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El Viaje
y la memoria

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Viaje 6º. Por los alrededores de Huelva y La Rábida

Viaje 6º. Por los alrededores de Huelva y La Rábida

por María Antonia López-Burgos del Barrio

Al avanzar el siglo XIX, los caminos andaluces ya no son tan peligrosos como solían serlo o, al menos, la presencia de la guardia civil en las zonas más solitarias,  hace pensar a los viajeros extranjeros que el recorrido será bastante más seguro de lo que solía serlo en épocas anteriores. La mejora en las infraestructuras y en las instalaciones hoteleras son factores decisivos que se suman para facilitar a los intrépidos “turistas” sus desplazamientos y sus estancias en las distintas ciudades.

Viajar por España en la mente de muchos de ellos era viajar por Andalucía. Y en Andalucía, no eran sólo los antiguos palacios árabes, los desmoronados castillos medievales o las iglesias y catedrales lo que buscaban los viajeros. Zonas tan cargadas de historia como la provincia de Huelva, aunque alejada de las rutas turísticas durante prácticamente todo el siglo XIX, despierta el interés de los viajeros por dos aspectos cruciales en su historia: el convento de La Rábida, lugar desde donde Cristóbal Colón zarpó para cruzar el océano y descubrió el Nuevo Mundo, y las minas de Río Tinto, explotación minera conocida desde tiempos inmemoriales y que a raíz de una serie de concesiones a empresas extranjeras llegó a manos inglesas en 1872, adquiriendo al poco tiempo sus más altas cotas de producción.

W.R. Lawson, autor de numerosas obras de carácter socio-económico ofrece en su libro Spain of Today: A Descriptive, Industrial and Financial Survey of the Peninsula, publicado en Edimburgo y Londres en 1890, una interesante descripción de Huelva y su provincia, prestando especial atención a las Minas de Río Tinto, de las que ofrece un recorrido histórico detallado desde sus orígenes hasta la época en la que fueron las minas de cobre más importantes del mundo.

 

Astillero de Huelva, s. XIX.

***

 

“España es el país menos frecuentado por turistas que cualquier otro de Europa. Esto puede que no sea completamenteuna desventaja para España, ya que muchosturistas pueden ser de todo menos una buena compañía; pero es una paradoja que merece la atención del Sr. Cook y de otros expertos en el arte de organizar sus propios viajes. ¿Por qué tendría España que ser evitada incluso por el más perseverante de los trotamundos que recorre todos los países?. Nadie diría que es un país vulgary que no merece la pena ser visitado. Al paisaje no se le puede poner ninguna objeción ya que las bellezas de los Pirineos sólo te entusiasman plenamente una vez que has atravesado la frontera española, y los naranjales de Andalucía son tan placenteros para la vista como los de Sorrento. No se le puede reprochar que carezca de interés histórico ya que a cada paso que das te sentirás estremecer con recuerdos y tradiciones de siglos. Vitoria, Torres Vedras, y Badajoz ya no volverán a ser otra vez para los ingleses las soñolientas y viejas ciudades que son en realidad. La lóbrega majestuosidad del Escorial se confunde en la imaginación con la crisis de la Armada española.

 

“En tren, Huelva no está más lejos de lo que está Londres de Pesth, y Huelva tiene una gran ventaja sobre Pesth al tener dos rutas alternativas por mar”.

 

Y cuando uno llega al sur aparece como por arte de magia toda una época heroica. Las corridas de toros de Sevilla son un vestigio directo de los juegos romanos. La Catedral de Córdoba es la mayor de las mezquitas musulmanas, con zonas que permanecen exactamente justo como las dejaron los árabes. Menos conocido, pero más memorable que todos estos aspectos juntos, es el pequeño monasterio de La Rábida, en la bahía de Huelva, desde el que Cristóbal Colón zarpó con tres pequeñas carabelas para descubrir el Nuevo Mundo. Uno esperaría que este fuese el santuario más venerado y frecuentado por el visitante. Todos los americanos, desde los de la Bahía de Hudson a los de Cabo de Hornos deberían volver sus ojos hacia él como un lugar de peregrinación e incluso para europeos displicentes éste tendría que tener al menos tanto interés como Ginebra o el castillo de Chillón. Sin embargo, La Rábida no es un lugar de interés turístico y el viejo monasterio sobre la colina que cambió el destino del mundo está extrañamente abandonado, tanto por el pintor, como por el poeta y el viajero. Sus principales visitantes son unos cuantos campesinos que van allí desde los alrededores y es un campesino igual que ellos el que acompaña durante el recorrido. Los lleva de un corredor a otro, señalando la celda en la que el gran navegante vivió mientras estuvo invitado por sus amigos los monjes; la sala en la que se discutieron los planes del viaje con las cartas náuticas y el compás sobre la mesa y la capilla en la que se dijo la misa de despedida para él y para sus valientes compañeros.

Después de haber permanecido mirando todo esto con un gran respeto, los atezados campesinos se vuelven a sus casas orgullosos del hombre que le confirió tanta gloria a su país y en especial a su querida provincia de Huelva. A ellos no les importa demasiado que muy pocos extranjeros busquen compartir su veneración por Cristóbal Colón y se acerquen al viejo monasterio de La Rábida; pero, incluso en una época en la que la gente recorrería una gran distancia en busca de nuevas experiencias, no deja de ser desconcertante. Se podría decir, como excusa, que Huelva era un lugar apartado de las principales rutas al que es difícil llegar, e incluso aún en él es que es más difícil vivir. Eso podría ser una especie de razón, o al menos una excusa, pero no hay nada que se aparte más de la realidad que estas dos suposiciones. En tren, Huelva no está más lejos de lo que está Londres de Pesth, y Huelva tiene una gran ventaja sobre Pesth al tener dos rutas alternativas por mar. La travesía se puede hacer directamente en un vapor de Río Tinto en cinco días y medio, o en un barco de vapor correo a Lisboa y, desde allí, costeando; o en tren, por el interior.

 

 El Hotel Colón  

Como lugar turístico Huelva tiene un acceso excepcionalmente fácil. Pero, ¿qué hay de los alojamientos? Esta sería la siguiente pregunta del que organiza su propio viaje y que se siente reacio a abandonarlas rutas trilladas. Este tipo de viajero es particularmente escéptico en lo que a España se refiere, puesto que existe una leyenda popular –Dios sabe como ha surgido, de que los hoteles españoles son iguales a otrasinstituciones españolas– es decir, tremendamente atrasados. Su comida se supone que mantiene el gusto por el ajo y aceite que tenía Sancho Panza; se alude a que sus camas suelen estar bastante superpobladas y a que el mobiliario de sus dormitorios es de una austeridad y escasez árabe.

Jardín del Hotel Colón, s. XIX.

Es sorprendente lo difíciles que son de olvidar las leyendas de los viajeros. No hay nada más complicado de erradicar, a no ser que se trate de la reputación de un hombre que no la merezca. Sin lugar a dudas, todavía existen muchos hoteles españoles muy vetustos y sus clientes lo más probable es que continúen estando bastante satisfechos con ellos. Sin embargo, el viajero muy maniático y exigente muy pocas veces necesita poner en peligro su valiosísima persona en ellos. Incluso en ciudades de segundo o tercer ordenen la Península, la actual “hotel-manía hoy día ha hecho grandes y rápidos progresos. Madrid tiene unos cuantos establecimientos hoteleros modernos que pueden alojar entre cien y ciento treinta huéspedes con todas las comodidades e incluso con todo el lujo de Londres o París. Pero todavía hay espacio en Madrid para un establecimiento de primerísima clase como es el Metropole o el París Continental. Los mejores hoteles que ahora existen son sólo buenos y son muy caros en proporción a lo que ofrecen. En las provincias hay casas con unos precios más razonables.

 

“Yo encontré aquí el mejor hotel en la Península y todavía casi no me he repuesto de la sorpresa que me causó que un establecimiento tan palaciego fuese tan poco conocido”.

 

Yo encontré el mejor hotel en la Península en un lugar bastante inesperado, y todavía casi no me he repuesto de la sorpresa que me causó que un establecimiento tan palaciego fuese tan poco conocido. El hotel Colón o Colombus es uno de los lugares de interés, así como una de las instituciones de Huelva. En tamaño, en organización, en cuanto a mobiliario y sobre todo en cocina, es el mejor que yo he encontrado en España o, de hecho, al sur de París. Los Rothschilds, la Compañía Minera de Río Tinto, los dos ferrocarriles locales –el Sevilla-Huelva y el Zafra-Huelva–, todos participaron en su financiación; así que si todos ellos no podían hacer un hotel modélico, ¿de quién vamos a esperar que lo haga? Se encuentra situado en los alrededores de la ciudad, bastante por encima de la bahía, y cerca de lo que pronto será el principal muelle del puerto. Hay cuatro edificios distintos que rodean un patio de una extensión de uno o dos acres. El edificio del frente está dividido en una serie de suites, de las cuales hay catorce con sala de estar, dormitorio y cuarto de baño en cada una de ellas. Estas están decoradas con varios estilos sin que existan dos iguales, pero todas con un gusto exquisito. La mayor parte del mobiliario fue diseñado especialmente para las habitaciones por distinguidos fabricantes franceses y alemanes. Las habitaciones reales en el Hotel Bristol y otros hospedajes para testas coronadas se pueden equiparar a éste, como también le ocurre al hotel Tottemham Court Road. El difunto Rey Alfonso había oído hablar tanto acerca de su belleza, y por otro lado le gustaba tanto Huelva, que en su última enfermedad quiso ir al Hotel Colón. Razones políticas exigieron escoger otro lugar, pero en Huelva se espera que su hijo pueda, en un futuro no muy lejano, realizar el deseo insatisfecho de su padre.

Las habitaciones más lujosas se abren al jardín que hay detrás, a través de un gran patio de suelo de mármol. Este jardín, que está bellamente trazado con macizos de arbustos, macetas, fuentes y sombreados paseos, está cerrado a cada lado por un edificio que contiene las habitaciones individuales y en la parte de atrás se encuentran las zonas públicas, admirablemente distribuidas en un único edificio. El comedor es una sala magnífica que también se puede utilizar como sala de baile y en estas ocasiones puede dar cabida a casi mil personas. El techo está decorado con diseños de artistas de Sevilla y las chimeneas son de china, todas hechas especialmente en la Real Fábrica de Porcelana de Meissen. Un amplio corredor rodea todo el hall en el cual se encuentranla sala de lectura, la sala de billar, la sala de cartas, etc. Delante de todo este edificio hay una terraza de pavimento muy liso, donde los huéspedes pueden tomar un café después de cenar, contemplar la inconstante luna y oír el canto de los ruiseñores. ¿No le gusta la imagen? Estoy seguro de que le gustaría si la viera.

Dining salon (izquierda) y Suite (derecha) del Hotel Colón, ca. 1895.

 

“El comedor es una sala magnífica que también se puede utilizar como sala de baile con capacidad para mil personas. El techo está decorado con diseños de artistas de Sevilla y las chimeneas son de china, todas hechas especialmente en la Real Fábrica de Porcelana de Meissen”.

  

El convento de La Rábida 

Para su próxima Exposición Internacional, los americanos han escogido un tema digno y una ocasión memorable. Van a celebrar el cuatrocientos aniversario del descubrimiento del Nuevo Mundo, pero la ocasión no debería ser menos celebrada en el Viejo Mundo, que también, al menos de igual manera, se ha beneficiado de éste. Si fuera a organizarse un programa de este tipo, yo puedo sugerir el lugar más apropiado imaginable para llevarlo a cabo. Las capitales de Europa sin lugar a dudas competirían con entusiasmo por tener el honor de ser la sede de tal acontecimiento, pero existe un lugar insignificante y casi desconocido en el extremo sureste de Europa que es el que más derecho tiene.

La Rábida. Paseo de la Palmera, de Josep Thomas, ca. 1910. AHPH, Colección Casa Thomas nº30.

Aunque identificado con el acontecimiento más importante de la historia moderna, su nombre es muy poco conocido incluso para el que se declara historiador. Es un santuario que atrae a muy pocos peregrinos, aunque hay lugares de interés infinitamente inferior que en comparación están abarrotados. Incluso ni siquiera el omnipresente e irrefrenableturista americano dirige sus pasos a menudo hacia La Rábida. De hecho, ¿qué saben el noventa por ciento de ellos acerca de La Rábida? La mención de este nombre no provoca ningún tipo de emoción en sus pechos y tampoco le sugiere lo más mínimo a su imaginación. Tanto el Viejo Mundo como el Nuevo parece que han olvidado completamente el acontecimiento que supuso un hito en la historia y que tuvo lugar en La Rábida hace casi cuatro siglos.

 

“Aunque identificado con el acontecimiento más importante de la historia moderna, su nombre es muy poco conocido incluso para el que se declara historiador. La Rábida atrae a muy pocos peregrinos, aunque hay lugares de interés infinitamente inferior que en comparación están abarrotados”.

 

El capítulo más interesante de La vida de Colón  de Washington Irving comienza así: “A eso de una legua del pequeño puerto pesquero de Palos de Moguer, en Andalucía, había y continua estando hasta hoy día un antiguo convento de frailes franciscanos dedicado a Santa María de La Rábida. Un día, un extranjero a pie, vestido de manera humilde, pero con aire distinguido, acompañado por un niño pequeño, se detuvo a las puertas del convento y pidió al portero un poco de pan y agua para su hijo. Mientras recibía este humilde refrigerio, dio la casualidad de que el prior del convento, Juan Pérez de Marchena, pasó por allí y se quedó sorprendido ante la apariencia del desconocido y cuando observó por su aspecto y su acento que era extranjero, entabló conversación y pronto supo los detalles de su historia. Este forastero era Colón. Iba de camino a la vecina ciudad de Huelva para buscar a su cuñado que se había casado con una hermana de su recientemente fallecida esposa”. Cuando tuvo lugar este afortunado encuentro, Colón estaba a punto de abandonar España indignado y decepcionado, lo mismo que había dejado Portugal ocho años antes. Los reyes Isabel y Fernando no lo habían utilizado de forma tan mezquina como lo había hecho el Rey Juan de Portugal, pero después de tenerlo colgado a sus talones durante toda la guerra con los moros, al final habían roto con él.

¡Qué historia más distinta habría tenido España si no hubiese sido por el sagaz prior del convento de La Rábida, quien en el último momento detuvo los pasos de Cristóbal Colón cuando estaba a punto de partir! El gran navegante podría haberse llevado con él la idea de una ruta hacia la India por el oeste para ofrecerla a una Corte más liberal que habría cosechado la gloria y las ganancias que supuso el haberlo realizado.

Convento de La Rábida, s. XIX.

Que yo sepa, las nuevas brisas de aventura en su accidentada vida le podrían haber llevado hacia Inglaterra, y habría encontrado unos patrones más incondicionales en los Tudor que en las casas gemelas de Aragón y Castilla. Afortunadamente para España, se evitó el peligro de haber dejado el futuro Nuevo Mundo escaparse entre sus dedos. El prior Pérez no sólo era un hombre de gran inteligencia, sino que también tenía influencia en la Corte, puesto que antes había sido confesor privado de la reina Isabel. Éste escribió una carta a su majestad, exponiéndole del modo más apremiante la vergüenza que supondría para España desaprovechar una oportunidad, aunque fuese pequeña, de llevar a cabo un proyecto tan noble como el que Colón tenía en mente. Esta carta se la llevó en mano Sebastián Rodríguez, un navegante de confianza de Lepe, quien se había convertido en un partidario entusiasta de los planes de Colón. Esta petición despertó la femenina compasión y la ambición real de Isabel de una forma tan eficaz que ella devolvió una respuesta alentadora. El prior fue llamado a la Corte para consultar con él antes de tomar una decisión, y finalmente se despertó tanto su entusiasmo que las objecciones de los insensibles y envidiosos cortesanos se acallaron con la orgullosa y altiva declaración: “Yo llevaré a cabo la empresa con mi propia corona de Castilla y entrego como garantía mis joyas para conseguir los fondos necesarios”.

 

“¡Qué historia más distinta habría tenido España si no hubiese sido por el sagaz prior del convento de La Rábida, quien en el último momento detuvo los pasos de Cristóbal Colón cuando estaba a punto de partir!”.

 

Después de todo, las joyas reales no fueron necesarias para financiar la expedición. El cauto Fernando, aunque escéptico en lo que al plan se trataba, permitió que se le adelantaran diecisiete mil florines de sus arcas para sufragar los gastos de la expedición. Además, se preocupó de que le devolvieran esa cantidad pagándole con el primer oro que se trajo desde el Nuevo Mundo y que empleó en dorar los techos de su palacio en Zaragoza. El propio Colón tuvo que buscar un octavo del capital necesario, cantidad que consiguió de sus nuevos amigos de La Rábida.

Sus majestades Isabel y Fernando, aunque económicamente no eran poderosos, pudieron ofrecerle un valioso apoyo por otros medios. Ellos no escatimaron esfuerzos a la hora de emitir reales decretos solicitando de sus súbditos contribuciones en especie. El pequeño puerto de Palos tenía obligación de proporcionar anualmente dos navíos armados. Ese mismo año estas naves fueron asignadas a la expedición. Los Pinzones, una influyente familia de Palos, de su propio bolsillo equiparon con todo lo necesario un tercer barco, el mejor de la pequeña flota. Dos de los hermanos también se unieron a la expedición y utilizaron toda su influencia local para reclutar hombres para la causa. El siguiente incidente lo vuelvo a tomar prestado de las páginas de Washington Irving en las que se presenta con todo lujo de detalles: “Cuando el escuadrón estaba preparado para echarse a la mar, Colón con el rostro preocupado ante la solemnidad de su empresa, se confesó con el Prior Juan Pérez y recibió el sacramento de la comunión. Su ejemplo fue seguido por sus oficiales y su tripulación. Emprendieron su aventura con un gran sobrecogimiento y con los más devotos y conmovedores ceremoniales, poniéndose bajo la especial protección y guía de Dios.

Muelle de La Rábida, de Josep Thomas, ca. 1910. AHPH, Colección Casa Thomas nº 33.

Ahora llegamos a la escena más gráfica de todas: el grupo de personas llenas de tristeza que se encontraba sobre la arenosa ladera de La Rábida y que les deseaba buena fortuna a los exploradores que estaban a punto de zarpar, con sus vidas en sus manos, para atravesar desconocidos y posiblemente infinitos mares. ¡Qué Dios os acompañe!

“Era”, dice Irving, “el tres de agosto de 1492, por la mañana temprano, cuando Colón zarpó desde Saltés, una pequeña isla formada por los brazos del Odiel, frente a la ciudad de Huelva, poniendo dirección sur-oeste rumbo a las Islas Canarias, desde donde era su intención poner rumbo hacia el oeste”. Conocemos por la historia como la pequeña flota avanzó derecha en dirección oeste hasta que Colón vislumbró una luz que brillaba a gran distancia. Se dirigieron a ella y al amanecer del día doce de octubre se encontraron anclados junto a una isla muy llana de varias leguas de extensión, y cubierta de un extremo a otro de árboles frutales, como si se tratara de un enorme huerto. Tomaron posesión de ella en nombre de Isabel y Fernando y la llamaron San Salvador. Era una de las Bahamas, la misma a la que los marineros ingleses han dado el nombre, bastante menos poético, de Cat Island. Después de llegar hasta Cuba, que tomaron erróneamente por el continente asiático, quizás la misma y legendaria Cathay, Colón volvió por la ruta de Haití. De vuelta a España tuvo una travesía muy difícil y echó anclas el cuatro de marzo de 1493 frente a Sintra, en la desembocadura del Tajo.

En el momento de su triunfo, no olvidó el humilde puerto que en sus momentos de adversidad le había recibido con tanta amistad. Tan pronto como hubo presentado sus respetos al Rey Juan de Portugal, volvió a hacerse a la mar en la Niña, su inestable carabela rumbo al lugar desde donde había partido hacía siete meses y medio. El día 15 de marzo llegó sano y salvo al atolón de la isla de Saltés, y a medio día entró en el pequeño puerto de Palos. ¿Qué lugar de Europa o del mundo puede igualaracontecimientos históricoscomo estos? ¿Qué lugar sería más merecedor de un agradecido homenaje? o, ¿qué lugar tendría más probabilidades para interesar al peregrino inteligente? Cuando los americanos esten celebrando el nacimiento de su continente, cometerían un gran pecado si ignorasen el solitario convento de La Rábida, o el pequeño pueblo pesquero en el que ahora está convertido el histórico puerto de Palos.

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