX que ningún otro medicamento” (LITVAK, Lily, Erotismo fin de siglo, Barcelona, Antoni Bosch editor, 1979, pp. 204-205). De hecho, dicho tratamiento estaba tan generalizado que, dado el largo desarrollo que la enfermedad presentaba, se acuñó una elocuente frase: “Por una hora con Venus, veinte años con Mercurio”.

 

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