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El Viaje
y la memoria

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Viaje 4º. De Andújar a Granada (I)

Viaje 4º. De Andújar a Granada (I)

por María Antonia López-Burgos del Barrio

Los viajeros extranjeros de épocas pretéritas, como concienzudos notarios, van levantando acta de todo cuanto ven o medio ven, entienden o medio entienden, lo que sienten, lo que huelen o incluso lo que saborean. Viajeros que escribieron para lectores ávidos de otros mundos y que han contribuido a que España y todo lo español y, por ende, toda Andalucía y lo andaluz se conociera fuera de nuestras fronteras.

Viajar por España en la mente de muchos de ellos era viajar por Andalucía. Cuando durante las primeras décadas del siglo XIX procedentes de tierras castellanas los viajeros se iban acercando a Despeñaperros y a la zona norte de la provincia de Jaén, y conocedores de historias de atracos y asesinatos que los venteros y trajinantes de los caminos se habían encargado de contarles, no necesitan mucho para imaginarse en manos de alguno de los sanguinarios bandoleros que durante tales épocas infestaron y fueron el azote de esas sierras. 

Así pues, no es de extrañar que dando rienda suelta a su imaginación, el asustado espíritu del enfervorecido viajero viera en cada uno de los arrieros y muleros con los que se cruzaba, un malhechor de fiera mirada y faca en la mano que lo desvalijaría y lo llevaría a las montañas como rehén o que incluso lo mataría en cualquier recodo del camino. 

Imagen del paso por Puerto de Arenas, de una ruta de Granada a Jaén, 1859-1862La romántica pluma del escritor, ávida de aventuras para llenar las páginas de sus diarios y ni que decir tiene, para sorprender a sus amigos y familiares o a futuros lectores, convierte al mayoral en elegante y atractivo majo y al campesino en noble y caballeresco bandolero cuya profunda mirada de azabache, caireles y sombrero catite le traen a la mente la imagen literaria del Botija, el Tempranillo, el Polinario o los “Siete Niños de Écija” que relatos escritos por anteriores viajeros habían hecho célebres, tanto para bien como para mal, más allá de nuestras fronteras.   

Pero no siempre eran asaltadores los que les provocaban el terror. El viajero, traqueteado, magullado, empaquetado y dolorido soporta el hedor de viejas y pesadas diligencias viendo como el vehículo, con su tiro de ocho mulas, corría el riesgo de caer al vacío en cada una de las curvas de los zigzagueantes caminos, cuando al galope, estas se ponían rebelonas. Otros avanzaban sigilosos por entre los peñascos cabalgando con o sin escolta, por estrechas y escarpadas veredas con precipicios y barrancos que les dejaban sin respiración mientras el guía disfrutaba asustando al indefenso viajero, con macabros detalles de cruces delatoras de asesinatos y accidentes. 

Pero una vez atravesado el temible desfiladero de Despeñaperros el pánico, expresado o no, deja paso a otros pensamientos y es la heroica gesta de la batalla de Bailén lo que ocupa la mente del viajero quien con mayor o menor fidelidad histórica va rememorando los acontecimientos que cambiaron el rumbo de la contienda.   

Una vez en Bailén, parada y fonda, el viajero que se dirige a la vecina Córdoba continuaba camino por Andújar, avanzando acompañado por olivos centenarios de retorcidos y fantasmagóricos troncos, otros prosiguen viaje a Jaén donde más de uno se pierde entre sus callejas y donde no dejan de visitar la catedral y el castillo de Santa Catalina antes de proseguir camino hasta Granada. 

 

“La romántica pluma del escritor, convierte al mayoral en elegante y atractivo majo y al campesino en noble y caballeresco bandolero”.

 

Al avanzar el siglo XIX contemplamos un cambio bastante significativo en lo que a los relatos de viaje se refiere. Las rutas se van haciendo cada vez más cómodas y seguras a decir de los viajeros que recorren las tierras andaluzas y vemos como tanto el viaje como el trayecto pierden importancia en el conjunto de las narraciones. Los caminos ya no son tan peligrosos como solían serlo o al menos, la presencia de la Guardia Civil en las zonas más solitarias, les hace pensar que el recorrido será bastante más seguro de lo que solía serlo en épocas anteriores. La mejora en las infraestructuras y en las instalaciones hoteleras son factores decisivos que se suman para facilitar a los intrépidos “turistas” sus desplazamientos y sus estancias en las distintas ciudades. 

Toda la provincia de Jaén despierta el interés de los viajeros que atravesaron sus tierras y que supieron admirar las joyas arquitectónicas de ciudades como Úbeda y Baeza. Los hubo que describieron los impresionantes robledales y zonas boscosas de las sierras de Cazorla, Segura y las Villas y quien incluso llegó a introducirse en uno de los pozos del distrito minero de Linares. 

 

***

El Capitán Charles Rochfort Scott permaneció en la Guarnición de Gibraltar ocho años, entre 1822 y 1830. Su obra, Excursions in the Mountains of Ronda and Granada with characteristic sketches of the Inhabitants of the South of Spain[1], Londres 1838, es un compendio de toda una serie de notas que fue tomando en los variados itinerarios que unas veces en acto de servicio, otras por placer, realizó durante su larga estancia en el Peñón sin  precisar la fecha en que tuvieron lugar los incidentes que relata en su narración. De lectura muy amena puesto que el Capitán Scott fue un gran conocedor de las tierras de España así como de las gentes y costumbres del país. Su itinerario es difícil de precisar, aunque en la obra se ofrecen una serie de recorridos refundiciones de los distintos viajes que realizó por el país.

He seleccionado de Excursions in the Mountains of Ronda and Granada with Characteristic Sketches of theInhabitants of the South of Spain, Londres 1838,el texto que recoge su viaje desde Aldea del Río [sic. por Villa del Río] a Andújar. El capitán Scott ofrece una detallada descripción del antiguo emplazamiento de este lugar y del origen de su nombre. Desde Andújar continuaron camino hacia Granada por la carretera de Jaén. En Torredonjimeno se detuvieron para pasar la noche y fue en ese pueblo donde fueron víctimas de un exhaustivo interrogatorio por parte de las autoridades para permitirles llegar hasta la posada. 

Llegaron a Jaén, ciudad que califica de muy interesante, y se refiere al hecho de haber sido mencionada con frecuencia por los historiadores romanos y apunta que su situación es extremadamente pintoresca. Describe el Castillo de Santa Catalina, la Catedral, el Santo Rostro así como el Parador de los Caballeros. Continuaron camino hasta Granada y describen El Castillo de la Guardia y la Venta del Puerto Suelo.

  

“Desde Andújar continuaron camino hacia Granada por la carretera de Jaén. En Torredonjimeno se detuvieron para pasar la noche y fue en ese pueblo donde fueron víctimas de un exhaustivo interrogatorio por parte de las autoridades para permitirles llegar hasta la posada”.

 

Desde Aldea del Río [sic. por Villa del Río] a Andújar hay catorce millas, siendo de cuarenta y tres millas la distancia completa desde Córdoba hasta este lugar. El paisaje es ondulado y está cultivado, si bien el trayecto a caballo es aburrido puesto que en todo el camino sólo hemos encontrado una casa. Andújar se encuentra en la margen derecha del Guadalquivir, río que se cruza por un puente de nueve ojos. Se dice que la ciudad tiene una población de 12.000 almas pero ese número no es más que una exageración manifiesta. Está rodeada por antiguas murallas romanas y defendida por un viejo castillo y es famosa por la fabricación de cerámica. De todos modos no es más que un lugar de aspecto empobrecido y destartalado. 

Para algunos, Andújar se supone que es la Illiturgi –o escrito de otro modo, Illurtigis– de los antiguos historiadores, pero Florez sitúa el emplazamiento de esa ciudad a dos leguas más arriba aunque en la misma margen del Guadalquivir e imagina que Andújar sea Ipasturgi. El emplazamiento de la ciudad ciertamente coincide bastante mal con la descripción de Illurtigis que da Livio, ya que no hay ningún lugar en Andújar que se encuentre “cubierto por una enorme roca”. 

La carretera a Madrid se aleja de las márgenes del Guadalquivir en Andújar y enfila hacia el interior hasta Bailén, y desde allí cruzando Sierra Morena por el desfiladero de Despeña Perros. Después de dedicar unas cuantas horas a explorar las viejas murallas del pueblo, volvimos a cruzar el río y dirigimos nuestros pasos hacia Granada tomando la carretera hacia Jaén. 

Esa tarde continuamos hacia Torre Ximena [sic por Torredonjimeno] a veinte millas de Andújar. El paisaje es muy ondulado y está completamente cultivado. Los lugares que encontramos a lo largo de la carretera están situados en los mapas españoles con muy poca exactitud, ya que, en lugar de aparecer salpicados tanto al este como al oeste del territorio, están situados tan en fila que hacen que parezca que la dirección general de la carretera sea completamente en línea recta. Y, aunque se trata de un camino rural es tolerablemente bueno en general. El primer pueblo al que se llega es Arjona que se dice que es el antiguo Urgao, o Virgao. Es un lugar pobre de unos doce o quince mil habitantes que se encuentra a siete millas del Guadalquivir. 

Cinco millas más allá de Arjona, pero situada a la mitad de distancia de un disparo, alejada de la carretera hacia la derecha, se encuentra el miserable pueblo de Escañuela y tres millas más lejos Villa Don Pardo, otro pueblo igual de mísero. Desde aquí a Torre Ximeno, a cinco millas, la carretera atraviesa una gran llanura pero sólo habíamos hecho la mitad del camino cuando la noche nos sorprendió y al llegar al pueblo encontramos perfectamente cerradas todas las entradas. 

 

“Entonces surgió otra dificultad, la dificultad de despertar al guarda, puesto que los esfuerzos de todas nuestras voces juntas resultaban bastante inadecuados para lograr tal fin”.

 

Después de llevar a cabo varios intentos para que nos dejasen entrar –buscando a tientas nuestro camino de una barricada a otra hasta que casi habíamos recorrido todo el circuito del pueblo– vislumbramos una trémula luz en el campo a cierta distancia, y pensando que provendría de algún cortijo en el que podríamos intentar refugiarnos de una tormenta que se estaba aproximando, o si no alojamiento para pasar la noche, espoleamos nuestros cansados jamelgos hacia ella tan rápidamente como lo abrupto del terreno nos permitía. Resultó ser el rescoldo de un rastrojo, pero un campesino, que se estaba calentando la cena en las ascuas que quedaban nos señaló una vereda que llegaba hasta una de las puertas del pueblo por la que él dijo que probablemente podrían dejarnos entrar.

Siguiendo sus indicaciones, encontramos la entrada sin demasiado problema, pero entonces surgió otra dificultad que resultó ser de naturaleza bastante difícil de superar, concretamente, la dificultad de despertar al guarda, puesto que los esfuerzos de todas nuestras voces juntas resultaban bastante inadecuados para lograr tal fin. Era muy irritante pero irresistiblemente ridículo; y movidos por este sentimiento mezcla de ira y diversión, decidimos intentar ver que efecto surtiría el disparar nuestras pistolas, y así pues, hicimos una descarga al aire.

Una tremenda retahíla de carajos fue la respuesta a nuestras salvas, y soldados, policías y agentes de la aduana así como oficiales sanitarios, salieron atropelladamente desde la garita del guarda y de los edificios colindantes, corriendo sin la menor duda de que el pueblo estaba siendo atacado. Un aduanero con más iniciativa y más valiente que el resto se atrevió a mirar a través de los barrotes de la empalizada y preguntar qué estábamos haciendo; cuando lo supo encarecidamente invitó a los urbanos a que se volvieran a sus quehaceres militares, mientras tanto él envió un mensaje al Alcalde para solicitar instrucciones de cómo proceder.  

 

“Los españoles dicen que nosotros, los ingleses, somos víctimas de la 'etiqueta'; y por nuestro lado, podemos halagarles asegurando que ellos son completamente esclavos de las formas”.

 

Durante ese tiempo sufrimos una detención de lo más irritante ocasionada por varias causas. En primer lugar porque no había manera de encontrar al cacique del pueblo.  

Se había levantado de un salto de su cómodo asiento en la chimenea de la posadadonde, rodeado de un grupo de políticos estaba discutiendo la justicia de derogar la Ley Sálica, cuando le llegó la noticia de nuestras armas de fuego y, embozándose en su capa, salió a la calle corriendo, declarando su intención de encontrar la muerte como el último de un antiguo linaje antes que ser reconocido y apartado de por vida para ensalzar el triunfo de un enemigo victorioso. 

Imagen de la portada del libro "Excursions in the Mountais of Ronda and Granada...", de Captain C. Rochfort, 1838Luego tuvimos que esperar hasta que encontraron la llave de la puerta, que se la había llevado en el bolsillo uno de los soldados que había salido corriendo y por último, tuvimos que esperar una luz, ya que el farol del guarda se había volcado en todo el jaleo y el aceite se había derramado. 

Durante la demora, de media hora ocasionada por las distintas circunstancias adversas, nos vimos sujetos a un interminable examen verbal referente a la zona,del país de la que procedíamos. Por haber estado dando la vuelta al pueblo en nuestro intento de encontrar la entrada, hasta que llegamos a la puerta que se encontraba en la dirección completamente opuesta a Andújar, el relato que ofrecimos pareció despertar grandes sospechas de nuestra veracidad en las mentes de estos funcionarios, e incluso, después de que trajesen un farol, y después de que hubiésemos mostrado nuestros pasaportes, fuimos minuciosamente examinados para que se nos permitiera llegar hasta la posada.

Los españoles dicen que nosotros los ingleses somos victimas de la 'etiqueta';  y por nuestro lado, podemos halagarles asegurando que ellos son completamente esclavos de las formas.  

Ejemplos que prueban esto –aunque a menor escala y menos ridículos que el que acabo de relatar– nos fueron ocurriendo diariamente durante todo nuestro viaje. Por ejemplo, al abandonar la Venta de Fuente de Piedra, donde la habitación en la que dormimos era sólo un poco mejor que el establo al que daba, la posadera insistió en servirnos por la mañana nuestra taza de chocolate en una mesa parcialmente cubierta por un sucio mantel, alegando que no sería decente  que lo tomásemos de pie junto al fuego de la cocina. 

Aquí de nuevo en Torre Ximeno, el posadero nos fue conduciendo hasta lo que él consideraba que era una habitación apropiada mientras que su media naranja gritaba "¡A la sala!, ¡a la sala!"[1]. Nosotros agudizamos el oído,  imaginándonos que nos íbamos a dar la gran vida. Sin embargo, la Sala resultó ser una habitación de unos diez pies más grande que la que nos enseñaron al principio, aunque en cualquier otro aspecto era idéntica; es decir, tenía las paredes desnudas y blanqueadas y el suelo de yeso y estaba amueblada con media docena de sillas de anea bajas y ventilada por medio de dos aperturas que en su día habían estado cerradas con postigos. 

El suelo tenía una superficie tan irregular y tenía tantas grietas que hasta que el posadero me animó y me dijo "no tiene usted cuidado"[1], yo tenía mucho cuidado de donde ponía los pies, dando por hecho que se trataba de una maqueta perfectamente realizada de las sierras y ríos que la rodeaban. 

Después de soportar más dificultades de las normales en cuanto a los certificados sanitarios y pasaportes, recibimos un mensaje muy cortés del Alcalde en el que decía que su casa etc., etc., estaban a nuestra disposición; pero nuestro posadero y su ayudante parecían tan dispuestos a hacer todo lo que estaba en sus manos para que nos sintiésemos cómodos que rehusamos su amable ofrecimiento.

Nuestra posadera era todavía extraordinariamente guapa, aunque era madre de cuatro niños, algo raro en España donde las madres, incluso las muy jóvenes, por regla general tienen el aspecto de mujeres mayores. Tuvimos cierta dificultad a la hora de persuadirla de que no nos gustaba el ajo y que nos sentiríamos satisfechos con una cantidad moderada de aceite en el guisado que ella empezó a preparar para nuestra cena, con el que, con pan y fruta y con un vino excelente, tendríamos una comida muy apetitosa. 

En España hay contrastes que son completamente absurdos. Dormimos en colchones de lana muy delgados, extendidos sobre el suelo montañoso al que acabo de hacer referencia –cuyas escarpadas cumbres difícilmente pudimos adaptar a nuestras costillas–, y por la mañana nos proporcionaron toallas con una especie de bordes adornados con un encaje de más de dieciocho pulgadas de anchura; algo muy ornamental pero completamente inútil ya que la parte aprovechable de la toalla era mínima. 

Cuando le pedimos a la posadera la factura, ella nos remitió a su marido, quien, como dicen los orientales, nos permitió mirarla con asombro; ya que el que la señora y dueña nos remitiera a su esposo es la excepción que confirma la regla, y fue para evitar problemas por lo que se la habíamos pedido a ella, ya que la experiencia nos había enseñado que las posaderas solían ser el oráculo al que se consulta en estas ocasiones; e invariablemente cuando tienen intención de engañar. 

 

“Y así pues, mientras la locuacidad de la señora está sacando el dinero del bolsillo de su huésped, el posadero se mantiene siempre a cierta distancia, con aspecto de calzonazos, algo que probablemente sea”.

 

Esto, sin explicación, puede ser considerado como una acusación nada galante; con ella no es mi intención proteger mi propio sexo a expensas del bello sexo, ya que la verdad es que el hombre duplica sus otros pecados retirándose de un altercado inminente.

Y eso es lo que suele hacer, ya sea por que piense que la abnegada esposa presentaría la abusiva cuenta con más gracia o porque piense que ella sería más ingeniosa a la hora de encontrar razones para lo exorbitante de lo que piden, o al menos las palabras para defenderla, ya que cualquier intento de objeción se ahoga en todo un torrente tal de razones y porqués, que uno se siente aliviado, sea como sea, de escapar del encontronazo.     

Imagen del paso por Sierra Morena hacia 1872

Y así pues, mientras la locuacidad de la señora está sacando el dinero del bolsillo de su huésped, el posadero se mantiene siempre a cierta distancia, con aspecto de calzonazos, algo que probablemente sea, y de vez en cuando encogiéndose de hombros lo más que dice es “¡No hay nada que yo pueda hacer!” “Si me atreviera les ayudaría, pero ya ven el mal genio que ella tiene”.

Sin embargo, en esta ocasión, no tuvimos motivos para quejarnos ya que, por un módico precio nos dieron infinidad de excusas por cualquier cosa que pudiese haber faltado en el alojamiento debido a su ignorancia o a sus carencias. 

El pueblo de Torre Ximeno está situado en un estrecho valle regado por un pequeño río. Sus murallas, sin embargo, llegan hasta lo más alto de las montañas a ambos lados y aparentemente se sustentan en restos romanos. Tiene una población de mil ochocientas almas. Desde aquí la carretera continúa por Martos y Alcalá la Real hasta Granada pero es más larga que la carretera que va por Jaén. 

Desde Torre Ximeno a esa ciudad hay dos leguas o aproximadamente unas nueve millas. La carretera ahora toma una dirección más hacia el este que hasta ahora, y a la distancia de tres millas al pueblo de Torre Campo [sic por Torredelcampo]. El resto del camino va por una zona bastante ondulada que se inclina levemente hacia las montañas que se elevan hacia el este. 

Jaén esta situada en los alrededores de la gran Sierra de Susana, [sic por Sierra Arana] que, dividiendo las aguas del Guadalquivir y el Genil se extiende al sur tanto que llega al Valle de Granada.

La ciudad está construida en la ladera oriental de un escarpado e inaccesible cerro cuya cumbre está ocupada por un antiguo castillo protegido por inmensas murallas. 

El antiguo nombre del lugar era Aurinx, y parece que estuvo justo en los límites de la antigua Bética. Ahora es la capital de uno de los reinos que componen la región de Andalucía, y es sede de un obispado perteneciente al arzobispado de Toledo. Su población asciende a al menos veinte mil almas. 

Jaén es en todos los aspectos una ciudad muy interesante. Los historiadores romanos la mencionan con mucha frecuencia. Su importancia también es digna de mención en tiempo de los árabes de cuyas manos la arrebató San Fernando A.D. 1246 y en los últimos años ha ocupado un puesto de honor en las páginas de la historia militar. 

 

“Lo escarpado del paisaje hacia el sur es tal que hasta los últimos años no había carretera para carros que pudiese atravesarlo por lo que Jaén en consecuencia ha sido una ciudad muy poco visitada por viajeros”.

 

Su situación es extremadamente pintoresca, la resplandeciente ciudad se encuentra en el borde de una rica y fértil vega rodeada de agrestes y enormes montañas. Lo escarpado del paisaje hacia el sur es tal que hasta los últimos años no había carretera para carros que pudiese atravesarlo por lo que Jaén en consecuencia ha sido una ciudad muy poco visitada por viajeros ya que al ser Granada y Córdoba las ciudades de mayor interés, la carretera más directa entre estas dos ciudades era la que generalmente se prefería. 

Sin embargo, se acaba de finalizar una carretera, directa y excelente entre Granada y la capital que atraviesa Jaén. Esta ruta cruza el Guadalquivir en Menjibar y dirigiéndose directamente hasta Bailén llega hasta el arrecife que va desde Córdoba a Madrid, antes de entrar en los desfiladeros de Sierra Morena. 

El castillo de Jaén se eleva a ochocientos pies por encima de la ciudad y es un bello ejemplar de fortaleza árabe aunque el pintoresquismo se ha sacrificado en aras de la defensa con varias construcciones posteriores y demoliciones llevadas a cabo por los franceses.  

Corona la cresta de un estrecho monte que recuerda bastante el de Ximena [sic. por Torredonjimeno] al que también recuerda mucho en otros aspectos. Sus aljibes y sus almacenes subterráneos están bastante bien conservados, pero las murallas exteriores de la fortaleza fueron parcialmente destruidas por los franceses cuando lo evacuaron a toda prisa en 1812. 

Las vistas que se obtienen desde allí son extremadamente bellas. Hacia el norte se extiende una enorme llanura que, en apariencia, llega hasta la lejana Sierra Morena y por los otros lados elevadas montañas se ven muy cerca de la ciudad. Estas, cubiertas por viñas donde quiera que sus raíces encuentren un poco de tierra, presentan una extraña unión entre fertilidad y aridez. 

La ciudad tiene quince conventos y numerosas fábricas de tejidos y alfombras de seda, lino y lana y presenta el aspecto de ser un lugar floreciente. En su mayoría las calles son tan estrechas que cuando uno extiende los brazos puede tocar las casas que hay a ambos lados.

 

 *Ilustración de la cabecera:  Jaén, de F. J. Parcerisa, ca. 1850 (Detalle)


[1] SCOTT, Charles Rochfort Excursions in the Mountains of Ronda and Granada with characteristic sketches of the Inhabitants of the South of Spain Henry Colburn, Londres, 1838 

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