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José López Pinillos y la Andalucía trágica de Cintas rojas
Alberto González Troyano

Retrato del autor en la cubierta de Cintas Rojas. Madrid: La novela corta, 1916. Biblioteca de Andalucía.Retrato del autor en la cubierta de Cintas Rojas. Madrid: La novela corta, 1916. Biblioteca de Andalucía.

José López Pinillos, que utilizó sobre todo en su labor periodística el seudónimo de Parmeno, responde a un esquema biográfico repetido con frecuencia en Andalucía desde que lo iniciara Bécquer, en el crepúsculo del romanticismo español. Nacido en 1875, en la Plaza Nueva de Sevilla, inició la carrera de Derecho tras los estudios de bachillerato, que debió interrumpir, por motivos familiares y económicos. Al no ofrecerle la ciudad suficientes posibilidades de supervivencia como escritor, debido a la penuria cultural del entorno sevillano, a los veintitantos años, se trasladó a Madrid. Como otros, hubo de irse a la búsqueda de un periódico en el que escribir y de un teatro en el que estrenar El vencedor de sí mismo, el primer drama de una larga lista, que le brindaría posteriormente cierta fortuna y celebridad. En sus inicios, igual que sucedió con Chaves Nogales, José Mas y Rafael Cansinos Assens, el periodismo fue su fuente básica de dedicación profesional, colaborando en la prensa más radical: El Globo, España, El Liberal, La Voz y El Heraldo de Madrid. En sus artículos supo compaginar muy bien una forma expresiva, vigorosa y castiza, con una visión crítica heredera, por su preocupación social, del regeneracionismo noventayochista. Fue un periodista leído y respetado, con opiniones a la vez reflexivas y contundentes, dentro de una militancia ideológica de izquierdas, pero sin manifiesto partidismo político.

Paralelamente, mantuvo una continua presencia en los teatros, estrenando, con buena acogida y regularidad, todos los años. Sintió preferencia por adentrarse en los ambientes de las clases populares y personajes marginales, objetos de la atención del llamado “segundo naturalismo”, movimiento literario al que le unían muchas afinidades en cuanto al contenido de las obras. Otro tanto puede añadirse de su narrativa, formada por tres novelas, igualmente bien recibidas por el público, y una serie de relatos cortos que constituyeron la parte más difundida de su producción y que, tras aparecer en la prensa, fueron luego recogidos en volúmenes de notable éxito, en aquella época, para ese tipo de género, aparentemente menor.

“Fue un periodista leído y respetado, con opiniones a la vez reflexivas y contundentes, dentro de una militancia ideológica de izquierdas, pero sin manifiesto partidismo político”.

Transcurrido casi un siglo de su publicación, su obra continúa teniendo un interés que va mucho más de allá del simple hallazgo “arqueológico” de los historiadores de la literatura. Por una parte, por los valores testimoniales y documentales que encierran tanto sus dramas como sus novelas, con atmósferas y personajes cuya trama y singularidad mantienen todavía suficiente garra literaria. Pero, además, a pesar del paso del tiempo, su voluntad estilística conserva una notable originalidad, ya que recurrió a una escritura distorsionadora, próxima en parte al expresionismo esperpéntico de Valle Inclán, y que también anuncia la tendencia tremendista, a la que tanto resultado sacarán, más tarde, Gutiérrez Solana y Camilo José Cela. A esto se une que la materia lingüística sobre la que actúa López Pinillos es en gran parte el habla andaluza. Aguarda ahí, pues, un caudal digno de ser investigado al que hasta ahora se le ha prestado poca atención.

Un cortijo andaluz. Manuel García Rodríguez, ca. 1915.Un cortijo andaluz. Manuel García Rodríguez, ca. 1915.

De todos modos, no debe pensarse que se trata de un autor olvidado, ya que en los últimos treinta años se han reeditado sus tres novelas y muchos de sus relatos y reportajes periodísticos. Mas todo ello se ha llevado a cabo de una manera discontinua y aislada, sin apenas ningún estudio global que recupere su memoria e introduzca a los nuevos lectores en unos valores éticos y expresivos peculiares y poco comunes, pero no por ello envejecidos. Por otra parte, debe reconocerse que su literatura no puede tener una fácil aceptación porque cuesta mantener la mirada fija en muchas de las imágenes que situó en el primer plano de sus novelas y de su teatro. Hay en la mayoría de sus obras un regusto por lo sórdido y macabro, que provoca, en principio, un instintivo rechazo. Consecuencia de una actitud de crítica corrosiva que no busca la complacencia ni la complicidad de un público al que, con cruel sarcasmo, López Pinillos obliga a confrontarse con algunas de las escenas más negras y tremendas de la literatura española contemporánea.

“López Pinillos obliga a confrontarse con algunas de las escenas más negras y tremendas de la literatura española contemporánea”.

Nueva Guerrita y Bombita.Los toreros Guerrita y Bombita.

Gracias a este tremendismo expresivo supo conectar con la sensibilidad de un nuevo tipo de espectadores, en los que todavía estaba latente el recuerdo generacional de un mísero y duro pasado campesino. Estimulado por esta buena acogida, llevó a cabo -escribiendo, estrenando y publicando- una considerable actividad dramática (El vencedor de sí mismo, Hacia la dicha, El burro de carga, La casta, El pantano, Nuestro enemigo, La otra vida, A tiro limpio, Los senderos del mal, Las alas, Esclavitud, Caperucita y el lobo, La red, El condenado, Como el humo, La tierra, El caudal de los hijos, Embrujamiento) en la que predominan los ambientes rurales, con unos personajes en proceso de pérdida y dislocación de sus antiguas referencias morales. Ante a ellos, a la par de la nueva industrialización, promovida en España por los efectos de la Primera Guerra Mundial, se alza la nueva mentalidad burguesa y urbana que extiende sus hábitos y su poder, al amparo de su despegue económico. Al conflicto social que subyace en todas las tramas, se añaden unos climas patológicos y pasionales, siempre determinantes en los argumentos de Parmeno, como ineludible tributo al pasado movimiento naturalista que tanto admiraba.

Su producción narrativa también encara el testimonio de la Andalucía aún inmersa en una cultura agraria, pero que está a punto de transformarse. Su enfoque tiende a mostrar el reverso negativo, aquel siempre ausente de los habituales cuadros plácidos e idílicos del sur de la península. Las bien logradas evocaciones costumbristas no excluyen nunca una soterrada violencia, visible en las grotescas fases de envilecimiento a las que se ven sometidos los personajes. Su primera novela, Doña Mesalina, data de 1910; Las águilas, la publicó al año siguiente y El luchador, en 1916. En la primera, exhibió la actitud desafiante de una joven maestra en el estrecho y hostil entorno de un pueblo. La segunda describela trágica trayectoria de un matador de toros, incorporando una de las visiones más negras de la fiesta aportada por la literatura taurina. La última, sustentada en numerosas notas autobiográficas, recoge el difícil y cruel recorrido que acompañaba, por entonces, el aprendizaje y ejercicio del periodismo madrileño.

022_cintas_rojas_texto02aCórdoba. Vista desde la torre de Carraola. Madrid: Hauser y Menet, ca. 1925. Biblioteca de Andalucía.

Como buenos exponentes de la estrecha vinculación que reinaba entonces entre periodismo y literatura pueden considerarse los volúmenes: Hombres, hombrecillos y animales; Lo que confiesan los toreros: Pesetas, palmadas, cogidas y palos; Los favoritos de la multitud: Cómo se conquista la notoriedad; Vidas pintorescas: Gente graciosa y gente rara; En la pendiente de los que suben y de los que bajan, en los que recogió reportajes y entrevistas. En ellos, una vez más, mostró la fuerza incisiva de sus ideas y los amplios recursos de su expresión formal.

“Su enfoque tiende a mostrar el reverso negativo, aquel siempre ausente de los habituales cuadros plácidos e idílicos del sur de la península”.

Parmeno murió en Madrid el 11 de Mayo de 1922. Contaba, pues, cuarenta y siete años. Eran unos momentos en los que ya comenzaba a notarse el cambio de sensibilidad y gusto traído por las vanguardias literarias de los años veinte. Esta nueva situación, que entró en España con tanta fuerza generacional y que tantos cambios estéticos había de promover, él ya no pudo conocerla ni presentirla. Sin embargo, estas tendencias de lo que se ha llamado la Edad de Plata, al imponer otros criterios literarios, influyeron negativamente en el reconocimiento inmediatamente posterior de su obra.

Transcurridos desde entonces más de ochenta años, en sus relatos -La sangre de Cristo, Frente al mar, Ojo por ojo, Cintas rojas, Los enemigos, El chiquito de los quiebros, El ladronzuelo, Jean y Lolo, El ojo, La vuelta del miedo, La apuesta, El paseo de Petronila y Un hombre digno- quizás radique la parte de su producción que conserva un mayor atractivo para un lector actual. Debido a las propias exigencias de esta clase de género narrativo, que tenía que someterse a la limitada extensión del formato periodístico y a los requerimientos de las populares colecciones de “novela corta”, López Pinillos se vio obligado a escribir con otro planteamiento y otro ritmo, no abusando tanto del doctrinarismo literario e ideológico que lastran algunas de sus obras más ambiciosas. Entre estas narraciones breves sobresale Cintas rojas, publicada en 1916, destinada a difundirse en aquel público de “paladares estragados” tan propio de la época. Su tremendismo primerizo ya anuncia el que, tres décadas más tarde, utilizaría Camilo José Cela. Comprensiblemente, se ha supuesto que constituye una fuente directa, tanto desde un punto de vista expresivo como ambiental, de La familia de Pascual Duarte.

Antigua plaza de toros Los Tejares (Córdoba).Antigua plaza de toros Los Tejares (Córdoba).

Para trabar su argumento se valió de un romance de ciego, o pliego de cordel, Cintabelde, publicado en Córdoba en 1891, y que, posiblemente, se hacía eco, más o menos amañado, de un suceso reciente. Este origen ya declara la predilección parmeniana por los recursos folletinescos y las fórmulas patéticas y melodramáticas, de las que esta obra ofrece, a pesar de sus pocas páginas, un conmovedor y violento muestrario. Por ello, puede leerse como el mejor ejemplo de una culta reelaboración literaria que tuvo como base una simple pieza popular de transmisión oral.

“Su tremendismo primerizo ya anuncia el que, tres décadas más tarde, utilizaría Camilo José Cela. Comprensiblemente, se ha supuesto que constituye una fuente directa, tanto desde un punto de vista expresivo como ambiental, de La familia de Pascual Duarte”.

La pauta del relato la marcan los asesinatos en serie cometidos por un bracero, Rafael Luarca, en un cortijuelo, no lejos de Córdoba, con el fin de conseguir el dinero que necesitaba para presenciar la corrida de feria de su ídolo taurino, Rafael Guerra Guerrita. La trama, que exhibe crueldad y más crueldad en cada una de sus secuencias, es, sin embargo, de una gran simplicidad de motivaciones, de espacios y de tiempo, tal como pedían los preceptistas neoclásicos. Se trataba de todo un reto literario, dado que, en pocas líneas, había que crear el clímax que hiciera creíble y verosímil un  personaje tan expuesto a ser visto sólo como una atolondrada marioneta compulsiva. Pero el autor logra que el lector contemple fascinado -más que aterrorizado- cada uno de sus pasos, es decir cada uno de sus ocho crímenes. La pasión que los motiva siempre es la misma, pero en cada caso, con el recurso descriptivo de unos pocos párrafos, cada muerte adquiere  singularidad suficiente para permitir reconstruir simbólicamente el carácter y casi la vida previa, de cada una de las víctimas.

“El autor logra que el lector contemple fascinado -más que aterrorizado- cada uno de sus pasos, es decir cada uno de sus ocho crímenes”.

En Rafael Luarca, el papel desempeñado por su obsesión -no tanto por ir imperativamente a los toros como por ver torear a un diestro concreto: el Guerra- le convierte en un criminal. Pero, se proyectan sobre su actuación sombras aún más inquietantes. López Pinillos no quiso reducirlo a una sola dimensión, la de alguien que mata fríamente para conseguir sus fines. Aunque ese sea su perfil más nítido, el personaje ofrece, dentro de la parquedad del relato, otros matices significativos: en él se anuncian los rasgos de un tipo de comportamiento que el autor pudo presentir que, en las próximas décadas, alcanzaría gran relieve social y político.  Tal vez intuyó -y proyectó su preocupación al darle vida a Cintas rojas- el poder movilizador de los ciegos fanatismos que se avecinaban, encarnados por hombres que imponían su deseo como único resorte de la vida, amparados por una moral que les evitaba cualquier sentimiento de compasión o de culpa ante el mal de los otros.

La familia de Pascual Duarte. Camilo José Cela. Madrid, 1942 (Cubierta). Biblioteca de Andalucía.La familia de Pascual Duarte. Camilo José Cela. Madrid, 1942 (Cubierta). Biblioteca de Andalucía.

Al bracero transformado, gracias a su cuidada vestimenta, en un hombre nuevo, sólo le preocupa que la sangre ajena le pueda manchar su pinturero traje de feria, con el que ha de penetrar en el umbral sagrado de la plaza de toros. Allí es donde reina el dios ambicionado, el único al que debe y sabe rendir culto. Para poder asistir al ritual, y aplaudir orgiásticamente al lidiador consagrado, todos los medios, por tanto, están permitidos.

Este convencimiento, esta elevación del propio criterio, inapelable, a categoría dominadora y excluyente, le presta al personaje una siniestra modernidad. Puede que tras esta exhibición del yo potente, seguro, frío y calculador de Rafael Luarca, quisiese abarcar simbólicamente López Pinillos mucho más. Porque Cintas Rojas es el retrato de alguien para el que los demás, parientes, amigos, adultos o niños, sólo son instrumentos, medios, que pueden ser utilizados o aniquilados con total indiferencia según lo exija el deseo individual o la moral de un nuevo ídolo colectivo. En esas actitudes nihilistas y fanáticas estaba el germen del que se alimentarían los regímenes totalitarios que se acercaban.

“Al bracero sólo le preocupa que la sangre ajena le pueda manchar su pinturero traje de feria”.

Cabe atribuir, pues, diversas lecturas interpretativas a Cintas rojas. En un autor tan dado a la estridencia y al efectismo, existe el peligro de no traspasar esas primeras impresiones de su narrativa. Quizás, debido a ello, se ha impuesto la tendencia a quedarse sólo con la imagen menos lograda de sus envolturas formales. Pero en su obra hay mucho más. A este respecto, iniciarse en su lectura a través del relato protagonizado por Rafael Luarca puede ser lo más indicado. Las escenas están bien articuladas, como si se tratase de una composición a la manera de  un pintoresco y negro retablo de maravillas. Además, en esta pieza quedan mejor integradas, que en otros textos suyos, las invenciones léxicas, los arcaísmos y expresiones desaparecidas, los desplazamientos de sentido, y otros elementos retóricos que López Pinillos puso en juego para conseguir la distorsión esperpéntica y tremendista que con tanto esfuerzo buscaba y que, en muchas ocasiones, alcanzó.

 

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