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EL GUSANO DE LUZ Y LOS INICIOS DE UN NOVELISTA
por Mª Isabel Jiménez Morales

"Retrato de Salvador Rueda", 1909. Archivo de Fotografía Histórica de Canarias. FEDAC/Cabildo de Gran Canaria.Retrato de Salvador Rueda, 1909. Archivo de Fotografía Histórica de Canarias. FEDAC/Cabildo de Gran Canaria.

Salvador Rueda Santos nace el 2 de diciembre de 1857 en Benaque, en plena naturaleza. Tras morir su padre, abandona el pueblo, estableciéndose en Málaga, donde trabaja de los más diversos oficios –mancebo, droguero, tipógrafo, guantero…- y comienza a frecuentar sus ambientes literarios. En torno a 1872 colabora en El Mediodía, diario dirigido por Narciso Díaz de Escovar, quien, desde entonces, se convertiría en su mentor y amigo. En 1880 publica en Málaga su primer libro de poemas: Renglones cortos y redacta su poema “Arcanos”, que dedica a Gaspar Núñez de Arce y que luego incluirá en su libro Noventa estrofas. Dos años después, en 1882, Núñez de Arce, recién nombrado ministro de Ultramar, llama a Rueda a la Corte y lo contrata en La Gaceta de Madrid. Así inicia su etapa madrileña, la más brillante de su carrera, que se prolongará casi cuatro décadas. Con su ayuda, sigue formándose gracias al acceso a su biblioteca y a sus continuos consejos, al tiempo que lo introdujo en los círculos literarios más selectos, donde conocería a Echegaray, Zorrilla, Clarín, Sellés, Palacio Valdés, Campoamor…

Poco a poco va abriéndose paso en Madrid y cada vez son más los periódicos y revistas que acogen su firma. La Gaceta de Madrid, El Imparcial, El Globo, La Diana… son solo las más destacadas publicaciones. Son años vertiginosos, de fecunda producción. En 1883, aparecen Noventa estrofas, Don Ramiro y Cuadros de Andalucía; en 1886, El patio andaluz, recibiendo alabanzas de Clarín y, al año siguiente, El cielo alegre, libros con los que adquiere fama de escritor costumbrista. En 1888 escribe Sinfonía del año, versos que preludian rasgos modernistas, incluso cercanos a las todavía desconocidas vanguardias, alejados del gusto burgués imperante, que imitaba incesantemente a Bécquer, Campoamor o Núñez de Arce. Pero las críticas adversas de la “oficialidad” le indujeron a enderezar el camino y en Estrellas errantes, publicada en 1889, desaparecen las valentías innovadoras de producciones anteriores, sin aminorar ni un ápice su belleza. Es este el mismo año en que publica El gusano de luz, su primera novela, e Himno a la carne, obras que volvieron a escandalizar a la crítica más puritana. La primera, por ser considerada, en palabras de Pereda, una “novela pornográfica de la peor especie”; y la segunda, por la interpretación de muchos escritores que, como Valera, vieron en el poemario “un canto a la sexualidad, ofensivo a la religiosidad española”. Este y otros juicios adversos asustaron a Rueda y en años sucesivos volvió a la senda del costumbrismo, publicando, en 1890, Granada y Sevilla, La reja y Bajo la parra. 1891 fue el año de Tanda de valses, nuevo libro de género, y de Cantos de la vendimia, que acaparó la atención de lectores y crítica. Fue alabado por algunos, pero criticado por muchos, que no apreciaron el espíritu renovador y el tono inusual de aquellos versos, con los que su autor pretendía revolucionar la poesía castellana, tal y como recordaba en 1914 en Cantando por ambos mundos. Sin olvidar la redacción de El secreto, primera pieza de su repertorio teatral, que nunca representó.

 

“Núñez de Arce lo introdujo en los círculos literarios más selectos, donde conocería a Echegaray, Zorrilla, Clarín, Sellés, Palacio Valdés, Campoamor…”.

 

Portada de la primera edición de "El gusano de luz", Madrid, 1889.Portada de la primera edición de El gusano de luz, Madrid, 1889.

En 1892 aparece su tercera novela: La gitana, que pasó inadvertida por el público. Con motivo del IV Centenario del Descubrimiento de América, llega a España Rubén Darío, que ya ha publicado Azul (1888). El malagueño se esfuerza por introducirlo en los círculos literarios madrileños, pues ve en él a un compañero en la lucha por la renovación de la poesía española. Darío le corresponde escribiendo un prólogo para En tropel (1892). Pero Rueda se deja llevar por las opiniones de sus mentores -en especial de Clarín- y se va distanciando del nicaragüense, trocándose la amistad en rivalidad, gracias a una serie de malentendidos que ahondaron en la disputa de quién fue el primer renovador de la lírica hispana.

En 1893 publica Sinfonía callejera y La bacanal; y al siguiente, José Yxart le encarga El ritmo un tratado de teoría poética en diez cartas. Sus trabajos literarios se multiplican: Fornos (1895), El bloque (1896), Camafeos y Flora –ambos de 1897-, El césar (1898). En ellos se aprecia cada vez más el peso de la tradición española, frente a modelos foráneos de vanguardia. En el período de entresiglos, Rueda se halla en los años de mayor plenitud: es respetado por sus colegas, colabora en periódicos de gran tirada, frecuenta los mejores ambientes literarios y comienza a relacionarse con las nuevas generaciones de escritores: Juan Ramón Jiménez, Villaespesa, Pellicer... Entonces, apoyándose en diversos amigos, entre ellos Pérez Galdós, intenta acceder a la Real Academia Española, lo que nunca consiguió. Durante estos años publica Piedras preciosas (1900), El país del sol (1901), La musa (1901), La cópula (1906), Fuente de salud (1906), Trompetas de órganos (1907), La guitarra (1907), Lenguas de fuego (1908), La procesión de la Naturaleza (1908), Vaso de rocío. (Idilio griego) (1908), El salvaje (1909), Poema a la mujer (1910). Son libros reveladores, importantes, pero, en opinión de C. Cuevas, de una estética que no evoluciona en lo esencial.

 

El gusano de luz  escandalizó a la crítica más puritana. Fue considerada una “novela pornográfica de la peor especie”.

 

En 1906, el fallecimiento de su madre le sume en una profunda soledad. Abandona entonces Madrid y marcha a Alicante, donde llega el 22 de abril de 1908, permaneciendo en la Isla de Tabarca, su nuevo paraíso, hasta 1919, de donde partirá para regresar definitivamente a Málaga. España aplaude a Salvador Rueda, pero su mayor apoteosis le llegará de Hispanoamérica, con cinco viajes transoceánicos con los que ganará el título de “Poeta de la Raza”, por su deseo de fraternidad y su mensaje de hispanismo. Publicará entretanto varias antologías poéticas, entre ellas Cantando por ambos mundos (1914). Ya tiene sesenta y dos años y ha envejecido como escritor, se siente solo en Madrid y pide su traslado a Málaga, a donde regresará en 1919. Sigue publicando obras como las novelas Donde Cristo dio las tres voces (1919), La Virgen María (1920) y El secreto de una náyade (1922); la pieza teatral La vocación (1921) y libros de versos como El milagro de América. Descubrimiento y civilización (1929), El poema del beso (1932) o Claves y símbolos, obra póstuma de 1957. En su ciudad natal sigue siendo un referente en lo que a justas, certámenes y concursos se refiere. Cae enfermo en marzo de 1933, muriendo  el 1 de abril, a los setenta y seis años de edad.       

El gusano de luz, de 1889, marcó el inicio de una nueva faceta literaria en Salvador Rueda: la de novelista; y, en particular, inauguró la etapa de sus novelas andaluzas, insertas en la corriente regionalista, muy cultivada en el último tercio del XIX. Esta tendencia era de ideología conservadora, presentadora de usos, ambientes y costumbres rurales y prolongadora de modelos narrativos decimonónicos.

"Málaga. Plaza de la Constitución". Tarjeta postal. München, Purger & Co., Photochromikarte nr. 5854, ca. 1920. Biblioteca de Andalucía.Málaga. Plaza de la Constitución. Tarjeta postal. München, Purger & Co., Photochromikarte nr. 5854, ca. 1920. Biblioteca de Andalucía.

La primera noticia de esta novela se remonta a septiembre de 1886, lo que denota que el malagueño pensaba desde tiempo atrás dedicarse a la narrativa. Como era habitual en el XIX, publicó buena parte de sus capítulos en la prensa, antes de la aparición del libro. En concreto, en El Globo y El Imparcial de Madrid, así como en La Ilustración Ibérica de Barcelona. Razones crematísticas, sin duda, le movieron a ello; pero también la necesidad de dar a conocer poco a poco su primera novela para ir preparando la opinión del gran público, pues, aun incluyendo grandes dosis de andalucismo y toques costumbristas, con El gusano de luz se desviaba del camino iniciado en anteriores obras en prosa. Era consciente de que se adentraba por vez primera en una construcción narrativa extensa, en la que el andalucismo era un mero escenario, un decorado donde transcurriría una historia no exenta de polémica, que recreaba una nueva versión del tópico del viejo enamorado.

 

“Su mayor reconocimiento le llegará de Hispanoamérica, con cinco viajes transoceánicos con los que ganará el título de “Poeta de la Raza”.

 

Rueda narraba en ella el proceso de enamoramiento que experimentan Concha y su tío Sebastián: ella de quince años y él de más de cincuenta. Concha, la joven protagonista, va a pasar una temporada al cortijo de su tío, en contacto con la naturaleza, pues tiene una salud quebradiza. Allí conocerá a todos sus sirvientes y trabajadores y entrará en contacto con unas costumbres y usos populares que le cautivan. Desde el primer instante, tío y sobrina sentirán, sin saberlo, una atracción mutua que, paulatinamente, se desbordará en una pasión incontrolable. Las leyes del decoro y la moral van contra un amor desigual en edad y casi pecaminoso, por la consanguinidad; pero el amor se alza sobre cualquier escollo, pues Rueda lo concibe como una fuerza natural y cósmica. La trama se desarrolla en un pueblecito de la hoya malagueña, durante los meses de julio y agosto, en la vendimia. La canícula estival que tan bien se refleja en la novela y el poco aplomo de los protagonistas les llevan a cometer faltas monstruosas que solo son redimidas, a posteriori, con el matrimonio.

"Equivocación". Serie 2ª. Costumbres de Andalucía, 28. Barcelona, Lit. Pujadas y Oliver, ca. 1900. Biblioteca de Andalucía.Equivocación. Serie 2ª. Costumbres de Andalucía, 28. Barcelona, Lit. Pujadas y Oliver, ca. 1900. Biblioteca de Andalucía.

Salvador Rueda concluyó su novela en Sevilla, en abril de 1888. A lo largo de todo ese año intentó conseguir un prólogo, pues en aquel entonces era habitual encabezar las obras con cartas o prefacios de autores consagrados. El malagueño envió su primera novela, al menos, a Pereda, Valera, Clarín y Menéndez Pelayo. Buscaba en ellos su apoyo, el respaldo de un prólogo laudatorio que prestigiase su obra, pues, hasta el momento, su nombre estaba asociado a la poesía y el costumbrismo. A este respecto, es muy esclarecedora la misiva que un humilde Rueda escribe a Menéndez Pelayo en noviembre de 1888 y que debió de tener idéntico cariz en los restantes destinatarios: “ahora se decide mi suerte ante el público, y el apuro y la angustia inmensa en que estoy me hacen distraer un poco su atención con la lectura de mi libro”.

Pese a los intentos del joven escritor, El gusano de luz se publicó sin pórtico los últimos días de 1888, aunque, por motivos editoriales, apareció en su portada la fecha del siguiente año. Este pequeño disgusto no impidió a Rueda sentirse sumamente satisfecho tras haber vendido toda la edición al célebre librero Fernando Fe y por haber propiciado numerosos comentarios en la prensa del momento: “Por lo pronto hice mi agosto y ocupo hoy todas estas conversaciones literarias”, le escribe, exultante, a su amigo Narciso Díaz de Escovar. En efecto, desde diciembre de 1888 a marzo del siguiente año aparecieron numerosas críticas a su novela y, en general, muy positivas. Destacan las de La República, La Monarquía, Revista de España, El Motín, La Ilustración Ibérica, Revista Contemporánea, El Imparcial, La España Moderna; sin contar noticias más breves que se publicaron en La Correspondencia de España, La Dinastía, El País o El Día.

 

“Era consciente de que se adentraba por vez primera en una construcción narrativa extensa, en la que el andalucismo era un mero escenario, un decorado donde transcurriría una historia no exenta de polémica…”.

 

Todos los críticos resaltaban el elevado componente lírico de la novela, las excelentes dotes de su pluma costumbrista y su adscripción al regionalismo. De este modo, El gusano de luz se convertía en un ejemplo más de la pasión que sentía su autor por el colorido de todo lo que pintaba, con especial atención a su tierra andaluza. Colorismo y regionalismo íntimamente imbricados en esta obra que muestra al lector un acervo de escenas de marcado sabor malagueño, que se desarrollan en plena naturaleza, principal fuente inspiradora de la obra literaria del autor: las fiestas en los lagares durante la vendimia, la trilla, la elaboración del gazpacho, las formas de cortejar de los campesinos, la buenaventura, la vendeja, etc., escenas que hoy complacen desde esa lejanía temporal, aunque no afectiva, por su componente pintoresco y emotivo. El campo que retrata es limpio, saludable, vigoroso, poético, fecundo. En la naturaleza, no hay que olvidarlo, junto a la fresca sombra de los álamos, durante la siesta, se consuma el amor de los protagonistas.

Caserío de un cortijo andaluz. Manuel García Rodríguez, ca. 1910.Caserío de un cortijo andaluz. Manuel García Rodríguez, ca. 1910.

 

“Las leyes del decoro y la moral van contra un amor desigual en edad y casi pecaminoso por la consanguinidad; pero el amor se alza sobre cualquier escollo…”.

 

Otro aspecto a destacar de esta novela es el de sus contactos con el Naturalismo, orientación artística que tuvo muchos detractores en nuestro país por el extremado realismo, por los ambientes sórdidos y los personajes degenerados que aparecían en la trama, carentes de decisión, movidos por un determinismo social y genético. Muchos de los críticos, salvo en Revista Contemporánea, reconocieron “instintos invencibles” en la novela, que imponían “movimientos fatales” en los personajes, haciendo alusión a su fuerte sensualismo, que estalla, sin control, en unos amores desiguales por la edad y de lejanas sugestiones incestuosas.

Esta tradición crítica decimonónica conecta con la actual –Cossío, Pattison, Ferreras, López Jiménez-, que continúa incluyendo al autor en la nómina de naturalistas menores. Pero tenemos noticia de estas opiniones antes de que el libro se publicase. En concreto, en las epístolas que Rueda cruzó con esos escritores a quienes solicitó un prólogo. En todas justificaba el expuesto proceder que le había llevado a concebir y redactar El gusano de luz por su afán de verosimilitud: “mi amor a la verdad del modelo me ha impedido descargarlas de color”, le escribía a Menéndez Pelayo. Pereda y Valera respondieron las misivas de Rueda e inmediatamente vincularon su obra al Naturalismo, siendo la contestación del santanderino la más demoledora. Su opinión se cebó en el contenido moral de la novela, pasando por alto sus valores estéticos, conceptos que en la época no eran autónomos. Mostraba su alarma por la desviación de una brillantísima carrera: “Creo que tiene V. sobrados motivos para estar alarmado y febril con la obra”, le escribía en diciembre de 1888. Con unos planteamientos que hoy se considerarían excesivos, Pereda conceptuó El gusano de luz de novela pornográfica y la vio impregnada de elementos naturalistas, comparando al malagueño con escritores tan radicales como López Bago. La desilusión que experimentó Pereda –quien conocía muy bien la prosa anterior del malagueño- le llevó incluso a recomendar al novelista que se abstuviese de publicarla.

 

El gusano de luz se convertía en un ejemplo más de la pasión que sentía su autor por el colorido de todo lo que pintaba, con especial atención a su tierra andaluza”.

 

La opinión que más tuvo que satisfacerle, pese a las críticas implícitas, fue la que Juan Valera publicó en El Imparcial (18-marzo-1889); de ahí que la eligiese como pórtico a la segunda edición de El gusano de luz.  Aunque el cordobés localizó ciertos excesos naturalistas, criticó la escasa profundidad de algunos personajes y apuntó ciertas fallas argumentales de menor importancia, alabó el optimismo de la novela, el estilo –a su juicio, una influencia benéfica del Naturalismo, por su copia fiel del natural- y, en definitiva, afirmó ser testigo del nacimiento de un buen novelista.

Cubierta de la edición de "El gusano de luz" en la Colección Diamante, Barcelona, Antonio López Editor, ca. 1902. Incluía un estudio de Juan Valera.Cubierta de la edición de El gusano de luz en la Colección Diamante, Barcelona, Antonio López Editor, ca. 1902. Incluía un estudio de Juan Valera.

Las críticas desfavorables de Valera y Pereda y el aparente desinterés de escritores como Clarín y Menéndez Pelayo, le llevaron, sin duda, en la segunda edición de El gusano de luz, aparecida en la Colección Diamante de Barcelona en 1895, a introducir significativas variantes de autor, que perpetuó en sucesivas reediciones. Todas esas variantes estaban estrechamente relacionadas con el sensualismo y “pornografía” de la novela. Eliminó, por tanto, sintagmas, palabras y párrafos polémicos y difuminó el componente erótico y sensual de Concha y los rasgos deterministas de la obra. Demuestra este cambio la indecisión y titubeos de un novelista incipiente, que se dejó llevar por opiniones ajenas, sin escuchar sus convicciones literarias, y que, si en un principio pudo sentirse halagado por una polémica que le llevó a estar de plena actualidad, a la postre tuvo que aceptar los condicionamientos literarios que implícitamente se le imponían. Sin olvidar su indiscutible calidad, esta es la razón que nos lleva a elegir la primera edición de El gusano de luz, la de 1889, para esta Galería de Lecturas Pendientes, pues reflejaba de forma espontánea los principios estéticos de un joven Rueda.

Aquellas opiniones desalentadoras no sólo movieron al malagueño a cambiar fragmentos muy concretos de su novela, también lo desviaron de esa moderna trayectoria narrativa por la que había tomado partido cuando escribió El gusano de luz. Debido a esos juicios que mellaron sus primeras convicciones literarias, la novela que publica Rueda al año siguiente es La reja, ausente de modernidad y de polémica, de ambiente andaluz y costumbrista; sin olvidar que ese mismo año dio a las prensas madrileñas Granada y Sevilla, un libro que se articulaba sobre coloristas cuadros de costumbres. Dos años después, en 1892, publicaría una nueva novela: La gitana, también de orientación regional.

El nuevo camino que Salvador Rueda había comenzado a recorrer con titubeantes pasos en El gusano de luz lo había dejado a un lado para continuar por la senda costumbrista en la que se inició en 1886 con El patio andaluz. La gitana fue la última novela que publicó en el siglo XIX, transcurriendo un lapso de catorce años hasta su siguiente producción: La cópula (1906). La mejor de sus tres novelas andaluzas fue, sin duda, El gusano de luz: mereció más estudios críticos, fue objeto de más reediciones y presentó un mayor mestizaje literario, sin olvidar su mejor construcción narrativa, su estilo altamente poético, cuidado y colorista y la habilidad de su autor en el retrato de la ambientación andaluza.

 

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