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El Viaje
y la memoria

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Viaje 7º. Las Minas de Río Tinto

Viaje 7º. Las Minas de Río Tinto

por María Antonia López-Burgos del Barrio

Para ilustrar las impresiones que causaba un viaje a las Minas de Río Tinto a mediados del siglo XIX y principios del XX, hemos escogido los textos de dos viajeros ingleses que visitaron la zona en 1847 y 1903 respectivamente: Robert Dundas Murray y Albert F. Calvert.

El primero de ellos, de cuya vida no se ha podido encontrar ningún dato, es autor de la obra The Cities and Wilds of Andalucia, publicada por primera vez en Londres en 1847. En cuanto al segundo, Calvert, sabemos que nació en 1872 y que fue un escritor de extensa producción literaria que recorrió Australia, América, Islas del Pacífico, Ceilán y España. Su obra Impressions of Spain, que escogemos para ilustrar este viaje a Río Tinto, se publicó en Londres en 1903. Este hispanista recibió del gobierno español numerosos premios y galardones entre otros los de Caballero de la Gran Cruz de la Real Orden de Isabel la Católica, Comendador de la Orden de Alfonso XII, etc.

Río Tinto (Robert Dundas Murray) 

Teleras de calcinación, en: "Rio Tinto Mine", by William Giles Nash. London, 1904.

“A la mañana siguiente, muy temprano Don Ignacio y yo estábamos en nuestras monturas al lado de una fuente en los alrededores del pueblo, esperando a un amigo que había prometido acompañarnos y guiarnos a las minas de Río Tinto. Tan pronto como apareció, enfilamos hacia un camino de herradura que iba cruzando por varias montañas cuyas cumbres eran muy escarpadas y agrestes, y además era tan espantosamente malo que había pasado casi una hora y media antes de cubrir todo el trayecto que no era de más de una legua o cuatro millas. Sin embargo des­de que nos pusimos en camino, se podía ver el punto hacia el que nos dirigíamos puesto que había una fina columna de vapor que salía de forma ininterrumpida des­de aquel lugar y luego se iba extendiendo hacia el sur: este era el humo producido por la calcinación del mineral de cobre antes de ser trasladado a los hornos para su fundición. Cuando nos íbamos acercando a las minas, el paisaje se iba haciendo cada vez más agreste y deprimente; en un punto, al rodear el arcén en una cadena muy rocosa, se levantó ante nosotros una cordillera de un tono rojizo muy intenso en la que todos sus precipicios y peñascos, además de tener formas terriblemente fantasmagóricas, parecían como si estuviesen calcinadas y desgarradas por la im­placable acción del fuego.

Un poco más lejos, pudimos ver el pueblo de Río Tinto situado en un angosto valle formado por la continuación de la cordillera que acabo de mencionar y otra igual de alta. En sus laderas crecían algunos pinos de manera desordenada y tam­bién había algunas zonas cultivadas que compensaban de algún modo el desolado aspecto de la otra, en la que la completa falta de vegetación parecía ser un estigma para siempre. Lo primero que hice al llegar al pueblo fue llevar una carta de pre­sentación, de la cual yo era el portador, al director de las minas; y tan pronto como aquel señor comprendió el propósito de mi visita, se ofreció a acompañarnos a recorrerlas una vez que hubiese oído misa.

 

“Des­de que nos pusimos en camino, se podía ver el punto hacia el que nos dirigíamos puesto que había una fina columna de vapor que salía de forma ininterrumpida des­de aquel lugar y luego se iba extendiendo hacia el sur”.

 

En el ínterin, después de dejarle, fuimos caminando hacia la boca de un pozo del que estaban sacando el mineral. Toda la maquinaria, si es que de hecho merece que la llamemos así, era de lo más burda. Simplemente consistía en un cabrestante en el que había emplazados cuatro hombres que estaban realizando una labor durí­sima sacando cubos llenos de mineral. Cuando una persona de nuestro grupo hizo un comentario al respecto, el trabajador de más edad exclamó amargamente, "Sí, y para ganar seis reales"; y, en verdad, quince peniques era una retribución mínima para el incesante esfuerzo que requería su ocupación.

El director, tan pronto como sus devociones matinales se lo permitieron, nos llevó hacia una puerta en una de las laderas de la montaña sobre la que había colocada una imagen de la Virgen para proteger a todos losque pasaran por debajo. Esta era la entrada para los mineros y para cualquier otra persona. En primer lugar nos encontramos en un largo pasadizo que atravesamos sin ningún problema hasta que llegamos a un pozo, donde ya era necesario descender por una especie de escalera de mano. La galería se encontra­ba perfectamente seca, a excepción de uno o dos lugares en los que se apreciaba bastante humedad y sobre los que habían colocado algunas tablas.

"Minas de Río Tinto.- Perforadora Ciclene.- Filón sur", ca. 1880.

Esta precaución es absolutamente necesaria ya que el agua de las minas está tan impregnada de sulfato de cobre como para corroer y destruir casi todo lo que llega a estar en contacto. Al descender por las escaleras, nos dimos cuenta de que la temperatura iba subiendo de manera apreciable y posteriormente entramos en una alta y abovedada galería, resultado de años y años de excavaciones. El mineral no se encuentra formando vetas, como suele ocurrir en otras minas, sino que está dise­minado en la roca, que aquí forma montañas enteras. De todas maneras, el proceso de extracción es muy simple; no se trata de minería sino de apertura de canteras sin que sea necesaria otra cosa que excavar la roca y enviarla en bloques hasta el horno. Sin embargo, como si se tratase de servir de contrapeso a la facilidad con la que se obtiene, el porcentaje de metal es tan bajo que casi no llega para pagar el trabajo de los mineros; me informaron que el tres por ciento ha sido el máximo obtenido de las rocas más ricas en mineral.

 

“Se levantó ante nosotros una cordillera de un tono rojizo muy intenso en la que todos sus precipicios y peñascos, además de tener formas terriblemente fantasmagóricas, parecían como si estuviesen calcinadas y desgarradas por la im­placable acción del fuego”.

 

En todas las partes de esta espaciosa galería, por encima de nuestras cabezas, y a ambos lados, había bellas cristalizacio­nes de sulfato férrico; éstas se formaban por el agua que se filtraba a través de las grietas de las rocas y que, extendiéndose sobre la superficie interior, depositaba una finísima capa del más delicado azul y blanco que se pueda imaginar. Un poco más allá entramos en una galería lateral en la que la temperatura era como la de un horno y donde había unos cuantos hombres trabajando sudando por cada uno de sus poros aunque se habían despojado de cualquier prenda de vestir que no fuese estrictamente imprescindible. Su aspecto ojeroso y demacrado y sus músculos debi­litados eran suficientes para darnos cuenta de lo insalubre de su ocupación y lo cara que estaban pagando su existencia. La principal atracción de la mina, sin embargo, es su río de sulfato de cobre, sin el cual es cuestionable si no se habría abandonado la explotación. Las aguas fluyen de la mina desde dos o tres puntos distintos y se recogen un poco por debajo del pueblo formando una corriente hacia la que diri­gimos nuestros pasos para poder contemplar la silenciosa formación del cobre por un proceso que debemos a los avances de la ciencia.

Interior de la mina. Veta sur. En "The Rio Tinto Mine" by William Giles Nash. London, 1904.

A lo largo del lecho del río se había colocado una artesa de madera sobre la que fluían las aguas. Sobre la artesa se colocan planchas de hierro. Por afinidad química es innecesario explicar que las partículas de hierro se corroen tanto como para ser reemplazadas por las de cobre, que, una vez que se refinan, dan entre setenta y ochenta por ciento de metal puro. Tan pronto como se observa que una plancha está completamente trasmutada, se quita y se sustituye por otra de manera que el procedimiento esté continuamente funcionando. Nuestro guía levantó una de las tapas colocadas para evitar que sus­tancias extrañas caigan sobre las artesas y nos mostró para que lo viésemos el cobre en el fondo, manteniendo la forma original de las planchas de hierro, y por la fuerza de la corriente tan bruñido y brillante como sería imposible que se pudiese hacer a mano. Al coger un trozo en la mano se desmoronó convirtiéndose en polvo, y cuando estaba seco, era difícil distinguirlo del óxido de hierro. El agua, casi no es necesario decir, era intensamente ácida, de ahí que este río se llame el "agua agria".

Más abajo, se utiliza para mover una rueda que se emplea en la fundición, en la que toda la maquinaria estaba construida de la forma más simple y más rudimentaria. Una parte considerable del cobre se envía a Sevilla donde se utiliza en la fundición de cañones y una cantidad un poco menor va a Segovia con el fin de que salga en forma de monedas. El principal obstáculo, sin embargo, para la explotación rentable de la mina radica en la escasez y consecuente carestía del combustible. La madera que se utiliza principalmente, aunque no es la única, es la madera de pino que se trae hasta la mina a lomos de acémilas desde bastante distancia: los lugares más cercanos para conseguir este tipo de madera se agotaron hace ya mucho tiempo mientras que el espíritu falto de previsión tan característico de este país no se ha molestado en plantar bosques en el lugar que han dejado vacío los árboles que el hacha ha echado abajo. Recientemente ha subido el precio de la madera debido a la gran distancia desde la que tiene que ser transportada; y si se diera el caso de que hubiese otra subida, el efecto sería completamente ruinoso para la mina.

 

“Toda la maquinaria, si es que de hecho merece que la llamemos así, era de lo más burda”.

 

Mon­tando nuestros caballos seguimos las curvas del camino hasta que este nos llevó a Planes donde hay una fábrica de sulfato ferroso cristalizado llamado copperas, cuya fabricación se realiza por medio del hervido y evaporación del agua agria. Aquí en el otro edificio todo era primitivo y rudimentario; el combustible era la maleza de los alrededores. Echaban haces de leña de vez en cuando bajo algunos peroles de cobre en los que se calentaba el líquido; en otra esquina, había algunas cubas provistas de una serie de palos sobre los cuales, cuando se enfriaban se cristalizaba el sulfato ferroso”. 

 

Las minas de Río Tinto (Albert F. Calvert) 

“Capitalistas extranjeros están embarcados en un proyecto que hasta ahora ha llamado la atención de pocos ingleses y, de hecho, hasta muy recientemente los ingleses sólo han tenido una idea vaga de la magnitud y riqueza de los yacimientos minerales de España. Los franceses se dieron cuenta de esto hace mucho tiempo e intentaron explo­tarlas aunque de un modo poco entusiasta y mezquino y el éxito alcanzado sólo fue mediocre. Las empresas autóctonas resultaron ser incluso menos satisfactorias y el intento del Gobierno de explotar las mundialmente famosas minas de Río Tinto su­puso un completo fracaso y la venta de la propiedad en pública subasta en 1873.

El paisaje desarbolado de Río Tinto, al fondo el pueblo británico de Bella Vista, 1897.

Las minas de Río Tinto, al igual que las de Tharsis, fueron explotadas exhaustiva­mente por los romanos y fue tan perfecto el proceso de fundición que adoptaron, que en el montón de antigua escoria que hay en la superficie difícilmente se puede encontrar el menor rastro de cobre.

Tanto los fenicios como los cartagineses explotaron la propiedad de Río Tinto antes de la llegada de los romanos y sus galerías y pozos se encuentran en cualquier dirección y a cualquier profundidad que los contemporáneos hayan explorado. En especial, en la veta norte hay gran cantidad de pozos y enormes montones de escoria, siendo esta última prueba un signo inequívoco de la gran envergadura de sus procesos de fundición. En esta veta también se pueden ver vestigios, ahora casi destruidos completamente, de un pueblo y un cementerio romanos, mientras que en todo lo alto del Cerro Salomón (a 3.000 pies) se encuentran los contornos de un recinto fortificado que cubre una gran superficie.

 

“Como si se tratase de servir de contrapeso a la facilidad con la que se obtiene, el porcentaje de metal es tan bajo que casi no llega para pagar el trabajo de los mineros”.

 

Desde el tiempo en que la ocupación romana se desintegró por las incursiones de los visigodos hasta mediados del siglo décimo sexto, Río Tinto cayó en el más completo olvido. Los moros, aparentemente nunca le prestaron atención. Bajo Fe­lipe II se hizo un intento de reabrir las minas, pero el proyecto fracasó y durante otros dos siglos más la propiedad permaneció abandonada. En última instancia, en 1 725, fueron arrendadas a un sueco llamado Liebert Wolters y la propiedad revirtió a la corona en 1783. El Gobierno al principio arrendó las minas pero los resultados terriblemente insatisfactorios de este acuerdo los indujo durante un tiempo a asu­mir la dirección. Las pérdidas para el Gobierno fueron tan cuantiosas que en 1872 las vendieron por 4.000.000 de libras a un grupo de capitalistas que se constituye­ron como la actual Compañía Minera de Río Tinto.

Esta compañía ha explotado la propiedad a gran escala y de acuerdo con las técnicas que establece la ciencia mo­derna. Se ha construido una línea férrea hasta Huelva, una distancia de cincuenta y tres millas que concluye en un muelle de casi media milla de largo en el Río Odiel. Este muelle está formado por dos plantas que se usan respectivamente para cargar y descargar. Tiene diez líneas de raíles en fondo y por arriba, en algunos tramos de su sección, y en él pueden atracar con toda facilidad cinco grandes vapores. El mineral para la exportación se trae desde las minas y se mete directamente en las bodegas de los barcos. La cantidad de piritas extraídas en 1901 fue de 1.928.776 toneladas de las que 633.949 toneladas se exportaron. El azufre embarcado ese año fue de 119.683 toneladas y en las minas se obtuvieron y se trataron 21.100 toneladas de cobre. De la mena que no se exporta una parte se convierte en cobre por medio de un proceso de cementación y lo que queda por fundición. Los gases azufrados emitidos por el calentamiento, algo que es un primer paso necesario en algunas de las fases del tratamiento, despojaron las montañas circundantes de cual­quier tipo de vegetación antes de que la compañía comenzara la explotación y en la llamada montaña de los Pinos no ha crecido ni un sólo árbol desde hace treinta o cuarenta años.

 

“En las minas de Río Tinto hay casi cincuenta millas de raíles de superficie y más de diez millas bajo tierra y están todos disponibles para el tráfico de locomotoras”.

 

En las minas de Río Tinto hay casi cincuenta millas de raíles de superficie y más de diez millas bajo tierra y están todos disponibles para el tráfico de locomotoras.

A todas las galerías subterráneas se llega a través de accesos que se han ido abriendo en la ladera a distintos niveles. Casi cincuenta locomotoras se emplean diariamente en estas minas, aparte de las que se utilizan para el tráfico con Huelva. El pueblo original ha crecido muchísimo y la compañía ha construido tres o cuatro aldeas separadas para alojar al gran número de trabajadores que pueden llegar a sumar entre 10.000 y 11.000 personas. Se han abierto tiendas para satisfacer las necesidades de los trabajadores, se han fundado escuelas y se han construido hospitales tanto en Huelva como en las minas y se mantienen cuarenta guardias armados, reclutados de entre la Guardia Civil, para mantener el orden y proteger la propiedad. La compañía también ha construido varios pantanos para almacenar agua, algo de suma importancia en la minería del cobre. El más grande, con una superficie de dos veces el Serpentine, tiene una profundidad de setenta pies y una capacidad de 2.570.000 toneladas, o 575.000.000 galones. Estas cifras dan una idea aproximada de lo enorme de la empresa e incluso se puede añadir otra, a saber, los ingresos de la compañía que el año pasado sumaron más de 1.800.000 libras. De esta suma más de 1.750.000 libras esterlinas fueron beneficios sobre la venta del producto.

Grupo de trabajadores de Río Tinto, ca. 1890.

Las minas de Tharsis, aunque no son una propuesta tan sorprendente como las de Río Tinto, son una propiedad bastante notable. Parece que han estado práctica­mente abandonadas desde el tiempo de los romanos hasta 1865 y no se han explo­tado con ganancias hasta que fueron adquiridas por la actual compañía escocesa. Desde entonces, sin embargo, se ha extraído una gran cantidad de mineral y el año pasado una producción total de unas 400.000 toneladas de metal dio un beneficio de más de 320.000 libras.

Las minas están conectadas por medio de un ferrocarril de veintiocho millas de longitud con un muelle de carga en Corrales, a corta distancia de Huelva en el margen del río que está frente al Odiel. Un magnífico muelle de hierro de 765 yardas de longitud permite cargar directamente en los barcos la mena preparada para la exportación. En la actualidad las minas de Tharsis y las del Lagunazo están dando unos rendimientos de mineral de cobre considerablemente menores, pero en las minas Las Calañas la producción se está incrementando a un ritmo constante y la incesante exploración en esta zona de la propiedad ha revelado, además de los recursos minerales que ya se ha comprobado que pueden ser provechosamente tratados para la producción de cobre, una gran concentración de mineral de bajo grado que, aunque comparativamente pobre en cuanto a cobre se refiere, es muy abundante en azufre.

 

“El pueblo original ha crecido muchísimo y la compañía ha construido tres o cuatro aldeas separadas para alojar al gran número de trabajadores que pueden llegar a sumar entre 10.000 y 11.000 personas”.

 

Tanto las minas de Río Tinto como las de Tharsis se han contemplado con toda la razón como las minas más importantes de España y, por supuesto, la primera puede mantener su posición entre las principales minas del mundo y, aunque es poco probable que cualquier otra propiedad minera española pueda rivalizar con esta maravilla cuprífera, hay muchas que si estuvieran gestionadas de una forma verdaderamente científica, se vería que podrían ser relativamente igual de ricas y rentables.

Lo que se requiere en España es dinero para desarrollo y cerebros para dirigir las operaciones. Se ha demostrado la existencia de minerales y en particular la existen­cia de cobre y, ahora que en estas minas se está invirtiendo el capital inglés lenta­mente pero en cantidades cada vez mayores, se puede esperar con toda seguridad una tremenda reacción en el sector en esta parte del mundo. Desde hace uno o dos años un gran número de propiedades prometedoras han sido adquiridas para los mercados ingleses y en todos los casos los resultados de la reapertura de las minas han hecho que se vean más que cumplidas las expectativas de los propietarios”.

*Imagen de cabecera: Interior de la mina. Veta sur. En: The Rio Tinto Mine by William Giles Nash. London, 1904.

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