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De la barricada al palacio. Juan José Relosillas
por José Luis González Vera

charla_texto_01-2El escritor andaluz Juan José Relosillas Mellado representa a primera vista un caso singular entre los personajes que poblaron la Málaga de fines del siglo XIX. Con su impetuoso arranque fabril, pronto truncado, y sus muchas convulsiones políticas, aquella ciudad seguía la estela de los profundos cambios sociales que se estaban gestando en toda la Europa producto de la revolución industrial e insensible ante las graves brechas que se abrían entre burguesía y proletariado. Relosillas, periodista de vocación inquebrantable, luego político fervoroso, glotón con muchos kilos en su barriga, dejó memoria entre sus contemporáneos como honesto luchador por sus ideales tanto en el ágora como en la prensa. Su giro ideológico desde un republicanismo progresista hacia las filas monárquicas más conservadoras del también malagueño Antonio Cánovas del Castillo, puede sorprender al lector; sin embargo, este hijo de su siglo complejo, sólo dibujó en el trasiego de sus días la deriva doctrinal por donde deambuló la clase media europea. Con toda honradez aplicó cada dictado de su conciencia.

Nació Don Juan José en Málaga el 29 de septiembre de 1848. Su padre, oficial del Ayuntamiento encomendó el primer aprendizaje cultural del primogénito al propio tío del pequeño, el sacerdote Juan Relosillas, aunque a los pocos años continuó su formación en el colegio de San Telmo, instituto público donde compartió enseñanzas junto a compañeros que, de un modo u otro, luego influirían en posteriores facetas de su vida, por ejemplo, el gran pintor Emilio Ocón. Con su primer sueldo como escribano se casó en 1867 con María del Carmen Valderrama y Fernández; sin embargo, lejos de sumirse en una apacible vida hogareña, al poco tiempo abrazó las que serían sus dos vocaciones, esto es, el periodismo y la política. Durante los días de la revolución de 1868, La Septembrina o La gloriosa, que derrocó a Isabel II, el joven Relosillas comenzó su carrera como escritor en El papel verde, periódico dirigido por el republicano Antonio Luis Carrión tan feroz en sus ataques que, según noticia contemporánea, ocasionó graves disgustos e incluso desafíos. Sin que lo supiera, nuestro biografiado encarnaba la figura del agitador, así llamada por José María Jover (1), esto es, el heredero del conspirador romántico aunque ya distinto de él, algo escritor, político de tertulia, combatiente con fe en sí mismo que realizará tanto la Revolución de 1868, como el ensayo cantonal español.

 

“En la Málaga de fines XIX, Relosillas, periodista de vocación, político y glotón con muchos kilos, fue un honesto luchador por sus ideales tanto en el ágora como en la prensa”.

 

Fueron días de fervor político en Málaga, donde tras el mayoritario voto republicano en las elecciones de 1869, se produjo un duro enfrentamiento con el gobierno de Prim cuando intentó desarmar a los Voluntarios de la Libertad, milicia que luchó a su lado un año antes. Mientras estos sucesos acaecían Relosillas empezó a trabajar en el Diario Mercantil, entonces dirigido por el liberal Rafael García Sánchez, en el que colaboró junto a otros periodistas malagueños como Devolx, Robles Lacourtiade, Cerissola y otros. Este doble vínculo entre política y literatura que ya vemos encauzado en la biografía de Don Juan José no es extraño en esa época; una parte de la burguesía culta expandió entre amplios sectores de la clase media, incluso las populares, las diversas ideas republicanas; por ejemplo mediante tertulias como aquella que en Málaga se celebraba en estos años y a la que asistían personajes como Eduardo Palanca, Solier, Carvajal y Hue, o Antonio Luis Carrión, todos ellos destacados promotores del cantonalismo, el asociacionismo obrero reformista o el republicanismo federal, ideologías que impregnaron a jóvenes como Relosillas o Nicolás Muñoz Cerissola, asiduos contertulios que en 1870 aparecen como colaboradores de El Grito de la Revolución, dirigido por Emilio de la Cerda.

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En febrero de 1871 inauguró Relosillas su primera trinchera propia con el semanario, La Tribuna que conoció dos épocas y quince procesos judiciales en pocos meses dados los inflexibles enfrentamientos con las diferentes autoridades instituidas. No sabemos con exactitud cuándo cerró esta primera publicación por él dirigida, pero en 1873 trabajaba ya en El Escándalo, semanario satírico en el que sólo podría escribir hasta abril, pues en ese mes es premiado por la Iª República de España, a causa de sus servicios como alférez de la milicia nacional (2). Es enviado a Ceuta de ayudante primero, inspector de trabajos del penal allí situado. Su estancia en esa ciudad le proporcionará los datos para la redacción de Catorce meses en Ceuta, libro que publicará algunos años después, cuando la memoria hubo tamizado las sensaciones vividas; de otro modo, quizás la impetuosa ideología republicana de su autor hubiera deformado los tipos y episodios allí contemplados. Esos catorce meses comprendieron hasta junio de 1874 cuando fue destituido por el gobierno de Zabala, nombrado por Serrano que ocupaba la Jefatura del Estado gracias al pronunciamiento de Pavía. Regresó de inmediato a Málaga donde retomó su actividad periodística en La Opinión Pública, diario político que cerró en agosto de ese mismo año, por lo que pasó a colaborar en El Museo, inaugurado en septiembre.

 

“En 1875 fundó La Etcétera, uno de los fenómenos periodísticos más interesantes de fines de este enmarañado siglo XIX español, con frecuentes cierres por censuras”.

 

Ya hemos visto a nuestro Relosillas vinculado a los cenáculos y grupos republicanos donde se mostró como un activo miembro y modelo del revolucionario decimonónico, aunque incruento. Para que comprendamos su posterior trayectoria vital y su significación histórica y literaria, debemos detenernos en otro fenómeno social que se produjo en estos años. Durante 1875 se gestará el anverso de la figura que Jover (3) llama el agitador. Tras el pronunciamiento de Martínez Campos el 29 de diciembre 1874 en Sagunto a favor de Alfonso XII, el rey llegó a Madrid el 19 de enero y dio comienzo al período bautizado como La Restauración; ahora, la burguesía que en 1868 esgrimió su pluma y sus ideas contra el poder envainará toda espada dialéctica y dedicará su escritura a la creación literaria de tipo realista o romántica aún, pero su nuevo doctrinario sólo pedirá paz y orden. Pero estos cambios, que en efecto se revelan en sus amigos, tardarán mucho tiempo en afectar al contumaz Juan José Relosillas que en este mismo año fundó La Etcétera, sin duda uno de los fenómenos periodísticos más interesantes de fines de este enmarañado siglo XIX español. A lo largo de su carrera (1875-1880), este semanario no sólo demuestra que la ideología republicana de su director y redactor único significaba un talante ideológico y vital asumido con hondura, sino que también irá mostrando la paulatina transformación hacia aquella actitud antes adoptada por sus correligionarios; a pesar de sus frecuentes cierres por censuras, a lo largo de sus páginas observamos cómo los artículos políticos van cediendo poco a poco el paso a los literarios y satíricos que otorgaron a su autor una, a veces nociva, fama de gracioso que ha ocultado la profunda ironía con que enfoca cuanto tema trata.

La vida de La Etcétera constituye una maraña de cierres por orden gubernamental y de aperturas de cabeceras que actuaron como sustitutas durante las interrupciones obligatorias a las que este semanario fue sometido. Además, en alguna ocasión también se produjo la clausura censora del periódico interino, lo que obligaba al tenaz Relosillas al lanzamiento de otra publicación mientras tanto se abría el titular matriz.

charla_texto_03La primera suspensión se produjo en 1877 a causa de unos chistes aparecidos en su número 47, secuestrado por el gobierno civil, medida que además conllevó una condena de doce semanas de suspensión (del 23 de agosto al 18 de noviembre), período en que Relosillas sacó a la luz El Entreacto, semanario de iguales características que el anterior, sustituido sin motivo aparente por Punto y coma, el 28 de octubre de 1877, el cual continuó hasta la apertura de La Etcétera que, de nuevo en la palestra periodística, no modificó un ápice sus anteriores posturas ideológicas, antes arreció en sus críticas mordaces contra Cánovas del Castillo. Relosillas no quería plegarse a la situación en la que se encontraban los republicanos españoles que, o se adaptaban al nuevo juego parlamentario bipartidista, o eran perseguidos. Por ejemplo, Nicolás Salmerón quiso regresar a España y el gobierno intentó apresarlo; tuvo que refugiarse en París.

La Etcétera fue clausurada de nuevo en 1878 por insultos a Cánovas; desde el 21 de julio hasta el 10 de noviembre. Durante este intermedio apareció El martes. La nueva suspensión de La Etcétera apareció en junio de 1880, esta vez de 20 semanas, por lo que a los pocos días llegó a las calles Boquerones, sustituido en el 5 de septiembre por El Copo que dio paso a La Etcétera en octubre de 1880, hundida a los pocos números a causa de las duras leyes que sobre prensa elaboraron los artífices de la Restauración y que condenaban a un punto final a cuanta edición periódica acumulase tres suspensiones.

 

“El prólogo que escribió para el poemario Renglones cortos del joven Salvador Rueda será el primer sello de la que fue una amistad constante entre ambos”.

 

El final de este semanario marca el ocaso de una rebelión contra el orden establecido y Relosillas comenzará ese viraje que lo condujo desde las barricadas a la defensa del orden monárquico palaciego tras las doctrinas de Cánovas del Castillo. No puede comprenderse este proceso como una traición, ni un abandono ideológico en pos de intereses pecuniarios; como explican Bouill y Botrel (4) este sendero en circunferencia fue recorrido por casi toda la clase media española que, junto con la burguesía, pasó de ser la clase progresista de los años sesenta y setenta del siglo XIX, a convertirse en la coexplotadora del proletariado durante las décadas de los ochenta y noventa, cuando centró su interés en la calma doméstica y la seguridad de su status social. En efecto, Relosillas anduvo este camino pero, por su carácter, durante esta novedosa etapa militará junto a Cánovas con igual pasión con que antaño hubo empleado en su otra orilla de pensamiento.

Pocos datos conocemos del resto de 1880, salvo que Relosillas debía de ser una personalidad literaria de cierto relieve como lo demuestra el prólogo que escribió para el poemario Renglones cortos del joven Salvador Rueda, primer sello de la que fue una amistad constante entre ambos.

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En 1881 ya aparece vinculado a El Correo de Andalucía a través de su revista Andalucía, donde redactaba una sección titulada “Málaga” compuesta por unos tres artículos de costumbres, o comentarios irónicos sobre sucesos acontecidos en la ciudad. Será en la colección Biblioteca de Andalucía donde aparezca en forma de entregas Cuatro reales de prosa (1881), recopilación de 23 artículos con diferente procedencia. Las relaciones de Juan José Relosillas con El Correo se fueron solidificando con tanta contundencia y rapidez que lo dirigió en 1882.

De esta etapa apenas se conservan artículos con su firma; sabemos por Díaz de Escovar (5) que el Día de los Inocentes de 1882 y 1883 editó El correo de Babia, ejemplares donde mostraba su gracia y sentido del humor. Otras fuentes (6) indican que por estas fechas colaboró con El loro de Barcelona, El Madrid Cómico y en el también madrileño El Imparcial. Pero sin duda el elemento más interesante de esta época es que en las prensas de El Correo de Andalucía se imprimirán todas sus obras.

 

Catorce meses en Ceuta, una de sus obras más conocidas, es un extenso reportaje al estilo de los libros de viajero, quizás inspirado por Recuerdos de la casa de los muertos de Dostoyevski”.

 

De 1883 es la miscelánea de artículos titulada Platos fiambres. Al año siguiente apareció Los peros de pascua, de iguales características que sus precedentes, aunque a su interés intrínseco suma el hecho de que aparezcan ya tres capítulos del libro aún inédito Catorce meses en Ceuta: “La Noche-Buena en el presidio” (sic), “Juan de la Cruz Asiático” y “P.M.S.”

charla_texto_05Durante 1884 y 1885, Málaga parecía sumida en una maldición. Fueron los años en que alcanzaron su apogeo la plaga de la filoxera exterminadora de las vides malagueñas y el derrumbe de la manufactura de la caña de azúcar, dos de los sectores clave del campo malacitano. Al mismo tiempo, la industria siderúrgica y la textil comienzan o certifican su declive. Para colmo de males, el 25 de diciembre de 1884, se produjo un fuerte terremoto que afectó a las provincias de Granada y Málaga. Su resultado de casi mil víctimas mortales dibujó un cruel ecuador entre una mitad y otra de aquel bienio calamitoso que supuso un paréntesis en la actividad editora de Relosillas, aunque sabemos que no cesó sus inmersiones en el mundo cultural malagueño; así, estrecha lazos de amistad con el también escritor Arturo Reyes, o con el pintor Bernardo Ferrándiz, muerto en 1885. Esta inquietud demostrada por las demás artes tendrá como resultado Cartas a un “clubman” (1886), juicios críticos sobre varios pintores de la que después será conocida como la Escuela Malagueña del Siglo XIX, de la que el Picasso niño aprendió y que tanta importancia tiene en la historia del realismo pictórico español de aquella centuria. Entre sus páginas encontramos comentarios sobre obras de Muñoz Degráin, Ocón, Martínez de la Vega, Moreno Carbonero y Denis Belgrano.

También en 1886 surgió de la imprenta Catorce meses en Ceuta, una de sus obras más conocidas. Extenso reportaje al estilo de los libros de viajero donde, quizás inspirado por Recuerdos de la casa de los muertos de Dostoyevski, refleja en casi cuadros de costumbres la vida del penal ceutí que, como antes dijimos, durante algún tiempo administró. La pretensión última de la obra se centra en que el lector asista a una muestra ejemplificada y vivida de los graves errores que entonces arrastraba el sistema penitenciario español. Las anécdotas sobre personajes y usos del presidio, relatadas de modo narrativo llegan a ser lo suficientemente amplias como para constituir capítulos exentos, de ahí que tres de ellos pudieran ser insertados en Los peros de pascua, dos años antes de su publicación en su obra originaria que, a pesar de este formato estilístico utilizado, muestra una gran cohesión, lograda mediante las reflexiones del narrador-autor que comenta los diversos problemas suscitados por el devenir cotidiano de los reclusos. Aspectos sórdidos como el alcoholismo, una vida sexual degradada, o la extorsión son reflejados junto a retratos descriptivos de temibles criminales, hábitos carcelarios, o situaciones que manifiestan la inoperatividad del entramando disciplinario de Ceuta que conduce a la degeneración moral de sus reclusos quienes en ningún modo hallan allí un camino de retorno a la sociedad. Estas páginas combativas, adelantadas para su tiempo, influirán luego sobre Cabo de Vara (1965), novela del palentino Tomás Salvador (1921-1984).

 

Charla que te charla fue su otra publicación más difundida, incluyó artículos bastante largos a la vez que relatos breves, magnífico ejemplo del costumbrismo del siglo XIX”.

 

Junto con la anterior, Charla que te charla fue su otra publicación más difundida. Vio la luz en 1887; en ella, Relosillas incluyó artículos bastante largos a la vez que relatos breves: “Las cuatro esquinas de Mariblanca”, “La pecadora el niño y el pájaro” u opúsculos más conocidos como “La oración de la tarde”, magnífico ejemplo del costumbrismo del siglo XIX.

charla_texto_06Serán las últimas páginas que, de su ingenio, Relosillas vea impresas. Murió el 6 de enero de 1889; sin embargo, de las prensas salió ese mismo año un folletín editado por su familia, sin suficientes correcciones, llamado Un ser inverosímil, aparecido por entregas en El Correo de Andalucía al que tanto debió. Tras su defunción, acaecida a los 41 años, sus amigos intentaron reivindicar su figura, pero diversas contrariedades, como la temprana desaparición de su único hijo y de su mujer, unidas a la corta tirada de sus obras contribuyeron a que Juan José Relosillas sea hoy un autor desconocido cuando fue un escritor digno de ser admirado y querido por sus conciudadanos y por buen número de literatos de él contemporáneos, que recordaron y mencionaron con frecuencia sus artículos, sin duda la mejor aportación con que este autor acrecentó un poco el frondoso árbol de la literatura española.

 

“El ensayo es el apartado más interesante de su obra, la diversidad de asuntos siempre es abordada desde una óptica llena de humor inteligente”.

 

Relosillas compitió con este género durante una época que, por ejemplo, Martínez Cuadrado (7) considera dorada para el periodismo español. Aquellos años que corrieron entre 1868 y la II República Española, conjugaron cantidad de publicaciones periódicas con la calidad que por sus columnas tipográficas rebosaba; por encima de cualquier otra consideración, se valoraba la cualificación del escrito.

Por desgracia, de todos los años en que este ilustre periodista se dedicó a su quehacer literario se conserva un ínfima parte de los escritos en que se estampó su firma, unos veintisiete, que junto con otros demuestran que los libros por él publicados constituyeron auténticas recopilaciones de textos que, salvo erratas, apenas eran modificados.

Esta amplia labor destinada a la prensa urgente, con temática muy dispar, puede ser clasificada en tres subgéneros: relatos, artículos de costumbres y ensayos, este último el apartado más interesante de su obra donde la diversidad de asuntos siempre es abordada desde una óptica llena de humor inteligente tras la que el lector descubre en no pocas ocasiones un cierto rictus de amargura, sobre todo en las disertaciones que dedica al sentimiento de felicidad como “¡Quién fuera perro!”, “Receta para ser feliz”; o en los que reflexiona sobre su propia condición de humorista como en “Tener gracia”, o “Bienaventurados los imbéciles”. No faltan tampoco exposiciones de sus ideas sobre el matrimonio y la mujer, o las dedicadas a los diversos alimentos y los significados que estos puedan tener para sus comensales, o la sociedad que los deglute: “Sopa de hierbas”, “Aires nacionales. La paella”, o “El chocolate”. Como anécdota diremos que Don Juan José estaba tan grueso que tuvieron que cortar una curva al frontal de su mesa para que cupiese su barriga.

 

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