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El Viaje
y la memoria

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Viaje 1º. Preámbulo al viaje

Viaje 1º. Preámbulo al viaje

por María Antonia López-Burgos del Barrio

Podemos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que el ser humano siempre ha sentido la necesidad de viajar, y podemos afirmar también que siempre ha sentido la necesidad de dejar constancia de haber realizado el viaje. Cuando estas dos premisas se unen, aparece lo que denominamos literatura de viajes, género literario que ha existido a lo largo de la historia aunque se deban matizar algunos aspectos del mismo.

Nos podríamos remontar a obras como La Odisea, El Viaje de los argonautas o a tantas otras donde tendríamos libros cuyo hilo argumental es la narración de los viajes de sus protagonistas, y así, sin entrar en demasiadas disquisiciones, podemos hacer otra afirmación: a lo largo de la historia de la humanidad, en todas las épocas, en todos los países, en todas las culturas, se han escrito relatos de viajes reales o ficticios, imaginativos o descriptivos, poéticos, fantásticos, novelados, introspectivos, pero no todos tienen necesariamente que incluirse bajo el epígrafe genérico de Literatura de viajes. Tampoco deben incluirse de forma intuitiva muchas de las obras en cuyo título aparecen las palabras viaje o exploración, como por ejemplo Las Aventuras de Pio Cid de Ángel Ganivet, Los Viajes de Gulliver de Jonathan Swift, Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne…, estoy segura de que vienen a nuestra mente infinidad de títulos que llevan implícita la idea del viaje, o de la aventura, y la exploración. En otras muchas obras el viaje es un componente importante en la narración, aunque título y temática se alejen completamente de lo que entendemos por un libro de viajes. Sería el caso de Lolita de Vladimir Navokov o incluso de El Quijote

Imagen de un campesino andaluz en 1836Cuando hablamos de Literatura de viajes o de libros de viajes, y los que nos dedicamos a investigarla lo sabemos muy bien, tenemos que establecer unos límites y, aunque a veces estos se difuminen, e incluso nos puedan inducir a error, hay dos elementos claros que hacen que podamos incluir o no ciertas obras bajo ambos epígrafes. 

En primer lugar, el viaje tiene que ser real y descriptivo y, en segundo lugar, el propio viajero debe ser el autor y a la vez el protagonista de la obra que va escribiendo. Podríamos decir que es un diario al que se hubiera despojado de toda carga intimista y de toda la introspección que los caracteriza, un diario escrito para que otros lean todo lo exterior que rodea, en todo momento, al protagonista y donde los aspectos triviales y cotidianos adquieren categoría literaria, sin que se pretenda en absoluto que asome algo del interior o del alma del viajero, alejándose de este modo de lo que hoy se denomina literatura del “yo”. 

  

“No contaban con que sus obras se difundiesen mucho ni con que las leyesen los autóctonos del país que van describiendo; eso les hacía narrar como el que lo hace de incógnito, de ahí el valor sociológico de esas obras”.

 

En el libro de viajes el autor no tiene que imaginar un argumento o unos personajes a los que dar vida y de cuyos comportamientos sea o se sienta responsable, no tiene que mover más hilos que los que suponen escoger el itinerario y la duración de sus estancias en los distintos lugares que visita. Al decidir lo que describe y lo que no, el autor actúa como filtro de la realidad, pero él no realiza ninguna tarea creativa, es más, ni siquiera se le pide que se preocupe demasiado por aspectos estilísticos o formales, e incluso a algunos se les perdona que sean pésimos escritores. Y, puestos a perdonar, también se les concede licencia o, en la mayoría de los casos, ellos se la toman sin ningún miramiento para copiar tratados de historia y arte y ofrecerlos como parte de sus narraciones. Actuaron, sobre todo los viajeros extranjeros, protegidos por la distancia entre el país que se describe y el país donde se publican los relatos de sus aventuras, porque muchos escritores de libros de viajes, en particular los de épocas pretéritas, no contaban con que sus obras se difundiesen mucho ni con que las leyesen los autóctonos del país que van describiendo. Eso les hacía narrar como el que lo hace de incógnito, hecho este en el que radica el valor de algunos de estos libros como documentos sociológicos. 

Imagen de una vista de La Alameda de Cádiz en 1866 

* * *

Los ingleses, pioneros en tantos aspectos relacionados con la educación, también lo fueron en lo que a viajes se refiere. Con objeto de proporcionar una buena formación a jóvenes de familias adineradas, como colofón a su educación idearon lo que con posterioridad se denominó el Grand Tour, viaje iniciático que solía incluir los países más desarrollados de Europa, es decir, Francia, Suiza, Alemania e Italia, incluso algunos, con más tiempo, se permitían el lujo de visitar Austria. 

Acompañados por su tutor, aprendían alemán y francés y perfeccionaban su conocimiento de latín y griego. En Alemania estudiaban leyes y aprendían a bailar y a moverse con gracia por los salones de la corte para pasar luego a Italia, donde, aparte de visitar museos y monumentos arquitectónicos, continuaban su aprendizaje en todo lo referente a relaciones sociales. En poco tiempo podían moverse con soltura en sociedad. Esta se suponía que era la buena educación que tendría que tener un futuro político o cualquier persona que se considerase culto. 

España, marginada del Grand Tour, mantenía su imagen de país pobre y sin ningún interés. Sus gentes se consideraban supersticiosas y sumidas en la más profunda ignorancia. De todos era conocido que el viaje por España era difícil, los caminos eran malos y estaban infestados de bandoleros, la comida, si es que se conseguía, era poco apetecible y las ventas y posadas no eran mejores. 

 

“Los ingleses, pioneros en tantos aspectos relacionados con la educación, también lo fueron en lo que a viajes se refiere”.

 

Con el paso de los años, sin embargo, España comienza a tenerse en cuenta a la hora de proyectar un viaje. Durante el siglo XIX se convierte en un importante foco de atracción para las miradas y mentes aventureras de toda Europa que recorren nuestro país, se deleitan con nuestras costumbres o las hacen objeto de sus más encarnizadas críticas, enjuician todo lo que ven o medio ven, todo lo que oyen o medio oyen y todo lo que entienden o medio entienden. 

Si viajar por España se puso de moda a comienzos del siglo XIX, fue sin lugar a dudas Andalucía la tierra mágica que la mayoría de los extranjeros deseaba recorrer.

Durante el primer tercio del siglo XIX los viajeros fueron políticos y embajadores con sus familias y séquitos, soldados escritores que tomaron parte en la Guerra de la Independencia al lado de los ejércitos españoles, caballeros adinerados y alguna que otra dama de fortuna que, aunque dedicados gran parte de su vida al dolce far niente en las concurridas playas de la Riviera francesa, emprendieron la aventura española y cambiaron el lujo y esplendor de los hoteles de moda por las chinches y la suciedad en las ventas de los caminos andaluces. Al avanzar el siglo dejaron constancia de su viaje comerciantes enviados por empresas para hacer estudios de mercado, naturalistas que, debido al interés y desarrollo de las ciencias que se evidencia de forma temprana en las Islas Británicas, realizaron estudios de geografía, geología y botánica en diversas zonas de Andalucía. Jóvenes cansados del Grand tour que en su día prefirieron las penalidades del viaje por España a la seguridad, extremado control y modernos medios de transporte de las rutas europeas.

Cientos fueron los viajeros que recorrieron Andalucía. Estos, además de buscar aventuras, tenían como objetivo dar fe de los tópicos y prejuicios con los que habían abandonado sus respectivos países, tópicos de los que difícilmente lograban despojarse. Todo lo enjuiciaban y, aunque no podemos negar la valía de sus afirmaciones, en muchas ocasiones estas eran pobres y repetitivas. 

Imagen de dos campesinos andaluces en 1860Andalucía ofrecía al viajero todo lo que podía soñar. Aquí buscaba las raíces románticas: se enaltece todo lo árabe, sus vestigios, sus restos arquitectónicos, su cultura; todo lo oriental adquiere un espacio predominante en los relatos de estos viajeros, cuya búsqueda de lo exótico les hace desdeñar, o incluso obviar, otros aspectos de España y su historia si estos no tenían relación con el mundo islámico. También, como apunta Alfonso de Figueroa y Melgar, "buscaban majos, manolas, claustros, navajas, bandidos; muchos se fijaban solamente en orientalismos y gitanerías. Otros, veían, en monumentos y antigüedades, lo que querían ver, se paraban en lo anecdótico... aunque no debemos olvidar que había mocitas en las rejas de las calles andaluzas, navajas, trabucos, trajes cortos, zaragüelles y monteras, capas pardas, maragatos con sus recuas de mulas, bandidos más o menos generosos, majas y chisperos, duelos, raptos, mendigos altivos y harapientos, posadas increíbles, sierras agrestes atravesadas por caminos de herradura, pocos trenes y menos fondas decentes"[1]

El viajero con destino a España en general, y a Andalucía en particular, tenía que ser ágil y decidido. Debía saber cabalgar, nadar, utilizar las armas y comunicarse en español, es decir, tenía que estar preparado para resistir largas y tediosas horas empaquetado, traqueteado y dolorido dentro de las pesadas diligencias que serpenteaban por los caminos; en ocasiones no podía evitar temblar, preso del pánico, al contemplar los desfiladeros, los profundos cortados y oscuros precipicios cuando las mulas de tiro se ponían rebelonas. Estaba obligado a descansar en solitarias ventas, donde se daban cita todo tipo de vagos y malhechores, donde no solía haber nada para comer y donde, en el mejor de los casos, se veía obligado a compartir su habitación con trajinantes y buhoneros. Las fondas y posadas de pueblos y ciudades en muchas ocasiones no eran mejores. Tampoco le era fácil soportar las inclemencias del tiempo, tratar con los muleros, vencer el miedo a los bandoleros, atravesar extensos y solitarios páramos, subir elevadas montañas y acostumbrarse al penetrante olor a ajo, al aceite rancio o al intenso sabor a pimentón de las comidas. 

 

“Todo lo oriental adquiere un espacio predominante en los relatos de estos viajeros cuya búsqueda de lo exótico les hace desdeñar o incluso obviar otros aspectos de España y su historia si estos no tenían relación con el mundo islámico”. 

 

*** 

Hay algo sorprendente en este flujo de viajeros procedentes en su mayoría de los distintos países de Europa: al atravesar los Pirineos o al desembarcar en Gibraltar o en las costas gaditanas, son cientos los que sienten la necesidad de poner en letras de molde el relato de su viaje. 

Una vez de vuelta a sus respectivos países, a muchos de ellos les movió a publicar sus experiencias de viaje un afán de ayudar a futuros viajeros a salvar todos y cada uno de los inconvenientes por los que ellos habían pasado y que habían superado de forma heroica.   

Imagen que destaca a Figaro y Zuleika, un campesino y una gitana, entre varios personajes en 1859

Las editoriales del momento se dieron cuenta de que este género constituía un buen negocio y en número considerable se lanzaron a publicar cualquier relato al que tuviesen acceso, de hecho, muchas ya encargaban el libro al viajero antes de que él o ella, emprendiera su aventura, siendo esta una de las causas principales de que los libros de viaje en su mayoría incluyeran capítulos de lo que se consideraba vendible como podían ser descripciones de la fiesta nacional, los atracos a manos de apuestos y nobles bandoleros, casi siempre más ficticios que verdaderos, los bailes y cantes típicos entre las comunidades gitanas del país, y sobre todo las detalladísimas descripciones de monumentos arquitectónicos, sin olvidar la importancia en estos relatos de los aspectos geográficos de las diferentes zonas por las que transcurría el viaje.

Así pues aparecieron cientos de libros a modo de guías en los que con tratamiento más o menos literario se deban hasta los nombres de las mulas que tiraban de las diligencias, los precios de las comidas, si eran o no ruidosas las habitaciones de esta u otra posada, etc. Otros simplemente publicaron para que sus familiares y amigos pudiesen disfrutar de sus peripecias y aventuras en tierras tan lejanas sin ningún tipo de riesgo y desde la tranquilidad de sus hogares.  

 

“El viajero con destino a Andalucía tenía que estar preparado para resistir largas y tediosas horas empaquetado, traqueteado y dolorido dentro de las pesadas diligencias que serpenteaban por los caminos”.

  

No podemos dejar de considerar lo que nos dice Peter Besas en la introducción a su obra The written Roads to Spain: “Los estantes de muchas bibliotecas y librerías crujen bajo el peso de libros de viajes y guías sobre España. Y cada año este número se va incrementando”. De todos modos, esto no es algo nuevo. Durante la estancia de H. Willis Baxley en España entre los años 1871 y 1874, su amigo George H. Williams, Earl of Baltimor, le escribió en estos términos: “mira y anota tanto como te sea posible de ese país para tus amigos que no podemos estar contigo” y por su parte Horacio H. Hammick, administrador de las propiedades del Duque de Wellington en España y autor de la obra The Duke of Wellington’s Spanish Estate, publicada en 1885 nos dice: “No hay país sobre el cual se escriban anualmente más libros que España”. 

Efectivamente, entre los siglos XVII y XX se escriben infinidad de libros sobre España, pero salvo unos pocos salidos de la pluma de personajes de cierto renombre[2], ya fuera por los cargos políticos que ostentaban, por los puestos que ocupaban en la sociedad de su tiempo o por ser escritores consumados en otros géneros literarios y cuyas obras tenían en cierto modo asegurado el éxito de público y de la crítica, la gran mayoría fueron escritos por viajeros “desconocidos en el terreno literario”, hombres y mujeres que publicaron sus narraciones después de realizada su “aventura española” como obras aisladas, muchos de ellos con la única intención de que fuese para deleite de sus familiares y amigos. Estos viajeros no se contaban entre los escritores consumados cuyas biografías y bibliografías fueron conocidas y difundidas, al contrario, sólo un número muy reducido de escritores de viajes sobre España alcanzaron la fama. El grueso estuvo formado por militares, historiadores, geólogos, botánicos, clérigos, escritores de viaje profesionales, simples viajeros y tantos otros que al pisar España sintieron y aún hoy sienten, la necesidad de dejar constancia de sus experiencias de viaje[3].

 

 

* Ilustración de la cabecera: Gipsy dancers, de Walter Thornbury, 1859 (Detalle)


[1] FIGUEROA Y MELGAR, A.: Viajeros Románticos por España. Madrid, 1971, p. 10.

[2] Sin la más mínima intención de ofrecer una lista exhaustiva, me vienen a la mente personajes tan conocidos como: Sir Richard and Lady Anne Fanshawe; James Howell; Edward Hyde, todos ellos viajaron por la península en el siglo XVII; La condesa D’Aulnoy (aunque sobre su viaje a España hay bastantes dudas, y muchos investigadores han coincidido en afirmar que no lo llegó a realizar). Robert Southey, Giuseppe Baretti, Alexander Jardine, Giacomo Casanova en el siglo XVIII; Lord y Lady Holland, Edmondo D’amicis, Hans Christian Andersen, Benjamin Disraeli, Lord Byron, Washington Irving, Richard Ford, Teophile Gautier; George Sand, Alexandre Dumas, Prosper Merimeé y ya en el siglo XX, Havelock Ellis, John Dos Pasos, Robert Graves, Leonard y Virginia Woolf, Gerald Brenan, Robert Graves, Ernst Heminway o Malcolm Lowry.

[3] En lo que a los viajes se refiere, los motivos primordiales y formas de viajar se han ido modificando al pasar de los años, pero incluso hasta hoy día, el viajero se siente impulsado a dejar constancia de haber realizado el viaje. En épocas pretéritas avanzaba cuadernillo en mano, ya fuese escribiendo o dibujando, hoy hace fotografías de los rincones por lo que va pasando o, mucho más actual, la cámara de vídeo o incluso el teléfono movil con cámara incorporada se convierten en sustitutas ideales y exactas del diario de viaje de épocas pasadas y nos hacen recordar el discutible pero extendido dicho de que “una imagen vale más que mil palabras”. No hace mucho tiempo, cuando las imágenes se lograban sólo a través del dibujo, la pintura y las técnicas de reprografía, como puede ser el grabado, las mil palabras eran necesarias para dar a conocer la realidad de países lejanos, de otras culturas y de otras realidades.

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