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El Viaje
y la memoria

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Viaje 5º. De Andújar a Granada (II)

Viaje 5º. De Andújar a Granada (II)

por María Antonia López-Burgos del Barrio

“La Catedral es un edificio muy bonito de estilo corintio muy puro y de trescientos pies de largo, y de hecho todo conjuga a la perfección con el gusto español. El suelo está formado por losetas de mármol blanco y negro formando un damero; de las paredes cuelgan excelentes cuadros aunque no se ven recargados; los distintos altares, aunque adornados por numerosos tipos de mármoles y jaspe no están decorados de manera chabacana; el órgano tiene un aspecto espléndido y su sonido es maravilloso.

Son muy buenos algunos cuadros realizados por Moya, en particular una Sagrada Familia y la Visita de Santa Isabel a la Virgen María. La Capilla sagrada tiene varios otros del mismo maestro que también son dignos de mención. Sus marcos de un mármol rojo pulido producen muy buen efecto.

Los únicos ejemplares de escultura de los que puede presumir la catedral son algunos ángeles llorando hechos con gran realismo.

La curiosidad más importante que tiene es la figura de Nuestro Salvador en la cruz, cubierto por una especie de faldilla pero el mayor tesoro de todo el edificio sagrado (los orgullosos presumen de que sea el tesoro de toda una ciudad que de hecho ha sido favorecida), es la Santa Faz –el Santo Rostro.

"Jaén. El Santo Rostro". Alcázar Fotógrafo. Impresión de Hauser y Menet (Madrid), 1902.El Santo Rostro –como nos lo explicó nuestro guía, es la impresión del rostro de Nuestro Señor que dejaron las manchas de sangre en el sudario que cubrió su cabeza cuando fue depositado en el sepulcro.

Este tejido estuvo doblado tres veces sobre su rostro de modo que existen tres de estas “pinturas”, como las llamaba el sacerdote.

La de Jaén, dijo, es la segunda o la de en medio, las otras se encuentran en Italia, donde, no las conozco pero creo recordar que he oído hablar de ellas cuando estuve en ese país. 

Esta pintura milagrosa solo se puede contemplar en contadas ocasiones o cuando se paga una cantidad considerable; pero nosotros nos quedamos perfectamente satisfechos cuando nuestro cicerone nos aseguró que el parecido con Nuestro Salvador era sorprendente, sin que le pidiésemos una demostración ocular que, por otro lado, él tenía gran interés en ofrecernos.

Anexa a la Catedral hay una cocina donde preparan por la mañana el chocolate a los sacerdotes que también sirve de sala de estar a la que se retiran para fumar sus legítimos durante los descansos en sus aburridas misas de Cuaresma.

El Parador de los Caballeros, que se encuentra en la Plaza del Mercado es sorprendentemente bueno, y desde las ventanas de la fachada principal se obtienen unas maravillosas vistas del castillo. 

La distancia entre Jaén y Granada por el recientemente terminado arrecife es de cincuenta y una millas. Desciende gradualmente hacia el valle de Campillos al que llega y cruza el río a unas dos millas de Jaén.

El valle es ancho, llano y está cubierto por importantes depósitos aluviales y se extiende varias leguas en ambas direcciones a lo largo del curso del río, rodeando la ciudad de un cinturón de cultivos siempre lleno de verdor.

 

El Parador de los Caballeros, que se encuentra en la Plaza del Mercado es sorprendentemente bueno, y desde las ventanas de la fachada principal se obtienen unas maravillosas vistas del castillo”.

 

Durante las tres leguas siguientes, la carretera avanza a lo largo de este valle, al principio junto a jardines, huertos y viñedos entre los que se ven salpicados gran número de cortijos y molinos de agua, pero, después de unas cinco millas, el camino va entre enormes peñascos a cada lado y de vez en cuando algunos árboles le proporcionan sombra.

Sobre un empinado montículo a mano derecha, formando el primer desfiladero de montaña por el que pasa la carretera, se encuentra el Castillo de la Guarda, y a la distancia de tres leguas desde Jaén, está la Torre de la Cabeza, de situación parecida a la izquierda de la carretera.

Jaén, de F. J. Parcerisa, ca. 1850.Más allá, reconforta la mirada otra zona de cultivos llena de verdor que se extiende una milla y media a lo largo del cauce del Campillos. En medio de ésta se encuentra la Venta del Puerto Suelo, y al llegar, nuestro mozo que durante varios días se había encontrado indispuesto, vino a decirnos "que no podía mas,"[1] y nos pidió que lo dejásemos allí para descansar unos cuantos días ya que esperaba sentirse bien y poder reunirse con nosotros en Granada viajando en una Galera que hacía ese trayecto periódicamente.

No pudimos hacer otra cosa que acceder a su petición y como nosotros teníamos intención de llegar a Granada al día siguiente, el prescindir de sus servicios durante un periodo tan corto era algo de poca importancia; la única dificultad era quién llevaría el animal donde iban los equipajes. La fortuna se puso de nuestro lado.

Al llegar a la venta nos abordó un joven de muy buen aspecto, ataviado con el uniforme de diario de los soldados de infantería españoles, quien, viendo el lamentable estado en el que se encontraba nuestro caballero, nos ofreció sus servicios para llevar nuestros caballos al establo y proporcionarles todo lo necesario; y después, cuando supo por medio de nuestro mozo como estaba la situación, se nos acercó otra vez y se ofreció a ser nuestro sirviente durante lo que quedaba del camino hasta Granada, ciudad a la que se dirigía.

Aceptamos gustosos los servicios que nos brindaba y después de un corto descanso, volvimos a montar los caballos y continuamos nuestro camino. El joven soldado, como un veterano, iba sentado entre nuestros abrigos en la grupa del animal que llevaba los equipajes.

Mientras iba trotando delante de nosotros, pude observar por primera vez que llevaba una brillante caja de latón colgada en el hombro con un cordón de seda y por curiosidad en saber de qué se trataba le pregunté que era lo que contenía.

 

“Sin soltar una sola palabra en respuesta, cogió la caja de la que sacó un pergamino enrollado y extendiéndolo delante de nosotros vimos un documento que concluía con las palabras Io el Rey”.

 

Sin soltar una sola palabra en respuesta, cogió la caja de la que sacó un pergamino enrollado y extendiéndolo delante de nosotros vimos un documento que concluía con las palabras Io el Rey que nos loofreció para que lo examinásemos.

Si mi sorpresa fue grande por la longitud del pergamino, no disminuyó al comprobar, después de todo el ampuloso y grandilocuente preámbulo, que le otorgaba a nuestro nuevo conocido el título de caballero de San Fernando de primera clase y que lo condecoraban con la banda y el broche de plata de la misma orden.

Interior de la Catedral de Jaén, por F. J. Parcerisa, ca. 1850.La primera vez que me dirigí a él en la venta me había fijado en un trozo de cinta que tenía en su pecho, pero, consciente de que el propio olor a pólvora, incluso aunque se hubiese tratado del olor de la pólvora de su propio mosquetón, a veces implica que un soldado español reciba una condecoración y, de hecho, es más frecuentemente un reconocimiento de que le deben la paga de muchos meses que el que haya llevado a cabo un buen servicio, me abstuve de preguntarle, pero, que una condecoración militar de primera clase se haya concedido a una persona de un rango tan bajo debo confesar que me sorprendió, y terminé pensando que el que la poseía o era el hermano de la querida de algún hombre importante o que él se estaba atribuyendo los honores de alguna otra persona.

Como se trataba de un hombre muy joven, era evidente que él no podría haber estado mucho tiempo de servicio, y mis sospechas eran en cierto modo excusables, por lo que me tomé la libertad de hacerle unas cuantas preguntas cruzadas en lo referente a los campos de batalla donde se había ganado los laureles. El resultado fue tan satisfactorio que en justicia me siento obligado a hacer una honorable enmienda al gentil caballero por las terribles sospechas que había abrigado, y ofrecer su historia a los lectores, pero como de cualquier modo es muy extensa, la dejaré por ahora, ya que hasta pasados varios días no concluyó, pero es correcto que apunte que lo haré, simplemente ofreciendo la premisa en este lugar de que, además del Diploma, la caja de latón contenía una declaración de los servicios que le habían hecho merecedor de su título de caballero redactada y avalada por los oficiales de su regimiento.

A eso de una milla más allá de la venta donde nos habíamos encontrado con nuestro nuevo sirviente, el paisaje otra vez se hace muy escarpado y accidentado y las montañas se ven cubiertas de pinares. El Valle del río Campillos se va cerrando cada vez más al avanzar la carretera y a ambos lados se levantan enormes rocas, y al final, al llegar al Puerto de Arenas, el paso por el que van juntos el río y la carretera no tiene más de sesenta pies y los peñascos se alzan perpendiculares a ambos lados con una altura considerable.

En dirección a Granada es un desfiladero muy defendible, aunque no ocurre lo mismo en dirección contraria ya que se domina desde un terreno más elevado. Se encuentra a unas dieciocho millas de Jaén.

Al salir del desfiladero, pasamos por un valle abierto y cultivado en cuyo extremo, y a una distancia de unas cuatro millas, se encuentra Campillo Arenas [sic. por Campillo de Arenas] un pueblo bastante pobre que tiene unos cincuenta o sesenta vecinos.

A la entrada nos dio el alto un viejo mendigo que hacía las veces de oficial sanitario, y nos pidió nuestros pasaportes. Una vez en su poder los entregó a un golfillo descalzo y harapiento con todo ceremonial para que los llevara al cuartel general, con la promesa de un ochavo si se apresuraba a devolvérnoslos. 

 

“El paisaje otra vez se hace muy escarpado y accidentado, y las montañas se ven cubiertas de pinares. El Valle del río Campillos se va cerrando cada vez más al avanzar la carretera y a ambos lados se levantan enormes rocas”.

 

Ahora nuestros pasaportes se habían convertido en todo un incordio ya que estaban completamente llenos de visados tanto por dentro como por fuera; ya que, por supuesto, la curiosidad de los autóctonos era proporcional al número de firmas que tenían y su asombro no tenía límites ante el hecho de que nosotros estuviésemos viajando hacia el sur en aquel momento. Por fin nos devolvieron nuestros papeles y el muchacho se ganó su prometida recompensa por haber corrido con todas sus fuerzas para hacernos ver que la tediosa espera que sufrimos no se le podía atribuir a él.

Junges Mädchen in der Kirche, por Pannemaker, s. XIX.

Cuando seguimos hacia delante, en tres cuartos de hora llegamos al Parador de San Rafael, un edificio recientemente construido para parada de la diligencia que se había establecido en esta carretera hacía poco tiempo. Se encuentra a unas veinticinco millas de Jaén y a unas veintisiete de Granada, aunque en línea recta la distancia es bastante más corta quizás a esta última ciudad que a Jaén. Es un lugar muy frecuentado y nos alegramos al ver que San Rafael era el responsable de que tuviésemos unas camas confortables y una buena cena aunque no se preocupó demasiado por el estado de la bodega.

A la mañana siguiente emprendimos camino muy temprano. Nuestro caballeresco sirviente con sus rojas charreteras y su garboso sombrero de pajaasumiendo la actitud mirar a los campesinos que pasaban y a los arrieros de arriba abajo, hacía que todos nos contemplasen con un alto grado de respeto.

La carretera durante las primeras ocho millas es un continuo zig-zag que atraviesa un terreno muy montañoso y que el gobierno mantiene a muy alto costo ya que soporta muy poco tráfico.

Las montañas están principalmente cubiertas de bosques de encinas, aunque en los valles se pueden ver trozos de terreno que recientemente se han puesto en cultivo y también hay de vez en cuando casas a lo largo de la carretera.

 

“Llegamos al cortijo a la hora de la cena y vimos un enorme círculo formado por su mujer, los niños, los vaqueros, los jóvenes labradores y las ordeñadoras, todos reunidos alrededor de una gran fuente de gazpacho fresco”.

 

A diez millas y media pasamos el primer pueblo que vimos desde que salimos de Campillos Arenas. Se encuentra a aproximadamente una milla de la carretera a mano izquierda. Ahora el paisaje se va haciendo cada vez menos escarpado que hasta aquí, aunque sigue estando desprovisto de todo tipo de cultivos y sin poblar.

Nos sentimos muy molestos al no poder encontrar una buena posada como nos habían inducido a esperar. Pasamos dos que estaban construyendo a gran escala pero no pudimos encontrar nada en ninguna de ellas. Al final, después de cabalgar durante cuatro leguas al paso, debido a nuestro animal de carga, un campesino se apiadó de nosotros y mostrándonos el camino hasta su Cortijo, les dio a nuestros famélicos caballos una buena ración de cebada y puso delante nuestra todo lo mejor que había en su casa: melones, uvas, huevos recién puestos y un pan delicioso.

Llegamos al cortijo a la hora de la cena y vimos un enorme círculo formado por su mujer, los niños, los vaqueros, los jóvenes labradores y las ordeñadoras, todos reunidos alrededor de una gran fuente de gazpacho fresco, al que por supuesto fuimos invitados a compartir con suma cortesía. Sin embargo era una comida demasiado frugal para satisfacer lo voraz de nuestro apetito,y rehusando con educación meter nuestras cucharas en aquél rancho comunitario, comenzamos a preparar como solíamos todo lo necesario para un desayuno inglés, sacando nuestra cesta de viaje y colocando una cacerola llena de agua sobre el fuego.

Un relais à Jaen, de Gustave Doré, s. XIX.La curiosidad de los campesinos en estas ocasiones nos divertía muchísimo. En esta ocasión los espectadores, que con toda probabilidad nunca habían estado en contacto tan directo con ingleses, contemplaban cada uno de nuestros movimientos con el mayor interés.   El que hubiésemos batido un huevo como sustituto de la leche despertó una sorpresa general, y el que sacásemos cuchillos, tenedores y cucharas los dejó sin aliento, pero cuando colocamos sobre la mesa nuestra tetera de viaje, su asombro fue indescriptible. Muchos se levantaron de sus mesas para poder ver mejor y desde más cerca esa extraordinaria máquina y nuestro anfitrión, después de examinarla con minuciosidad, aventurándose al final a poner de manifiesto su ignorancia preguntando para qué servía, exclamó extasiado, como si se tratase de un objeto del que había oído hablar, "y esa es una tepà!"[1] "¡Una tepà!" , lo que se fue repitiendo con las distintas entonaciones que le iban dando las tres generaciones de personas que se encontraban presentes "¡una tepà!, ¡caramba, qué gente tan fina los ingleses!"

Ahora seguimos con la broma inflando un colchón neumático, y el simple hecho de saber para lo qué servía ya los sorprendióya que nuestro anfitrión con un movimiento de cabeza que significaba “ya comprendo”, cogió un enorme pellejo lleno de vino y se preparó para echar parte de su contenido en nuestra almohada portátil de caoutchouc y cuando le explicamos para lo que servía –"¡Jesús!, ¡una almohada!”–, las mujeres exclamaron al unísono: "¡Qué gente tan deleitosa!"

Nuestras pistolas de percusión fue lo siguiente que les causó sorpresa, y de la única forma que pudimos convencerles de que se disparaban sin “una piedra” fue por medio de una demostración ocular, pero cuando le aseguramos a nuestro anfitrión que en Inglaterra las diligencias se impulsaban por medio de vapor a una velocidad de diez leguas a la hora, su asombro superó los límites de la credibilidad. ¡Cómo!¡Sin caballos, sin mulas, sin nada, sino el vapor!", exclamó, y sus hombros se fueron elevando por encima de sus orejas mientras yo repetía la increíble afirmación, el se volvió con un aspecto medio horrorizado, medio asombrado a sus paisanos que había allí reunidos, diciendo tan claramente como sus ojos pudieron expresar, o estos ingleses tratan con el demonio o son las personas más extraordinariamente fantasiosas.

 

“Cuando le aseguramos a nuestro anfitrión que en Inglaterra las diligencias se impulsaban por medio de vapor a una velocidad de diez leguas a la hora, su asombro superó los límites de la credibilidad”.

 

Si nuestro equipo les sorprendió, no lo estábamos nosotros menos ante el gran número de gatos sin rabo que había merodeando por la casa; cuando preguntamos el motivo que les llevaba a mutilar a las desafortunadas criaturas, de este modo tan poco natural, nuestro anfitrión respondió: para que estos animales sean útiles deben poder meterse por todos lados, pero cuando tienen el rabo largo hacen estragos entre las bandeas, los platos y otros artículos que se rompen con facilidad y que están colocados sobre el aparador o encima de la mesa, mientras que sin rabo, como ahora los ve, se pueden mover sin ningún tipo de ceremonia e incluso en medio de un laberinto de loza, no cometen el menor daño. “Todo lo malo de este animal radica en su rabo”.

Tuvimos bastante dificultad para persuadir a nuestro hospitalario anfitrión para que aceptase algún tipo de remuneración por lo que nos había proporcionado y sólo lo conseguimos cuando le pedimos que repartiera nuestro regalo entre los niños.

Desde este cortijo que se llama Cortijo de los Arenales hasta Granada hay nueve millas. El paisaje durante toda esta distancia es ondulado y está cubierto por viñas y olivares”.

 

 

 *Ilustración de la cabecera:  Interior de la Catedral de Jaén, de F. J. Parcerisa, ca. 1850 (Detalle)

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