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Luis Coloma y la literatura fantástica
por Mª de los Ángeles Ayala

Retrato de Luis Coloma con 23 años. Fot. Poujade, ca. 1874. Colección José Manuel García-Pelayo Coloma.Luis Coloma nació 9 de enero de 1851 en Jerez de la Frontera (Cádiz) en el seno de la familia formada por Ramón Coloma Garcés, médico, y Concepción Roldán. Según los datos proporcionados por Emilia Pardo Bazán en El P. Luis Coloma. Biografía y estudio crítico, el P. Rafael María de Hornedo y el P. Constancio Eguía, prologuistas, respectivamente, de diferentes ediciones de sus Obras Completas, a los doce años ingresó en la Escuela Preparatoria Naval de San Fernando. Centro que abandona para iniciar sus estudios de Derecho. En Sevilla, en cuya facultad cursará la carrera de leyes, da tempranas muestras de su vocación literaria –Solaces de un estudiante-. Tras trabajar como pasante en el bufete del acreditado abogado don Hilario Pina, termina decantándose por la literatura. Durante este tiempo colabora en medios periodísticos –El Tiempo. Periódico político de la tarde (Madrid) y El Porvenir (Jerez)- y participa activamente en círculos literarios y tertulias políticas, declarándose firmemente partidario de la restauración alfonsina. A los veintitrés años, a raíz de un grave accidente –se le disparó accidentalmente la pistola que estaba limpiando-, decide profesar en la Compañía de Jesús. El 5 de octubre de 1874 entra en el noviciado que la Orden poseía en Châteaux de Poyanne, en Las Landas (Francia), donde permanecerá hasta 1877. A partir de este año desempeña distintos cargos docentes dentro de la Institución y colabora en La Ilustración Católica. El 2 de febrero de 1886 pronuncia sus últimos votos y se incorpora a la Universidad de Deusto, formando parte del consejo de redacción de la revista El Mensajero del Corazón de Jesús. En 1908, a raíz del éxito alcanzado con sus trabajos literarios –Lecturas Recreativas, Pequeñeces, Jeromín, entre otros-, ingresa en la Real Academia Española con un discurso que versó sobre el P. Isla. Pocos años después fallece en Madrid, 10 de junio de 1915.

En la obra narrativa del P. Coloma podemos distinguir dos modalidades, la novela extensa, bien adscrita al realismo o al género histórico, y el relato corto, configurado por cuentos, escenas costumbristas y retratos. Aunque Coloma comienza escribiendo relatos cortos, algunos de indudable calidad, como La Gorriona, El primer baile, Era un santo, Por un piojo, entre otros, es evidente que el éxito editorial lo alcanza con la publicación en 1891 de Pequeñeces, novela de tesis que lo acerca a la modalidad narrativa representada por Fernán Caballero, su gran maestra.

 

“En Sevilla, en cuya facultad cursará la carrera de leyes, da tempranas muestras de su vocación literaria”.

 

En Pequeñeces se censura con inusitada violencia a la aristocracia de la época de la Restauración alfonsina, destacándose, asimismo, la presencia del integrismo, concepto que tendía a asociar la monarquía con las clases populares, prescindiéndose de la aristocracia. La novela desató una fuerte polémica dado el mencionado contenido político y por  considerarse en este momento como una novela clave que enmascaraba el comportamiento de unos personajes reales. Valera, Clarín, Menéndez Pelayo, Pardo Bazán, Luis Alfonso, Pablo Morales, Martínez Barrionuevo, Federico Balart, entre otros, contribuyeron con sus trabajos críticos a acentuar el extraordinario éxito de librería que alcanzó la novela. El marcado contenido doctrinal de la misma probablemente sea el causante del olvido que sufre en la actualidad. Relato que destaca por el dramatismo de su acción y por la fuerza de sus personajes, ofreciéndonos Coloma una amplia galería de tipos que abarca desde los más disolutos, como la protagonista, Currita, y su amante Jaboco, hasta los más piadosos, como la marquesa de Villasis y Sabadell. Coloma concibe literatura como un medio eficaz de propaganda ideológico-religiosa que le permite acercarse a unos determinados contextos sociales que la vida moderna aleja de la Iglesia, tal como él mismo manifiesta en el Prólogo de su novela –[…] aunque novelista parezco, solo soy misionero […]”-, de ahí que ofrezca con enorme vigor unas escenas y unos personajes en claro contraste, con la intención de que el lector asuma la tesis propuesta. La fuerte polémica no debió agradar demasiado a los responsables de la Orden, ya que Coloma no vuelve a redactar una nueva novela de carácter realista, decantándose por los relatos de acento histórico, como los integrados en Relatos de antaño (1895), la inconclusa novela titulada Boy (1895-1896), La Reina Mártir (1898), Jeromín (1902) -la que más éxito alcanzó después de Pequeñeces-, El marqués de Mora (1903) y Fray Francisco (1911).

Luis Coloma con Alfonso XIII niño en los alrededores de la pista de tenias, ca. 1899. Colección José Manuel García-Pelayo Coloma.

Para Coloma el arte, en general, y la literatura, en particular, deben estar al servicio de la moral católica. El relato corto despertará un gran interés desde el inicio mismo de su actividad literaria por ser el género que mejor se adecua a esa intencionalidad didáctica que persigue, y por su fácil difusión en periódicos o revistas de la Orden –El Mensajero del Corazón de Jesús-. Coloma parte de unas lecturas previas, como serían los relatos de su admirada Fernán Caballero, de Trueba, leyendas populares, vidas de santos y los relatos fantásticos de Hoffmann, autor mencionado en numerosas ocasiones por el escritor. Redacta relatos de contenido temático diverso, desde los político-sociales –Medio Juan y Juan y Medio y Caín-, a satíricos y costumbristas, como Por un piojo, Era un santo y La Gorriona, alabado especialmente, este último, por su valor estético por Emilia Pardo Bazán. Sin embargo la modalidad que parece interesar en mayor medida a Coloma es la fantástica, pues le permite introducir el elemento sobrenatural y evidenciar, de esta manera, la acción divina sobre la salvación eterna de los hombres.

 

“A los veintitrés años, a raíz de un grave accidente –se le disparó accidentalmente la pistola que estaba limpiando-, decide profesar en la Compañía de Jesús”.

 

En numerosos relatos se puede observar este rasgo de carácter fantástico, tal como sucede, entre otros, en Miguel, Las dos madres, La almohadita del Niño Jesús, Paz a los muertos, ¡Chist!, El primer baile, Mal Alma, Las tres perlas, Un milagro, ¿Qué sería?, sin que ello implique que cumplan estrictamente los requisitos subrayados por los críticos –Todorov, Vax, Risco-, pues la intencionalidad moralizante no sólo anula o disminuye la intención de sorprender, aterrorizar, sino que elimina o restringe esa vacilación anímica, ese casi creer del que nos habla el profesor Sebold, de un lector que, identificado con el narrador o con los personajes, se sorprende o desconcierta ante la inclusión de un suceso aparentemente sobrenatural dentro de un mundo regido por las leyes lógicas y que define al relato fantástico por excelencia.

Tarjetas postales con texto autógrafo de Coloma, 1903. Colección José Manuel García-Pelayo Coloma

No obstante, en el corpus cuentístico de Coloma encontramos varios relatos que presentan ese marcado carácter fantástico que se manifiesta al poner el escritor dos realidades inconciliables: el mundo de la razón y el mundo de los fenómenos sobrenaturales o imposibles de explicación racional. Coloma crea en ellos un universo realista que en un momento dado se altera con la presencia de un factor extraordinario que rompe ese mundo normal y cotidiano. A esta modalidad responden, principalmente, El salón azul, ¿Qué sería?, La cuesta del cochino, El primer baile y Mal Alma, relatos que no dudamos en calificar de fantásticos, ya que Coloma utiliza todos los recursos a su alcance para que el lector experimente y acepte la posibilidad de lo inexplicable. En El salón azul. Historia maravillosa el narrador va a hacer partícipe al lector de una experiencia vivida por él mismo, con lo que refuerza, al aportar su propio testimonio, la veracidad de la historia. Así, rememora lo que le sucedió una noche, cuando cruza el salón de la casa donde se hospeda para dirigirse a su dormitorio:

 

“El éxito editorial lo alcanza con la publicación en 1891 de Pequeñeces, novela de tesis que lo acerca a la modalidad narrativa representada por Fernán Caballero, su gran maestra”.

 

[…] resonó en mitad de éste [salón azul], sobre el encerado pavimento, un golpe seco y fuerte, terrorífico en el silencio, seguido del marcado rumor de algo que rodaba hacia el ángulo izquierdo de las habitaciones de la reina… Al mismo tiempo, una fuerza invisible, que ni me lastimó ni me hirió, y que pudiera llamarse también impalpable, hízome caer en el suelo con gran violencia… Levantéme instantáneamente como movido por un resorte, y entonces vi en el centro del salón una de esas cosas sin nombre… Era como una columna de luz azulada que llegaba desde el suelo hasta el techo, y se movía y menguaba al compás del ruido y le seguía hasta apagarse con él, en el mismo rincón, bajo el retrato de la monja. Los ojos de ésta se abrían y cerraban de modo espantable, y de su mano descarada, fuera del cuadro, movíase de arriba abajo, no sé si llamándome a mí o santiguándose ella… En el otro rincón los ojos del apuesto caballero brillaban como dos brasas rojas… […].

Cubierta de la edición de 1911 de "Ratón Pérez", cuento que Coloma escribió a petición de la Reina María Cristina para su hijo Alfonso, al caérsele un diente. Colección José Manuel García-Pelayo Coloma.Coloma sitúa con gran habilidad la narración de este suceso notable en medio de dos descripciones que atestiguan la normalidad del salón. El narrador sobreponiéndose al miedo experimentado volverá al salón, convencido de que esos hechos extraordinarios deben esconder algún suceso trágico acaecido tiempo atrás en ese lugar. El desenlace humorístico no desvirtúa el carácter fantástico del cuento, pues Coloma con gran habilidad describe el estado anímico del protagonista, seducido y aterrado al mismo tiempo con la posibilidad de que vuelva a aparecer la figura fantasmal y recreando, con idéntica maestría, una atmósfera propicia para que surja el prodigio.

En ¿Qué sería? Relación de un sucedido de nuevo nos hallamos ante el relato narrado por el propio protagonista, un sacerdote, que dada su condición de hombre consagrado a Dios predispone al lector a dar crédito a todo lo relatado. La acción se inicia con la visita de una feísima vieja que dando muestras de gran agitación le confiesa que su señora ha recibido la visita del diablo. A pesar de la incredulidad que le produce la noticia, el sacerdote se apresura a acompañar a la anciana a una mansión de aspecto tenebroso, envuelta en un abrumador silencio, sólo roto por la presencia de tres gatos negros, presagio, según las viejas tradiciones, de alguna desgracia. La dueña de la casa, La Rabina, mujer escéptica en materia religiosa, le contará al impresionado sacerdote que, tras escribir una carta ordenando interrumpir la celebración de los actos religiosos por la salvación del alma de su hermana, tuvo lugar una aparición fantasmal:

 

“En 1908, a raíz del éxito alcanzado con sus trabajos literarios, ingresa en la Real Academia Española”.

 

Vi una cosa que no puedo definir, porque parece un prodigio verlo, y sería otro prodigio explicarlo… pero lo vi tan claro como le veo a usted en este momento… Era una cosa indescriptible; así como una columna de humo amasado con tinieblas… Allí había forma sin materia, sin color; palabra sin voz… y en medio, algo que sentía yo ser mi hermana…, dos ojos, los suyos…, su mirada triste, tristísima, que parecía implorar algo […] Entonces se alargó la sombra hasta llegar a la mesa, y con la punta de aquella obscuridad tocó el papel y borró la firma…

Tras buscar una respuesta lógica, el jesuita no tendrá más remedio que aceptar el hecho sobrenatural, pues la firma realmente parece borrada de la carta por una fuerza sobrehumana. Relato que se adscribe a las clásicas narraciones de aparecidos que por una causa u otra no pueden encontrar la paz después de la muerte. 

Cartel de la película "Pequeñeces" (1950), basada en la novela de Coloma. Biblioteca Municipal de Jerez.La cuesta del cochino. Relación de un sucedido Coloma de nuevo utiliza un narrador-protagonista que al visitar un hospital se interesa por la historia del viejo Zamama, un loco que en su juventud fue un conocido banderillero de Cádiz. Por medio de un narrador omnisciente se ofrece al lector la historia del mismo, donde se produce el hecho sobrenatural. El banderillero, paseando por Ronda, donde debería tomar la alternativa el día de la Virgen, descubre una misteriosa mujer, a la que persigue movido por la pasión y que al alcanzarla se transforma en “un horrendo esqueleto, con la pelada calavera envuelta en una mantilla de blonda, y los secos miembros crujiendo y revolviéndose entre los flecos de madroños…”. El cuento concluye subrayando el narrador la veracidad de los hechos, aunque juega con el lector, dejándole abierta una doble interpretación del hecho: alucinación de los sentidos o prodigio sobrenatural. Estamos evidentemente ante una versión de una de las modalidades clásicas del relato fantástico: las apariciones de la Muerte. También relacionado con las personificaciones de la muerte o el diablo podría citarse el titulado El primer baile. Relación fingida de mil hechos verdaderos, pues la protagonista, Lulú, sufrirá la terrible experiencia de ver cómo un apuesto caballero se va transformando en un horrible y hediondo esqueleto. Ya Emilia Pardo Bazán estableció la relación existente entre este cuento de Coloma y los relatos de Poe, precisamente por la narración de ese sueño alucinado que vive Lulú.

 

“En muchos de sus relatos se parte de un pacto implícito entre el lector y el escritor, para aceptar lo más disparatado, absurdo e irracional como verosímil”.

 

También de carácter sobrenatural es el suceso que se narra en Mal Alma, nombre que recibe el personaje que dispara, en el transcurso de una violenta revuelta, contra la imagen de Jesús. El tío Mal Alma desaparecerá del pueblo en medio de la muestras de desaprobación tanto de los defensores como detractores de la República. El prodigio sobrenatural se produce cuando se encuentra su cadáver en el ribazo de una colina, mostrando “un balazo en el pecho, que le atravesaba, el corazón, en igual sitio e idéntico modo que había taladrado la bala de su escopeta la imagen de Jesús Nazareno”.  No menos carácter sobrenatural contienen los hechos narrados en dos cuentos de origen legendario: ¡Paz a los muertos! (Tradición) y Las tres perlas (Leyenda imitada del alemán). En el primero de ellos, ¡Paz a los muertos!, el escritor recrea la leyenda del castillo de Valdecoz, cuyo último señor, llamado el Malo, desaparece tres meses después de que su hijo, Ferrant, el Bueno, lo hubiese hecho también. Coloma recurre a la descripción del lúgubre castillo para situar al lector ante el hecho desencadenante de tan misteriosas desapariciones: Ferrant el Malo, tras luchar contra un enemigo se niega a dar sepultura a su cadáver. Ferrant el Bueno, apiadado, da sepultura al cuerpo, siendo arrojado del castillo por su colérico padre, sin que nadie conozca su paradero.

Fotografía de la Reina María Cristina y sus hijos, con dedicatoria autógrafa al Padre Luis Coloma. Fot. Edg. Debas, 1887. Colección José Manuel García-Pelayo Coloma.Los sucesos extraordinarios comienzan a partir de este momento, pues en los alrededores del castillo se oye una misteriosa voz que clama ¡Paz a los muertos!... ¡Paz a los muertos!... La historia maravillosa concluye cuando el hijo regrese tras veinte años de ausencia y se vea sorprendido, al aproximarse al castillo, por la misteriosa voz. Con horror descubre el cadáver de su padre, pues la tierra se niega dar sepultura a su duro corazón. Sólo, después de haber rogado a Dios y ablandado la tierra con sus lágrimas, conseguirá Ferrant, el Bueno que la tierra acoja el cuerpo de su padre. Coloma utiliza los elementos fantásticos para corroborar las creencias religiosas que él mismo resume en el lema que encabeza la narración: “Orad por los difuntos, que no es la misericordia de Dios más dura que las entrañas de la tierra”. En el segundo, Las tres perlas, Coloma relata los prodigiosos sucesos vividos por Zela, huérfana de gran bondad, que experimenta una serie de apariciones de un personaje misterioso y sobrenatural, poseedor de un collar de oro en el que se sujetan tres hermosas perlas de diferente color. Objeto que se traslada al cuello de la protagonista, sin que ella pueda percibirlo con sus sentidos. No obstante, el extraordinario objeto es totalmente reconocible para aquellos que, apurados por su situación personal, le ruegan les socorra con una de esas perlas. Coloma, que incluye Las tres perlas dentro de Cuentos para niños, insinúa el origen divino de aquellos prodigios, pero el lector infantil difícilmente podrá reconocer el carácter simbólico de las tres perlas, virtudes teologales, o identificar a ese ser misterioso que representa al alma humana en estado de gracia.

 

“En sus cuentos fantásticos Coloma consigue mezclar sabiamente la lección moral con una acción interesante y sugerente”.

 

En la numerosa producción cuentística que Coloma dedica a los lectores más jóvenes es frecuente encontrar relatos que se aproximan a lo que Todorov ha denominado “ámbito de lo maravilloso puro”, donde se parte de un pacto implícito entre el lector y el escritor, para aceptar lo más disparatado, absurdo e irracional como verosímil. A esa modalidad se puede adscribir relatos como ¡Porrita componte!, Periquillo sin miedo, ¡Ajajú1, Ratón Pérez y Pelusa, todos ellos recreaciones de personajes de temas tradicionales. Dado su carácter de cuentos para niños nadie se sorprende del poder de la voz ¡Porrita componte!, capaz de satisfacer las exigencias de los ambiciosos personajes del cuento; del poder mágico de un misterioso líquido capaz de unir los cuerpos decapitados de unos moros y del propio protagonista de Periquillo sin miedo; de las extrañas y sorprendentes cualidades de las muñecas que aparecen en Pelusa y ¡Ajajú!, relato, este último, que conocerá dos nuevas versiones de mano de Juan Valera –La muñequita y La buena fama-.

En sus relatos cortos de carácter fantástico, como sucede con el resto de su producción literaria, Coloma pone de manifiesto su habilidad como narrador, pues aunque parte de la idea de que la literatura no es un fin en sí misma, sino un medio útil y eficaz de adoctrinar, el escritor es consciente de la importancia del componente literario, esforzándose en utilizar los recursos idóneos para que el lector, sorprendido y desconcertado, acepte que el mundo regido por las leyes lógicas puede romperse ante la presencia de lo sobrenatural. Coloma consigue mezclar sabiamente la lección moral con una acción interesante y sugerente, sin que la primera interfiera de manera tan evidente como se puede apreciar en los relatos cortos de Fernán Caballero o Trueba. Habilidad narrativa que debería tenerse en cuenta y llevarnos a promover una nueva lectura de los olvidados relatos de Luis Coloma.

 

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