Junta de Andalucía. Consejería de Cultura. Biblioteca Virtual de AndalucíaJunta de AndalucíaConsejería de CulturaBiblioteca Virtual de AndalucíaDirectorio institucional de la Cultura
Una
Galería
de lecturas pendientes

Compartir en Facebook (en nueva ventana) Compartir en Twitter (en nueva ventana)

Nicolás María López: cautivado en el país de los sueños
Amelina Correa Ramón

Tristeza andaluza. Granada: Tip. Lit. Vda. E Hijos de P. V. Sabatel , 1898. Biblioteca de Andalucía (Granada).Tristeza andaluza. Granada: Tip. Lit. Vda. E Hijos de P. V. Sabatel , 1898. Biblioteca de Andalucía (Granada).

En el año 1901 el periodista y político cordobés Rodolfo Gil (1872-1938), buen conocedor de Granada, pues en su Universidad había cursado estudios de Filosofía y Letras, publicaría un sugerente volumen, que se presenta acompañado de las más diversas ilustraciones, y lleva por título El País de los Sueños. Páginas de Granada[1]. El libro dedica diferentes capítulos a los monumentos significativos, a lugares emblemáticos de la ciudad, a sus fiestas y tradiciones, a personajes populares, o bien, a momentos que el autor considera especialmente poéticos o sugerentes, vinculados de alguna manera con la capital nazarí: “Rapsodia morisca”, “La ciudad muerta”, “Vísperas de Pascua”, “Flores de almendro”, etc. Por último, establece un apartado final donde lleva a cabo un  repaso de la fecunda vida intelectual granadina.

Lo que persigue el autor de Puente Genil –pues en la antigua localidad cordobesa donde había visto la luz en 1856 el poeta Manuel Reina había de nacer también Rodolfo Gil-, el objetivo de su libro, no es en realidad otro que proyectar una imagen impresionista de la ciudad finisecular que la dibuje ante los ojos del lector, auténticamente, como un “país de los sueños”. De ahí que comience su obra con la siguiente invocación:

Venid a Granada!

Vosotros los que tenéis el corazón desgarrado por el dolor; los que contáis por siglos las horas de hastío; los que os habéis dejado entre las zarzas de la vida pedazos del alma; los que huís del ruido que aturde y del bullicio que enloquece: venid a Granada.

Los que desdeñáis la alegría fugaz que entre las risas brota y en los labios muere, y anheláis la intensidad del goce íntimo en la penumbra del misterio; los que, prontos a beber el dulce vino de la dicha, no encontráis copa en que escanciarlo […]: llegad a Granada.

[…] Alabad a esta ciudad, escultores de la palabra; que de ella se dijo que no tenía rival ni en el Egipto, ni en el Irac, ni en la Siria. Alabad a Granada, que ella fue llamada por las árabes el cielo del mundo[2]

Sin duda alguna, el protagonista de nuestra historia, Nicolás María López (1863-1936), amigo de Ángel Ganivet y compañero en el círculo de regeneración intelectual y artístico que sería la Cofradía del Avellano, autor del precioso e intimista Tristeza andaluza, asumiría sin vacilar estas palabras. Su amor por la ciudad de Granada llegó a condicionar incluso su existencia personal, hasta el punto de que renunciaría a un mayor desarrollo profesional con tal de poder residir por siempre en su adorada tierra. Su carácter melancólico y el intenso apego que siempre demostró hacia Granada explican que, cuando en 1884 se traslade a Madrid con objeto de obtener el Doctorado en Filosofía y Letras, y se vea obligado a permanecer en la capital durante varios años por motivos laborales, su obsesión continua sea la de poder retornar a su amada tierra:

 

“Su amor por la ciudad de Granada llegó a condicionar incluso su existencia personal...”.

 

¿Cómo explicar a mis amigos que yo llevaba en el fondo de mi ser la huella imborrable de la ciudad morisca, el opio enervante de la Alhambra, el sentimiento de humillación e indiferencia, incompatible con la vida activa e inquieta del periodismo?

[…] Y no descansaré hasta que vuelva al Carmen, y oiga la campana de la Vela, y huela los jazmines de las murallas… Allí está la calma, la dulce soñolencia, el placer de no hacer nada, la ilusión de lo imprevisto. ¡Y no dejar aquella felicidad por esta vida de angustia de pesadilla, de ambición…![3] 

Para Nicolás María López, inficionado del poderoso veneno de la Alhambra, parecieran escritas, pues, las invitatorias palabras de Rodolfo Gil: 

Los que sentisteis en vuestro espíritu el beso divino del arte; los que os arrobasteis en la contemplación de la Naturaleza, más amada cuando más se entrega al hombre; los que agitados por el sacro numen de la poesía vais por el mundo cantando todo lo grande y noble en su aspecto más bello; los que en las glorias del pasado buscáis consuelo a las desdichas del presente y en el enigma de las ruinas y de las edificios vetustos queréis descifrar la profecía de los tiempos mejores: quedaos en Granada[4]

Y eso que, en realidad, Nicolás María López Fernández-Cabezas no había nacido en la misma Granada, sino en el muy cercano pueblo de Santa Fe, donde asentaron su campamento los Reyes Católicos para llevar a cabo su asedio final al reino nazarita de Boabdil. Allí, por otro lado, se firmaron las célebres Capitulaciones por las que la Corona accedía a financiar el viaje planteado por el almirante Cristóbal Colón, que desembocaría en el descubrimiento de América. En esa histórica localidad vendría al mundo el autor de Tristeza andaluza el 11 de octubre de 1863, como hijo primogénito de una familia acaudalada y de alto nivel cultural. Dos años después la familia se trasladaría a la capital, después de tomar posesión su padre de una plaza de notario.

 

El país de los sueños. Rodolfo Gil. Granada: Tip. Lit. Paulino V. Sabatel, 1901.El país de los sueños. Rodolfo Gil. Granada: Tip. Lit. Paulino V. Sabatel, 1901.

La Granada con la que se encuentran Nicolás María López y su familia a su llegada es una capital sin duda hermosa y que goza de un importante patrimonio artístico, pero que, tal y como constata el erudito Pascual Madoz en el volumen concreto de su magna obra Diccionario geográfico-Estadístico-Histórico de España (1845-1850), se trata de una ciudad ciertamente venida a menos y sometida a un proceso de franco declive. Madoz señala la notable disminución poblacional que siguió a la guerra de los moriscos y a su posterior expulsión, así como, de manera más reciente, el efecto devastador que ocasionaron diversas epidemias. A todo ello hay que sumar “el levantamiento de la América española, que cerró sus mercados, en los cuales las manufacturas de seda granadina tenían mucho despacho, y la desmembración del territorio de la chancillería, constituida hoy en audiencia”[5]. La consecuencia de todo ello es que una ciudad que llegó a albergar en sus épocas de esplendor la cantidad de cuatrocientos mil habitantes, había pasado a mediados del siglo XIX a contar tan sólo con algo más de sesenta mil. Por lo tanto, el estudioso navarro dictaminará como conclusión de su extenso análisis:

Granada por su posición deleitosa y amena, por las producciones de su partido y provincia, por la celebridad de sus monumentos y por el carácter perseverante y activo de sus moradores, es reputada como una de las poblaciones de primer orden en la Península. Sin embargo, es lastimoso confesar que esta hermosa ciudad se halla en una visible y rápida decadencia: su vecindario disminuye; muchos de sus arrabales están despoblados, y sus casas ruinosas presentan un aspecto triste y desconsolador. La agricultura, que era el principal recurso de sus moradores, yace estacionaria por la imposibilidad de los transportes […]. El comercio, meramente pasivo, no atrae capitales que puedan emprender activas negociaciones que dan impulso y vida a las operaciones de giro y sirven a veces para reanimar la industria[6].

A pesar de ello, Madoz se encarga de resaltar una faceta en la que la ciudad parece haber destacado secularmente:

Granada ha merecido el título de una de las capitales de provincia más cultas y de más esmerada sociedad. Sus colegios, su universidad, sus corporaciones literarias, han formado hombres ilustres en todos los ramos del saber[7].

Y en uno de esos hombres ilustres y cultos se habrá de convertir en breve Nicolás María López, en quien en fecha temprana se despertará la afición por las letras. Asiste con frecuencia a representaciones teatrales, lee infatigablemente libros, revistas e incluso los habituales folletines de la época, y, cuando cuenta tan sólo con dieciséis años de edad, proyecta fundar un periódico propio, así como escribir un libro sobre temas históricos granadinos. Pronto se hace socio del Ateneo Científico-Literario, y, como señala María Luz Escribano Pueo -autora de la única biografía extensa sobre el escritor-, en esta etapa inicial de su vida “manifestaba, en suma, las mismas aficiones, tristezas y costumbres que han persistido luego tantos años”[8].

 

“Su mujer, enferma de tuberculosis desde antes de la boda, fallece, dejando al escritor sumido en la desesperación…”.

 

En el año 1881 inicia estudios universitarios de Filosofía y Letras y de Derecho, conjugándolos con el desarrollo de otras actividades de tipo cultural. Así, es nombrado secretario de la Sección de Literatura del mencionado Ateneo, y, por esas mismas fechas, constituye con sus amigos Gabriel Ruiz de Almodóvar, Matías Méndez Vellido y otros un “Gabinete Literario” que se reunirá de forma periódica para la exposición y discusión de temas de carácter literario o jurídico. Formará parte también, en la Facultad de Filosofía y letras, del grupo de alumnos predilectos del catedrático D. Antonio González Garbín, que practicaba un tipo de enseñanza de inspiración peripatética, esto es, transmitiendo su saber mediante largos paseos por la ciudad de Granada.

Al año siguiente, 1882, publica Nicolás María López el que será su primer trabajo de índole literaria. Se trata de un artículo de marcado carácter romántico titulado “¡Aún hay virtud!”, que apareció en la publicación granadina La X, revista que alcanzará una corta existencia.

En Sierra Nevada. Granada: Tip. Vda. E Hijos de Sabatel, 1900. Biblioteca de Andalucía (Granada)En Sierra Nevada. Granada: Tip. Vda. E Hijos de Sabatel, 1900. Biblioteca de Andalucía (Granada).

 Se inicia a partir de aquí la que será su larga y fecunda actividad como articulista, pues entra Nicolás María López a colaborar de manera asidua con el Diario de Granada, dirigido por Ricardo López Jofré. La temática de sus artículos abarcará desde la crítica social a la literaria, sin olvidar otros de tono melancólico, que muestran una clara inclinación poética. Esta colaboración se mantendrá luego desde Madrid, donde el autor ejercerá como corresponsal de ese mismo medio de prensa, así como del también granadino Boletín del Centro Artístico.

Al poco tiempo de licenciarse en Filosofía y Letras (pues en Derecho lo haría un año y medio después, en 1886), consigue, junto con sus amigos habituales, fundar una publicación periódica, de carácter tan efímero como solía ser usual en esta época de finales del XIX, denominada Revista granadina. Allí publicó un artículo de carácter poético con el título de “Después de marchitas”, que fue acogido con grandes elogios por los poetas cordobeses José Siles, y el ya mencionado Manuel Reina, y que inició, en cierto modo, la gran amistad que mantendría con éste último un tiempo después.

A finales de 1884, Nicolás María López se traslada –como ya se ha apuntado- a Madrid, con el objeto de efectuar el doctorado en Filosofía y Letras, para, posteriormente, ir preparando los temarios de diversas oposiciones. Metódico y estudioso, organiza su vida de opositor soportando, con nostalgia de su ciudad, la insatisfacción que, sin poderlo evitar, la vida madrileña produce en su ánimo. Tras varios intentos, aprueba con el número uno la obtención de una plaza de escribiente de la clase quinta del Consejo de Estado. Este éxito, sin embargo, conllevará la desazón de ver prolongarse su indeseada estancia en Madrid. Aunque, reposado por fin de su etapa de incertidumbre laboral, ahora Nicolás María López disfruta de tertulias, obras de teatro y otras actividades culturales que le ofrece la vida de la capital, el futuro escritor se siente a pesar de todo empujado a buscar nuevas posibilidades que le permitan acercarse a Granada. De este modo, en 1889 se somete de nuevo a la realización de oposiciones, en este caso del Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, junto con su entrañable amigo Ángel Ganivet., obteniendo respectivamente los números uno y cuatro. Destinado López a la Biblioteca Nacional, permuta su puesto poco después, pasando al Archivo de la Universidad de Granada, con lo que, si bien su carrera profesional queda probablemente limitada por unos horizontes más estrechos, sin embargo, logra culminar por fin su anhelo de volver a su querida ciudad. Como si en sus oídos resonaran íntimamente las futuras palabras de Rodolfo Gil: “quedaos en Granada”… 

“…la Cofradía del Avellano fue una agrupación de amigos entre sí y de las letras, en quienes Ganivet, socráticamente, quería alumbrar fuerza del alma”.

Tres años después de su regreso, a finales de 1892, se casa, muy enamorado, con una joven llamada Pepita Cardenete, la cual alienta su afición por la literatura. A pesar de ello, Nicolás María López, casi obsesionado por ascender de su posición de funcionario modesto, no deja de presentarse, con su ya conocida constancia, a sucesivas oposiciones. En el transcurso de este proceso, la dicha sentimental le durará poco, pues su mujer, enferma de tuberculosis desde antes de la boda, fallece en julio de 1897, dejando al escritor sumido en la desesperación y con dos hijos de corta edad. Será la misma vivencia que poco tiempo después sufrirán también escritores como Antonio Machado o Francisco Villaespesa, llevadas sus jóvenes esposas por el mal romántico por excelencia, popularizado e idealizado por la literatura y el arte: baste recordar la Margarita Gautier protagonista de La Dama de las Camelias (1848), de Alejandro Dumas, hijo, que inspiraría luego a Giuseppe Verdi su célebre ópera La Traviata(1853).

Resulta posible suponer que el recuerdo de los tristes momentos vividos ante la impotencia de la contemplación del sufrimiento de una amada abocada ya a un inevitable final inspirara al escritor el cuadro titulado “El alba”, incluido en Tristeza andaluza, donde podemos leer:

La enferma está en el lecho pálida como la cera; tiene el rostro consumido; un círculo morado rodea sus hermosos ojos negros, bajo las largas pestañas; su cuerpo es tan delgado que se oculta entre las ropas, y sus brazos y manos, amarillas y finas, se destacan sobre la roja colcha de la cama, como un esqueleto en un fondo de fuego…

El marido, con la cabeza baja, está aterrorizado; largos insomnios, inquietudes sobrehumanas, recuerdos placenteros, ansias crueles, el temor de los desconocido, los sufrimientos mismos de la enferma, algo como el miedo de verse resbalar a un abismo señalan en él su huella dolorosa. 

Libro de Granada. Granada: Imp. Lit. Vda. e Hijos de P. V. Sabatel, 1899. Cartel publicitario y cubierta. Biblioteca de Andalucía (Granada)Libro de Granada. Granada: Imp. Lit. Vda. e Hijos de P. V. Sabatel, 1899. Cartel publicitario y cubierta. Biblioteca de Andalucía (Granada).

 

El verano posterior a la pérdida de Pepita se va a refugiar apesadumbrado en las reuniones de la Cofradía del Avellano, reunión de amigos granadinos con inquietudes intelectuales, culturales y artísticas que se daba cita en torno a la fuente del mismo nombre, surtidor de renombradas aguas, situado al pie de la colina de la Alhambra. Sus componentes eran periodistas, escritores y pintores, de todas las edades, desde el veterano Antonio Joaquín Afán de Ribera (nacido en 1834) –patriarca del literario Carmen de las Tres Estrellas- hasta el jovencísimo Melchor Almagro San Martín (nacido en 1882), pasando por Matías Méndez Vellido, Gabriel y José Ruiz de Almodóvar, Rafael y José Gago Palomo, Francisco y Luis Seco de Lucena, Isidoro Marín, Rafael Latorre, Adolfo Lozano Sidro y, claro está, el propio Nicolás María. En este grupo experimentará Ganivet su teoría del crecimiento espiritual de las ciudades, tratando de alentar en sus contertulios la reactivación de sus voluntades aletargadas. Así, entre junio y agosto del año 1897 la Cofradía alcanza su máximo auge con la estancia vacacional en Granada del mismo Ganivet, que ejerce su magisterio y su positiva influencia sobre un grupo un tanto pasivo y abúlico sin el acicate de quien funciona, de alguna manera, como su líder espiritual. Como explicará Melchor Fernández Almagro en el Prólogo a las Obras completas de Ganivet editadas en 1943, la Cofradía del Avellano fue una “agrupación de amigos entre sí y de las letras, en quienes Ganivet, socráticamente, quería alumbrar fuerza del alma”[9].

Precisamente debido a la iniciativa de Ganivet, surge un proyecto común que se plasmará en la publicación de un volumen, titulado Libro de Granada (1899), cuya factura formal responde a la modernidad de la estética finisecular. En el mismo participarán Nicolás María López, Gabriel Ruiz de Almodóvar y el propio Ganivet como escritores –que procurarán conjugar armónicamente poesía, narrativa y cuadro de costumbres-, y Adolfo Lozano Sidro, Rafael Latorre, Isidoro Marín y José Ruiz de Almodóvar como ilustradores. La obra se proyecta desde una concepción modernista del libro como objeto de arte, que reúne literatura, ilustración y artes gráficas en una primorosa y cuidada edición. 

 

“En los tumultos que tienen lugar en el Albayzín durante los primeros días del alzamiento, el escritor llega incluso a sufrir un asalto en su domicilio del Carmen de los Cipreses…”. 

Pero a pesar del impulso incesante de su iniciador, y de la ilusión que todos pusieron en el trabajo, el lento proceso de esta primorosa edición hará que vea la luz tras el fallecimiento de Ganivet. Las colaboraciones de Nicolás María López en esta obra, tanto en prosa como en verso, se caracterizan por su romanticismo decadente, teñido en ocasiones de notas costumbristas, aunque incluso éstas, matizadas por el preciosismo de la prosa poética:

Anoche te hubiera gustado también ver la procesión en las Santas Cuevas. Al toque de oraciones se junta el Cabildo en la Iglesia, y con cirios en las manos, cantando la letanía, se dirigen a las tortuosas y estrechas galerías donde se guardan las cenizas de los mártires; la luz de los ciriales y el canto de los sochantres se quiebra, con fantásticos reflejos y extraños ecos, en aquellos laberínticos subterráneos, en cuyos rincones parpadean misteriosas luces, y se abren silenciosos altares… Al final, en las entrañas de la tierra, en pequeña capilla, todos se detienen, y, después de breves oraciones, se entona el himno Ave maris stella, con cuyos sublimes acentos, a paso acelerado, regresa la procesión, que pasa como sueño dantesco, bajando las cabezas, oprimida por la estrechura de las piedras, entre luces y sombras vacilantes…[10] 

De estos últimos años de la década y últimos también del siglo XIX data su amistad con escritores e intelectuales como Natalio Rivas, Francisco Navarro Ledesma, Jacinto Benavente, Manuel Bueno, Miguel de Unamuno, Salvador González Anaya, Juan Ramón Jiménez o el ya mencionado Francisco Villaespesa, entre otros. Igualmente, conoce y traba relación en 1898 con el pintor y escritor modernista catalán Santiago Rusiñol, promotor del primer homenaje y reconocimiento a un pintor que yacía prácticamente en el olvido hasta entonces, como era el Greco. A través de este vínculo, el grupo de escritores y artistas granadinos establecerá una relación fraternal y fecunda con el grupo reunido en torno al Cau Ferrat, fundado muy pioneramente por Rusiñol en la localidad catalana de Sitges y que representa el intento por instaurar un arte nuevo, un arte modernista.

Patio de la alberca, obra de Rusiñol, pertenecientes a la serie Jardines de España.Patio de la alberca, obra de Rusiñol, pertenecientes a la serie Jardines de España.

La actividad creadora de Nicolás María López avanza, por otro lado, a buen ritmo, y así, escribe el prólogo a las Cartas finlandesas de su querido amigo Ganivet, además de un prólogo conjunto con otros escritores para el libro Entre Beiro y Dauro, de Antonio Joaquín Afán de Ribera, como ya se ha mencionado, de la Cofradía del Avellano, y escritor prolífico, conocido como el “Patriarca de las Letras Granadinas”, en cuyo albayziniero Carmen de las Tres Estrellas asiste con frecuencia López a una fructífera tertulia literaria, que, convertida casi en institución granadina al extenderse su celebración durante casi treinta años, se vino reuniendo cada domingo desde los primeros días de al primavera hasta el comienzo de los primeros y ya inclementes días del invierno, en que quedaba suspendida. A dicha tertulia, de hecho, dedicará un detallado capítulo de su libro El País de los Sueños. Páginas de Granada el citado Rodolfo Gil:

Destinado al descanso fue por Dios el séptimo día de la semana, descansemos en Las Tres Estrellas. Allí no hay presidencias ni cargos que despierten rivalidades ni disgustos en el genus irritabile; allí se disfruta de la plácida tranquilidad el campo, de los suaves efluvios de las flores del jardín y de los goces puros de la imaginación; allí desaparece el rancio formalismo y la estirada coquetería de los actos académicos, para que la sinceridad y la cordialidad franca acojan a todos con afecto fraternal, uniéndolos con el cíngulo de la sencillez y del amor a las letras y a Granada.

Cenáculo de cultura. Nido de amores misteriosos, resto de un antiguo palacio moruno que destruyó la codicia buscadora de los tesoros del rey vencido y fugitivo de Isbilia, Aben Abid: eso es este huerto famoso. En él escribió su novela Martín Gil aquel valiente y admirado poeta […] que se llamó don Manuel Fernández y González, a cuya memoria ilustre la prensa y los literatos granadinos han rendido tributo recientemente, colocando con toda solemnidad en su honor una lápida sobre la puerta principal del carmen[11]

Antes de finalizar el año 1898 Nicolás María López publica el que será su más apreciado libro: Tristeza andaluza, que será acogido en el ambiente intelectual granadino como un verdadero acontecimiento. El libro, sin fecha de impresión, llega a sus manos en el día de Nochebuena de 1898, pero no estará distribuido en librerías hasta los primeros días de enero del año siguiente. En él se recogen cuarenta y una estampas o cuadros breves de inspiración claramente modernista, que constituyen meditaciones en prosa poética sobre el ambiente granadino, escritos en un tono entre melancólico y triste. A ellos se suma un prólogo y una nota aclaratoria, en la que el autor pretende disculpar lo que, dice, no son más que “notas, preludios, sinfonías de las primeras emociones desordenadas que llevan con atolondramiento juvenil, al seno de la pasión, donde las almas se moldean”. 

 

“Tristeza andaluza, su más apreciado libro, será acogido en el ambiente intelectual granadino como un verdadero acontecimiento…”. 

La publicación vino acompañada de un precioso cartel anunciador, dibujado por Isidoro Marín. Con este libro, el autor alcanza su más alta valoración literaria y recibe la atención crítica de escritores como el ya mencionado Rodolfo Gil, R. Varona (en La Revista Moderna, Madrid, 31 de marzo de 1899), Juan Pérez Jorba (en la revista granadina La Alhambra, pocos meses después de publicarse el libro, el 15 de mayo de 1899), el catalán Joan Maragall, su compañero granadino Méndez Vellido, e incluso las secciones bibliográficas (anónimas) de publicaciones periódicas como La Unión Democrática, así como el semanario satírico Gedeón (Madrid) le dedicaron su atención, el primero en el número correspondiente al 25 de marzo de 1899, y el segundo, en el del 5 de abril de 1899. Por otro lado, la obra llegó a trascender las fronteras nacionales, puesto que un hispanista francés como Ephrem Vicent le dedicó un elogioso artículo en el Mercure de France, en el que, además de poner en relación la literatura con las artes plásticas, en una simbiosis tan característica de la consideración modernista, Vicent afirma que “Después de largo tiempo, yo no había leído un libro más fresco, más interesante en la forma y en los detalles. Tristeza andaluza son novelas muy cortas comparables a una acuarela, de un maestro acuarelista, pero de un maestro acuarelista de una escuela todavía ignorada o perdida. Suponiendo que sea de una nueva escuela se podría ilustrar con las obras maestras de Santiago Rusiñol”[12].

El título que Nicolás María López elige para su obra resulta altamente significativo, y se puede poner en relación con una corriente minoritaria, que, vinculada con la renovación literaria del modernismo, intenta huir del tópico manido de la Andalucía perennemente ruidosa y festiva, reivindicando un más profundo y auténtico volkgeist andaluz vinculado con la tragedia y el dolor. En esa línea, conviene recordar una obra como el poemario Alma andaluza (1900)[13], del poeta malagueño José Sánchez Rodríguez, para la que un jovencísimo Juan Ramón Jiménez compondrá su poema “Epilogal”, incluido también en su luego rechazado Ninfeas (1900)[14].

El escritor en las cumbres de Sierra Nevada, ca. 1892. En: Álbum fotográfico de una excursión de miembros del Centro Artístico a Sierra Nevada, ca. 1892. Archivo y Biblioteca de la Casa de los Tiros (Granada).El escritor en las cumbres de Sierra Nevada, ca. 1892. En: Álbum fotográfico de una excursión de miembros del Centro Artístico a Sierra Nevada, ca. 1892. Archivo y Biblioteca de la Casa de los Tiros (Granada).

Juan Ramón manifiesta su rechazo ante las visiones que él considera falsas y superficiales de una Andalucía regocijada y alegre, propugnando en carta de octubre de 1900 al mismo Sánchez Rodríguez la necesidad de profundizar en una tendencia más intimista que ponga de relieve la verdadera naturaleza trágica que alienta en Andalucía[15]

El poeta andaluz eres tú y sólo tú; tú no te has dejado cegar por colorines y músicas celestiales; tú has ido por dentro y has arrancado al alma de Andalucía toda la dulce nostalgia, toda la melancolía de su luz, “la melancolía de su alegría”; tu lira es un harpa de rosas cuajada de lágrimas, sobre un corazón de virgen andaluza; tú llevas en la frente toda la pena, toda la infinita nostalgia, todo el oro de nuestra raza egregia, desterrada del cielo[16]

En la misma línea, que defiende la interiorización de una visión más compleja de Andalucía, frente a una visión simplificadora, externa y colorista basada en tópicos manidos, se muestra también el almeriense Francisco Villaespesa[17], quien escribe el prólogo de Alma andaluza en los siguientes términos, coincidentes en todo con el planteamiento de Juan Ramón: 

Tu libro es un triunfo. Viene a destruir una leyenda fabulosa: la leyenda andaluza de los viajeros y novelistas franceses, de los cromos alemanes y las panderetas inglesas...

No; Andalucía no es el vergel floreciente de la alegría... Es el jardín encantado de las tristezas atávicas[18]

 

“…intenta huir del tópico manido de la Andalucía perennemente ruidosa y festiva…”.

 

Y consecuentemente, en el ya mencionado poema “Epilogal”, Juan Ramón, incide en esta visión más intimista y subjetiva de Andalucía, que parece mostrar connaturalmente un sentimiento doliente y amargo: 

 

…Aún flota en la azul brisa la doliente poesía / que lleva en sus arpegios Alma de Andalucía, / cual un perfume triste de rosas dolorosas, / encarnado en un cáliz de febricientes rosas… / Aún palpita en el pecho el eco lastimero / de una guitarra lánguida… el sollozo postrero / de una copla de amores…, de una copla de pena, / ahogada en una lágrima, igual que una azucena / rebosante de Sangre…, igual que un albo lirio / nadando en el espejo de un lago de Martirio… […] / Atrás queda llorando la triste Andalucía, / cual Visión sollozante de angustiosa Harmonía...[19]

 

De esa “triste Andalucía” que llora, mediante cuya evocación se persigue una intensificación del sentimiento y la autenticidad, guiándonos por las fechas, había sido pionero Nicolás María López con sus escenas impresionistas incluidas en Tristeza andaluza, a finales del año 1898.

Excursión a Sierra Nevada del grupo montañero Diez Amigos Limited. Nicolás María López aparece el segundo por la derecha, apoyado en un bastón. En: Álbum fotográfico de una excursión de miembros del Centro Artístico a Sierra Nevada, ca. 1892. Archivo y Biblioteca de la Casa de los Tiros (Granada).Excursión a Sierra Nevada del grupo montañero Diez Amigos Limited. Nicolás María López aparece el segundo por la derecha, apoyado en un bastón. En: Álbum fotográfico de una excursión de miembros del Centro Artístico a Sierra Nevada, ca. 1892. Archivo y Biblioteca de la Casa de los Tiros (Granada).

En el año final de la década, el escritor publicará En Sierra Nevada (1900), “que es la narración, a modo de crónica, de la excursión que un grupo de amigos Diez Amigos Limited, realiza a la Sierra. Se trata de un volumen extremadamente interesante, lleno de curiosas experiencias y peripecias, narrado en un tono de fina ironía y con la minuciosidad de un fino observador enamorado de la montaña, telón de fondo del paisaje granadino”[20]. Junto a las profusas descripciones de la naturaleza y la evocación higienista de la vida al aire libre –en boga por esos años-, no puede sustraerse su autor al influjo de lo literario, presente incluso en las altas cumbres de la Sierra. Así, recuerda la lectura de un autor prototípico del decadentismo: 

Alguien llevó allí una novela francesa de un célebre autor modernista. La neurosis literaria vibraba en las páginas de aquella obra: una vida artificiosa, exaltada, con ideas y sensaciones profundas, pero inquietas, mortificantes y tristes, como todo lo anormal y extremado. Aquel arte refinado y doloroso era la antítesis humana de la naturaleza, saludable, espontánea, salvaje y luminosa que nos rodeaba[21]

 

“…son novelas muy cortas comparables a una acuarela, de un maestro acuarelista, pero de un maestro acuarelista de una escuela todavía ignorada o perdida”.

 

Mientras prosigue su carrera literaria, Nicolás María López no ceja en su empeño de mejorar su posición profesional, presentándose con obstinación a numerosas oposiciones; y así finalmente, en mayo de 1903, consiguió ser nombrado notario de Granada, tras aprobar las pertinentes pruebas. Pocos meses después, contraerá matrimonio en segundas nupcias, con lo que su vida se verá doblemente encauzada con una nueva seguridad profesional y sentimental. Su esposa, Pilar Díaz de la Guardia, proporcionará al escritor la estabilidad emocional y la tranquilidad doméstica de la que carecía desde que quedó viudo, y le proporcionará, además, una numerosísima familia, sumando once hijos a los dos que ya tenía de su primer matrimonio.

A finales de 1915, el escritor adquiere un precioso carmen en el barrio del Albayzín, con objeto de alojar cómodamente a su creciente familia. La vivienda será bautizada como “Carmen de los Cipreses” y allí transcurrirá plácidamente su vida hasta sus últimos días, preocupado casi únicamente de las sucesivas obras de acondicionamiento de la casa. En esta etapa, Nicolás María López es ya un autor consagrado cuyo nombre resuena en los oídos de los jóvenes que empiezan, pero cuya literatura pertenece a un momento pasado. Así lo recuerdan, por ejemplo, escritores noveles como José Mora Guarnido y Constantino Ruiz Carnero en su obra El Libro de Granada. Los hombres (1915): 

Cuando nosotros, recién salidos de la escuela comenzábamos a leer periódicos, veíamos alguna que otra vez la firma de D. Nicolás María López al pie de unas prosas muy sentimentales, muy pulcras, muy granadinas. A nosotros placíamos leer esas prosas, aunque no decían nada, porque producían una leve emoción espiritual. Hablaban del cielo, de la luz, del paisaje, de los jardines. Era a veces ingenuas y lindas historias de amores románticos[22]

Precisamente hasta ese año de 1915, fecha de la publicación de Mora Guarnido y Ruiz Carnero, no se había atrevido Nicolás María López a hablar en público sobre su amigo Ángel Ganivet, fallecido hacía ya diecisiete años, y sobre cuya muerte había guardado un respetuoso silencio. Sin embargo, ahora, en una velada celebrada el 24 de enero en el Centro Artístico granadino, el escritor leerá un trabajo sobre sus recuerdos comunes titulado “Ganivet íntimo”. Para entonces, ha perdido también ya a su buen amigo de la infancia Gabriel Ruiz de Almodóvar, y en 1923 fallecerá el otro de sus compañeros de la Cofradía del Avellano colaboradores en el Libro de Granada 1899, Matías Méndez Vellido. Sólo él queda vivo de ese grupo de cuatro escritores, y mantiene su quehacer literario a pesar de achaques y enfermedades. Con motivo del traslado a Granada en marzo de 1925 de los restos mortales de Ganivet, se publicará en el diario ABC un artículo en el cual se le denomina “íntimo y último superviviente de la famosa Cofradía del Avellano”[23].

Ese mismo año, el escritor realiza el que será su último viaje, que tendrá como destino Roma, ciudad que visita acompañado de su hija María. Las impresiones de estos días, así como las de otros muchos viajes realizados a lo largo de su vida se plasmarán con carácter impresionista[24]en su libro Viajes románticos de Antón del Sauce (Granada, 1932), en cuyo título utiliza el seudónimo literario que había usado entre los componentes de la Cofradía del Avellano y con el que Ángel Ganivet se había referido a él en sus obras.

Durante esta última década de su vida, la presencia de Nicolás María López en la prensa de la capital granadina será continua, además de participar en su vida cultural a través, por ejemplo, del Centro Artístico, así como de diversas tertulias literarias. Colabora también en el periódico Renovación, que, impulsado por Antonio Gallego Burín, trataba de propiciar un resurgimiento de los valores regionales autóctonos, conjugados con la apertura hacia otras realidades regionales de España.

En enero de 1936 publicará su epistolario con Ganivet, bajo el título de La Cofradía del Avellano. Cartas íntimas de Ángel Ganivet. Y once meses después fallecerá, nunca repuesto del brutal impacto que supuso para él el inicio de la Guerra Civil. El fin de su vida estará, pues, marcado, por el signo de la tragedia, de la sinrazón de una guerra en la que pierde brutalmente asesinados a sus amigos más jóvenes, como Federico García Lorca y Constantino Ruiz Carnero. En los tumultos que tienen lugar en el Albayzín durante la contienda armada, el escritor llega incluso a sufrir un asalto en su domicilio del Carmen de los Cipreses, pocos días después de declararse el alzamiento militar. Trastornado y deprimido, sin capacidad para reaccionar ante una situación que se ve incapaz de asimilar y con una edad avanzada (pues cuenta más de setenta años), Nicolás María López languidece hasta su fallecimiento, acaecido el día 9 de diciembre de ese año 1936.

De su defunción se hace eco la prensa local, que publica numerosas necrológicas, entre las que destaca la sentida semblanza firmada por el ya mencionado Antonio Gallego Burín: 

Recordadlo. Fino, recto, delgado, con su paso menudo, como si al andar quisiera ir triturando el Tiempo, su gran enemigo. Contra el tiempo, todo. El Tiempo no podía con él. Sólo la muerte, la gran cortadora de todos los hilos, le ha podido rendir, quebrar su resistencia y obligarle a morir. Así se deslizaba él sobre la Vida como en un sueño, y perdida en el aire su mirada vaga e imprecisa, sombreada por una luz interior que iluminaba su rostro fino, atildado, de perfil agudo, rostro de viejo caballero, que sin anacronismo, podía emerger de la gorguera del hidalgo o de la chorrera de encaje del romántico. Palabra lenta, como su vida; ademán suave, como su actitud ante ella. Ni precipitaciones ni arrebatos. Siempre ese deslizarse, en una continua contemplación, como buscando en los aires la idea que deseaba recoger…[25] 

A su muerte, dejará inédito un libro, El veneno de la Alhambra (Elegías de Antón del Sauce), que tardaría aún muchos años en ver la luz, puesto que no se publicó hasta 1971. Según su hijo, Nicolás María López de la Guardia, se trata de una colección de “cuadros breves de sencillísima textura, pero con delicado equilibrio de anécdota y poesía, no muy distantes en sentido e intención de las elegías de otro amigo, el andaluz universal que nació en Moguer”[26].

También inédita, situación en la que permanece hasta la fecha, quedó su obra autobiográfica Apuntes de mi vida, en la que repasa lo que ha sido su trayectoria, poniendo especial énfasis en los recuerdos de su infancia y juventud. El manuscrito se conserva sin fechar, por lo que se desconoce el momento exacto de su redacción.

 


 

[1] GIL, Rodolfo, El País de los Sueños. Páginas de Granada, Granada, Tip. Lit. Paulino V. Traveset, 1901. Existe edición facsímil actual: Granada, Ediciones Albaida, 1992. 

[2] Ibidem, p. 11. 

[3] LÓPEZ, Nicolás María, El veneno de la Alhambra, Granada, Imp. Luis F. Píñar Rochar, 1971, p. 63. 

[4] GIL, Rodolfo, El País de los Sueños, p. 11. 

[5] MADOZ, Pascual, Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ultramar: Granada, estudio introductorio de Joaquín Bosque Maurel, edición facsímil, Valladolid, Ámbito / Editoriales Andaluzas Unidas, 1987, p. 171. 

[6] Ibidem, p. 171. 

[7] Ibidem, p. 134. 

[8] ESCRIBANO PUEO, María Luz, Nicolás María López “Antón del Sauce”. Vida y obra, Granada, Universidad de Granada, 1996, p. 19. 

[9] FERNÁNDEZ ALMAGRO, Melchor, “Prólogo”, en GANIVET, Ángel, Obras completas, Madrid, Aguilar, 1943. Apud VIÑES MILLET, Cristina, La Granada de Melchor Fernández Almagro, Granada, Universidad de Granada, 1992, p. 282. 

[10] LÓPEZ, Nicolás María, “Carta de un colegial”, en GANIVET, Ángel, RUIZ DE ALMODÓVAR, Gabriel, MÉNDEZ VELLIDO, Matías y LÓPEZ, Nicolás María, Libro de Granada 1899, ed. facsímil, Granada, Comares, 1987, pp. 136-137. 

[11] GIL, Rodolfo, El País de los Sueños. Páginas de Granada, pp. 156-157. 

[12] Apud LÓPEZ DÍAZ DE LA GUARDIA, Nicolás María, “Epílogo”, en LÓPEZ, Nicolás María, Tristeza andaluza, ed. facsímil, Granada, Comares, 1988, p. XXX. 

[13] SÁNCHEZ RODRÍGUEZ, José, Alma andaluza, prólogo de Francisco Villaespesa, Madrid, Lib. de Fernando Fe, 1900. Existe una edición actual de dicha obra, con los siguientes datos: SÁNCHEZ RODRÍGUEZ, José, Alma andaluza (Poesías completas), estudio preliminar por Richard A. Cardwell, ed., introducción biografía y bibliografía por Antonio Sánchez Trigueros, Granada, Universidad de Granada, 1996. 

[14] JIMÉNEZ, Juan R., Ninfeas, “Atrio” de Rubén Darío, Colección Lux, Madrid, Tip. Moderna, 1900. 

[15]. Enrique Baltanás constata y explica la coexistencia de ambos tópicos contrapuestos en el capítulo “La Andalucía honda y la Andalucía superficial: Tristes y alegres” de su libro La materia de Andalucía. El ciclo andaluz en las letras de los siglos XIX y XX, Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2003, pp. 209-213. Cf. así mismo MARTÍN INFANTE, Antonio, “Génesis de un tópico del modernismo español: “la tristeza andaluza”, Nueva Revista de Filología Hispánica, 55, nº 2, 2007, pp. 459-470. 

[16]. SÁNCHEZ TRIGUEROS, Antonio, Cartas de Juan Ramón Jiménez al poeta malagueño José Sánchez Rodríguez. Relaciones literarias entre dos jóvenes poetas, Granada, Don Quijote, 1984, p. 53. 

[17] Precisamente Villaespesa publicará, unos años más tarde, un poemario titulado Tristitiae rerum (1906), es decir, “la tristeza de las cosas”. 

[18]. VILLAESPESA, Francisco, “Carta-prólogo”, en SÁNCHEZ RODRÍGUEZ, José, Alma andaluza (Poesías completas), p. 95. 

[19]. JIMÉNEZ, Juan Ramón, “Epilogal”, Ninfeas (1900), Primeros libros de poesía de Juan Ramón Jiménez, recopilación y prólogo de Francisco Garfias, Madrid, Aguilar, 1959, pp. 1501-1502. 

[20] ESCRIBANO PUEO, María Luz, Nicolás María López “Antón del Sauce”. Vida y obra, p. 50. 

[21] LÓPEZ, Nicolás María, En Sierra Nevada (1900), ed. facsímil, Granada, Caja General de Ahorros de Granada, 1992, p. 146. 

[22] RUIZ CARNERO, Constantino y MORA GUARNIDO, José, El Libro de Granada. Los hombres, Granada, Imp. Ventura Traveset, 1915, p. 45. 

[23] Apud ESCRIBANO PUEO, María Luz, Nicolás María López “Antón del Sauce”. Vida y obra, p. 64. 

[24] No se puede olvidar que ya Ángel Ganivet, en su novela Los trabajos del infatigable creador Pío Cid (1898), escribió que Antón del Sauce era la “cabeza visible del impresionismo granadino, y, como quien dice, la mayor autoridad literaria de Granada, pues en esta ilustre ciudad sólo se vive de impresiones” (GANIVET, Ángel, Los trabajos del infatigable creador Pío Cid, Madrid, Cátedra, 1983, p. 276). 

[25] GALLEGO BURÍN, Antonio, “Nicolás María López”, Ideal (Granada), 11 de diciembre de 1936. 

[26] LÓPEZ DÍAZ DE LA GUARDIA, Nicolás María, “Epílogo”, p. XX. 

 

©2010 JUNTA DE ANDALUCÍA, Consejería de Cultura.
Condiciones de uso | Aviso legal | Mapa Web
Biblioteca Virtual de Andalucía - bibliotecavirtual@juntadeandalucia.es
c/ Profesor Sainz Cantero, 6 18002 Granada - Tlf: 958026934 y 958026943 - Fax: 958026937