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El Viaje
y la memoria

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Viaje 2º. Los primeros viajeros por Andalucía

Viaje 2º. Los primeros viajeros por Andalucía

por María Antonia López-Burgos del Barrio

La primera década del siglo XIX ve estallar la guerra de la Independencia (1808-1812), hecho este que no interrumpe la literatura de viajes en nuestro país. Al contrario, son muchos los escritores que, abandonando el sable, dedicaban el tiempo que les permitía la contienda a contarnos sus aventuras en tierras andaluzas. Son los llamados soldados-escritores. Estos nos ofrecen una literatura muy interesante debido al hecho de que su falta de habilidad narrativa se suplía con una gran veracidad. Son relatos de extenso contenido geográfico, pero muy pobres en descripciones costumbristas o sociales. Algunos militares de alto rango del ejército inglés también nos dejaron su testimonio. Entre otros tenemos a William Jacob, autor de la obra Travels in the South of Spain in Letters Written A.D. 1809-1810, publicada en Londres en 1811. Este viajero, aunque militar, escribe como civil.

 Imagen del Peñón de Gibraltar en 1833

Embarcó en el Saragossa a principios de septiembre de 1809 y llegó a Cádiz en un momento de grave agitación:

“El Capitán (Americano) nos puso al corriente del estado de cosas que estaban ocurriendo en España, algo que, aunque la información provenía de una autoridad extremadamente cuestionable, en aquél momento nos produjo bastante inquietud. Él nos dijo que había habido una batalla entre los dos ejércitos; que los Españoles dispararon sólo una vez y que al instante salieron despavoridos en todas direcciones abandonando las armas, dispersándose por completo y que habían dejado completamente solo al ejército inglés enfrentándose a los franceses, quienes, al ser derrotados se habían retirado hacia Lisboa. Que se esperaba que Bonaparte llegase a Cádiz a los pocos días, donde los habitantes más ricos y todos los británicos estaban completamente ocupados en embarcar sus pertenencias y se estaban preparando para salir de allí.” (p. 5)  

 

“La blancura de las casas, su tamaño y la aparente limpieza, el esplendor de los edificios públicos y las ordenadas y regulares fortificaciones forman todo un espectáculo de lo más sorprendente”.  

 

“[…] Las vistas al entrar en la Bahía de Cádiz ofrecen la mayor variedad de lugares que se puedan imaginar. En un extremo a la izquierda está situado el pueblo de Rota, un poco más allá el castillo de Santa Catalina y el cuidado pueblo de Santa María; mucho más lejos, en las faldas de una elevada montaña se encuentra Medina; más cerca del mar el pueblo de Puerto Real y el arsenal de Carracas y en el extremo derecho la ciudad de Cádiz. Para unirse al esplendor de la escena, esta extensa bahía estaba llena de barcos de distintas naciones que desplegaban sus variados colores entre un bosque de mástiles. La blancura de las casas, su tamaño y la aparente limpieza, el esplendor de los edificios públicos y las ordenadas y regulares fortificaciones forman todo un espectáculo de lo más sorprendente.” (p. 9) 

“[…] Atracamos entre las cuatro y las cinco abriéndonos paso entre un gran número de barcos que hacían bastante difícil que nos pudiéramos aproximar a la costa. La precaución de nuestros amigos que nos habían buscado una casa para alojarnos y que consiguieron que nuestros equipajes pudiesen pasar por la aduana sólo con una leve inspección, nos evitó sentir ese desasosiego que se suele experimentar al llegar a una ciudad extranjera. Justo después de haber atravesado las puertas de la ciudad y de haber podido acostumbrarme un poco al nauseabundo olor a aceite y ajo, me sentí completamente sorprendido ante la extraordinaria escena que se abría ante mis ojos, casi pudiendo imaginar que había sido arrojado desde las nubes en medio de una enorme mascarada. La variedad de vestidos y personajes, la gran multitud, la altura y la limpieza exterior de las casas, con las cortinas echadas y la extrema estrechez de las casas, sobre todo por los balcones salientes con sus barandas pintadas o doradas, todo esto me provocó unos sentimientos que no había experimentado antes en toda mi vida y que no se pueden expresar con palabras.” (p. 9) 

Imagen de la Catedral de Sevilla hacia 1809

El 21 de febrero de 1809 Francis Sacheverell Darwin salió de Málaga rumbo a Granada. El viaje lo hizo a caballo por la ruta de Alhama acompañado por tres muleros robustos de muy mal aspecto: 

“La noche la pasamos bastante bien, pero por la mañana, mientras montábamos los caballos, uno de los hombres ató a las alforjas del caballo de Galton una bolsa de pescado en aceite putrefacto. Galton lo quitó de allí y esto enojó tanto al mulero que éste le arrojó el cuchillo y juró que nos mataría a todos; entonces yo le arrebaté el pescado de la mano y se lo estrellé en la cara, en ese mismo instante el fiel Conrad (el sirviente alemán de Sir William) le presentaba su trabuco con amenazas de muerte, pronto le hizo desarmarse y arrojar el cuchillo. Ese mismo día, a las tres de la tarde llegamos a la Posada del Sol en Granada.  

 

“Justo después de haber atravesado las puertas de la ciudad y de haber podido acostumbrarme un poco al nauseabundo olor a aceite y ajo, me sentí completamente sorprendido ante la extraordinaria escena que se abría ante mis ojos”.

  

Dispuesto a subir hasta las más altas cumbres de Sierra Nevada, Francis Sacheverell Darwin relata su aventura: “Convencí a Mr. Mackinnon para que me acompañase parte del camino, cosa que él hizo. Salimos a las cinco en punto a la mañana siguiente. Para subir a la montaña atravesamos bosques y pedregales. Preparado con una botella de láudano, crampones, un martillo de geólogo y un bastón, dejé a mi amigo y al guía al comenzar la nieve a eso de mediodía, volviéndose ellos a Granada. El objeto de esta excursión era explorar la formación original de la montaña ya que observé cerca de la cumbre una parte de la roca descubierta como un pequeño precipicio. Pasé las primeras tres o cuatro horas subiendo por la nieve, con un sol ardiente sobre mi cabeza, que yo mantenía fresca llevando en la boca un trozo de hielo. Tenía los pies y el cuerpo casi congelados debido a las continuas caídas sobre la nieve, a veces entre 10 y 15 pies donde el suelo era resbaladizo. Luego, la zona helada cada vez se hacía más dura y de vez en cuando el pie se agarraba bien, a veces ambos, hasta casi la quinta hora, cuando era hielo completamente duro. 

Imagen de la portada del libro "Travels in the South of Spain", de William Jacob, 1811Ahora se hizo más empinada y más abrupta. Yo iba subiendo lentamente por una de las crestas de la cadena montañosa, haciendo agujeros para mis pies con el martillo a la distancia de pasos largos entre sí. Si no hubiese sido por el opio que yo tomaba cada diez o quince minutos, podría haber rodado muchas millas hacia abajo por la ladera sobre el hielo a una velocidad espantosa -como daba la impresión- dentro de las entrañas de la tierra o dentro de un valle de eterno invierno. Todavía dispuesto a continuar, seguí hacia adelante al avanzar la noche, puesto que yo sabía que habría luna; pero se nubló y con dificultad pude justo distinguir en mi reloj que eran las nueve cuando alcancé la base del ansiado precipicio de granito.

Aquí a cien pies de la parte más alta de esta cadena montañosa, descansé y tomé más láudano. Ahora comenzaron las horas más horribles que yo hubiese podido imaginar. Por abajo todo permanecía en la más profunda oscuridad y la tormenta hacía estremecerse a las rocas. Por encima había algo de luz de una luna oscurecida. Los relámpagos iluminaban las montañas por todos lados y en distintos lugares los bosques empezaron a arder, añadiendo grandiosidad a la escena. La situación de un individuo a esta altura, y en ese momento es difícil de describir. Los relámpagos me hicieron que permaneciera aquí hasta las dos de la madrugada y al descender, escapé con dificultad a los disparos de algunas guerillas que me encontraron solo y examinaron mi pasaporte -que afortunadamente tenía en el bolsillo.

A las diez de la mañana desayuné con mis amigos en Granada, después de haberme bajado un trozo de granito y una botella de láudano[1] vacía.

El 4 de marzo salimos de Granada y dormimos esa noche en Loja ya que deseábamos volver por una ruta distinta. Era necesario parar la noche siguiente en Antequera. Aquí Galton y Mr. Mackinnon, que habían salido del pueblo a dar un corto paseo, fueron atrapados y volvieron como prisioneros pero al poco tiempo fueron liberados. Al día siguiente llegamos sanos y salvos a Málaga, donde después de dos días, Mr. Temple, el escritor, también se unió al grupo. El Lugarteniente Blacquiere, que comandaba una fragata inglesa, cortésmente nos ofreció a todos nosotros un pasaje a Gibraltar.”

En 1805 viajó por España Robert Semple, hombre dedicado a la actividad comercial.  Fruto de este viaje publicó a su vuelta: Observations on a Journey Througth Spain and Italy to Naples, and Thence to Smyrna and Constantinople, 1805. Unos años más tarde, a finales de febrero de 1809, embarcó en Falmouth rumbo a Lisboa y Cádiz con objeto de conocer de primera mano los acontecimientos que estaban teniendo lugar en España y que afectarían al comercio con las Colonias. En este segundo viaje recorrió Sevilla, Córdoba y Granada, lo que plasmó en un diario que publicó en 1809 en Londres bajo el título de A Second Journey in Spain of 1809. En el prólogo dice que no intenta, y que nunca intentaría, ser minucioso en cuanto a medidas de columnas y torres o catalogación exacta de cuadros o estatuas, aunque pide al lector que no le haga una injusticia pensando que no le interesan la pintura, la escultura o la arquitectura. 

Imagen de la Iglesia El Calvario en Jerez (Cádiz), hacia 1809

Al final de la mañana, el 26 de febrero salió de Córdoba junto a su guía con la intención de visitar Granada:

“En lugar de cruzar el Guadalquivir por el puente, fuimos subiendo hasta todo lo alto de la ciudad donde las riberas estaban agradablemente bordeadas de árboles y atravesamos el río en una barcaza. Al otro lado, la carretera comenzaba inmediatamente a ascender y durante casi dos leguas iba atravesando una zona de extensas colinas salpicadas por maizales. Al mirar hacia atrás, Córdoba aparecía mucho más interesante que cuando se contemplaba desde cualquier otro punto desde los que la había visto. Se veía más cerca y más compacta; sus iglesias, casas, murallas y torres aparecían más entremezcladas y desde estas alturas nosotros contemplábamos la ciudad como si estuviese asentada en lo más profundo de un valle protegida por montañas y junto a un noble río. […] A tres leguas de Córdoba llegamos al Cortijo del Genovés, una miserable casucha un poco apartada del camino donde había unos establos donde nos proporcionaron unos caballos bastante corrientuchos. 

  

“Aquí a cien pies de la parte más alta de esta cadena montañosa comenzaron las horas más horribles que yo hubiese podido imaginar: por abajo todo permanecía en la más profunda oscuridad y la tormenta hacía estremecerse a las rocas”.

 

Atravesando extensos trigales llegaron a Castro. Era domingo por lo que la gente estaba arremolinada delante de la iglesia. Robert Semple se vio acosado por infinidad de preguntas a las que él fue contestando sin reserva. Entre otras cosas les reveló algo que ellos no sabían: que las tropas inglesas habían embarcado rumbo a España y que los gallegos habían actuado de forma hostil contra los soldados ingleses y que habían cedido La Coruña y Ferrol a los franceses. Cuando supieron esto, dice, expresaron un gran pesar y cuando terminó de hablar hubo un grito general de ‘Malditos sean los gallegos’. 

Al abandonar Castro, no habíamos avanzado mucho cuando vimos muchos grupos de personas que se nos estaban acercando y que de algún modo parecía que cubrían toda una llanura. Al principio pensé que se trataba de habitantes de Castro que habían salido a pasar el domingo en los campos, pero cuando se fueron acercando pude comprobar que sólo eran hombres, muy jóvenes, la mayoría procedentes de Baena, donde habían sido llamados a filas. Esto estuvo provocado por un reciente decreto de La Junta que había recurrido a esta zona en busca de soldados, llevándose con muy pocas excepciones, a cualquiera que pudiera sostener un arma.” (p. 133 y ss.)    

Imagen de un convento de los cartujos hacia 1809

También en 1809 viajó por Andalucía Sir John Carr. Escritor de libros de viaje, entre otras obras es autor de Descriptive Travels in the Southern and Eastern Parts of Spain and the Balearic Isles (Majorca and Minorca) in the Year 1809 (Londres, 1811).  Sir John Carr llegó por mar a Cádiz procedente de Inglaterra. Desde Cádiz, pasando por Jerez, viajó a Sevilla: 

“En Cádiz habíamos oído decir mucho que este camino estaba lleno de bandoleros, pero sólo vimos uno que luego resultó que era un contrabandista que cabalgaba en un magnífico corcel andaluz; su montura árabe alta por delante y en la parte de atrás estaba cubierta como es lo usual por una piel de oveja y a uno de los lados llevaba colgado su mosquetón. Su rostro y sus modales eran expresivos y autoritarios y su chaquetilla estaba bellamente bordada con encajes dorados.” (p.78) 

“[…] Cuando entramos en Jerez, a una distancia del Puerto de unas diez millas inglesas, o dos leguas y media españolas, nos encontramos con un rosario, una gran procesión española iluminada por un gran número de velas y animada por cánticos y fuegos artificiales. Nuestro calesero nos llevó a una fonda donde después de un ligero refrigerio que sólo el hambre podía hacer que resultara agradable al paladar, nos fuimos a la cama, o mejor dicho a un enjambre de pulgas.” (p.69) 

  

“Al mirar hacia atrás, Córdoba aparecía mucho más interesante que cuando se contemplaba desde cualquier otro punto desde los que la había visto: se veía más cerca y más compacta”.

 

Al llegar a Sevilla los detuvieron en la aduana para comprobar sus datos personales y para examinar sus equipajes: 

“Cuando les dijimos que éramos ingleses, los oficiales respondieron: ‘Adelante, es suficiente con su palabra’ y concluyeron su trabajo poniendo la mano disimuladamente para que les diéramos una propina. 

 Imagen de la Bahía de Gibraltar en 1829

Como hay un dicho español que reza así: ‘Quién no ha visto Sevilla no ha visto maravilla’, expresión, que dicho sea de paso también se le atribuye a otras muchas ciudades, y además como era la sede del Gobierno, y tenía fama de ser una ciudad con bastantes más atributos y estar mejor situada que Madrid para ser la capital de España, entramos por sus calles con unas expectativas bastante optimistas sin olvidar que estábamos rendidos y hambrientos. 

Teniendo en mente el proverbial panegírico al que me acabo de referir, la primera cosa maravillosa que experimentamos en esta maravillosa ciudad fue que, después de estar atravesando un gran número de callejuelas miserables buscando un lugar donde reposar nuestros doloridos huesos hasta que estábamos a punto de perder la paciencia, por fin y no sin gran dificultad, fuimos admitidos en la Fonda del Sol. Había otra posada, pero esta era la mejor, aunque la peor y más vil taberna en Inglaterra habría sido infinitamente preferible a esta fonda. Sin embargo, la habitación en la que tendríamos que comer y dormir, como es usual, era grande y fresca y como indemnización por la ausencia de parte de las losetas del suelo y por el montón de mezcla que había en una esquina, teníamos dos pequeños espejos con marcos dorados colgados a eso de unos catorce pies del suelo.  

 

“El calor era insoportable y de alguna forma justificaba el dicho español de que ‘Sevilla y el infierno están sólo divididos por una hoja de papel’”. 

 

Después de un buen reposo y un excelente desayuno español compuesto de chocolate, pan y un vaso de agua helada, nos dispusimos a visitar esta maravilla. Dos pobres mendigos harapientos que se dirigían el uno al otro como Señor y Caballero se nos acercaron y nos estuvieron importunando con la cantinela de ’Vivan los ingleses y muera Napoleón’ por supuesto, nuestra generosidad no desmereció dicho saludo. El calor era insoportable y de alguna forma justificaba el dicho español de que ‘Sevilla y el infierno están sólo divididos por una hoja de papel’. Son pues necesarios zapatos de suela gruesa. La ciudad se extiende en una gran llanura; el Guadalquivir, el antiguo Betis, corre por sus murallas y riega las orillas de la Alameda, un delicioso y frecuentado paseo plantado de jóvenes olmos.” (p.80)  

De estos primeros años del siglo XIX sólo tenemos el relato de una dama: Elizabeth Lady Holland, quien viajó por España en dos ocasiones. La primera vez entre 1802 y 1805, después entre 1809 y 1810. Esta dama de alcurnia viajaba con su esposo, Lord Holland, mecenas literario, y con sus hijos y un pequeño séquito. En 1910 uno de sus descendientes, el Earl of Ilchester, publicó la parte del diario que recogía su viaje por España: The Spanish Journal of Elizabeth, Lady Holland, Edited by….  El matrimonio fue admitido en las tertulias de los liberales y siempre dispuso de invitaciones para visitar a las mejores familias, para asistir a las mejores fiestas y para el mejor palco en todas las representaciones teatrales. Entraron en Andalucía por el norte de la provincia de Almería y luego, desde Granada, viajaron a Cádiz, Sevilla, y Córdoba, para continuar viaje rumbo a Madrid. 

 Imagen de un mapa de España y Portugal que muestra el itinerario del viaje de Lady Holland en 1811

El 25 de abril de 1803 Lady Holland escribe: 

“Al acercarnos a Andalucía empezamos a ver burros y caballos utilizados para carga y arrastre, aunque en ha huerta de Vélez, utilizaban bueyes. El campo estaba bien cultivado, la carretera era excelente, ancha y bien trazada. Aproximadamente a una legua de Chirivel entramos en un barranco, bastante desierto salvo en varios puntos. La posada, aunque nos habían dicho que era horrible, la encontramos bastante decente. De hecho hasta ahora las dificultades habían sido exageradas en grado sumo, tanto en lo que respecta a los caminos como en el alojamiento. Las posadas están regentadas principalmente por franceses o gitanos ya que las gentes de este país (sobre todo al acercarnos a Andalucía) ven la hostelería como una ocupación degradante.” (p. 46) 

Sirvan estas brevísimas pinceladas para que el lector que se acerca por primera vez a un relato de viajes pueda comprobar que estos relatos son una fuente inagotable de testimonios de gran valor documental para investigadores de disciplinas diversas.

 

 

* Ilustración de la cabecera: Castille of Ximena, and distant view of Gibraltar, de Captain C. Rochfort Scott, 1838 (Detalle)


[1] En el texto aparece la siguiente nota: Este uso del láudano como estimulante es digno de mención. Para uno de los hijos del escritor resultó fatal. F.D.S.D.

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