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El Viaje
y la memoria

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Viaje 8º. Dora Quillinan en la Granada de 1845 (I)

Viaje 8º. Dora Quillinan en la Granada de 1845 (I)

por María Antonia López-Burgos del Barrio

Dora Quillinan (1804-1847) fue la segunda esposa del poeta Edward Quillinan, con el que se casó después del fallecimiento de su primera esposa a causa de unas terribles quemaduras. Segunda hija de William Wordsworth, para diferenciarla de su tía paterna Dorothy la solían llamar Dorina. Entre 1845 y 1846, debido a su delicada salud, el matrimonio viajó durante un año por Portugal y España, de cuyo viaje surgió un libro encantador A Journal of a Few Months' Residence in Portugal, and Glimpses of the South of Spain[1], dedicado a sus padres. Este diario, como ella misma dice en el prólogo, lo escribió solamente para uso de sus amigos. 

En los últimos poemas de William Worsworth hay repetidas referencias a Dora, en particular, junto a Edith Southey y Sara Coleridge en The Triad.

“…A menudo nuestro camino va por un descampado arenoso, donde cada uno podría elegir una nueva vereda cada día y todo esto. ¡Sólo a unas cuantas millas de Granada! Fue como una mortificación perdernos la llegada a esta ciudad de canción y romance. Sólo vi los bosques y los cipreses y nada más, pero oí los ruiseñores. 

 

“Tomamos un desayuno de mesa redonda, realmente de mesa redonda, ya que aquí no solamente el posadero, sino su mujer y sus niños, se sientan con sus huéspedes”.

 

Llevaron nuestras bolsas de viaje a la aduana cerca de donde paró la diligencia y, aunque literalmente sólo llevábamos una bolsa por persona y dos o tres cestos pequeños, pasó toda una hora antes de que nos pusieran en libertad. Desde un primer momento vimos el juego. Los inspectores querían un soborno, que nosotros no estábamos dispuestos a dar, por lo que nos sentamos tranquilamente y los dejamos remover cada una de las medias y los pañuelos, uno por uno, cosa que ellos hicieron lo más lentamente posible. Por fin me entró la risa justo cuando comenzaron a revolver la última bolsa de la misma forma deliberada. El soldado que lo estaba haciendo, creo que se dio cuenta de lo absurdo del procedimiento y de buen grado se unió a las risas, cerró la bolsa e hizo señas al portero para que se la llevara. Nos dirigimos al "León dorado" en la misma plaza. La casa tenía un aspecto de lo más poco confortable; no había nada preparado, no tenían camas guardadas y para algunas de las habitaciones aún tenían que llevar los muebles. Pedimos un té; por fin llegó, y por fin las habitaciones estuvieron listas. Cuando me tumbé comprobé que mi cama estaba muy limpia y era muy cómoda y sin ningún tipo de criatura que me molestara mientras descansaba. Así, de ese modo terminó este día largo y para mí lleno de incidentes –la comprensión de cosas oídas con un estremecimiento– de escenas y lugares de los que había leído con el más vivo interés y de ensoñaciones que me habían obsesionado desde mi más tierna infancia.

"Old buildings on the Darro. Granada", by Luke Taylor. London, ca. 1850.

 

Granada, Lunes 4 de Mayo.

¡Qué mañana más bonita y qué vistas he contemplado desde el tejado de la casa! Ni pluma ni lápiz pueden dibujar tal paisaje. ¡La Alhambra!¡La Vega! ¡La Sierra Nevada! Todo todo ante mí, y la ciudad a mis pies con sus arboledas y fuentes. Tomamos un desayuno de mesa redonda, realmente de mesa redonda ya que aquí, no solamente el posadero, sino su mujer y sus niños se sientan con sus huéspedes. Para el desayuno te puedes sentar cuando quieras y tomar lo que te apetezca: té, café o chocolate; pan y mantequilla (tal cual), y huevos, o incluso una comida aún más fuerte, con vino. El precio es el mismo, tomes lo que tomes y, como en las posadas del resto de España, pagas cada día dos dólares por cabeza. Para la comida, por supuesto, tienes que aparecer a la hora convenida, que aquí eran las cuatro en punto, y compartir lo que quiera que hubieran preparado. La mesa no se pone con demasiado orden, pero todo está bueno y el pan es excelente.

 

“Algunas de estas casas que cuelgan sobre el río, justo donde lo cruza un puente de un sólo arco, muy antiguo y de forma muy afortunada, habría sido un modelo muy bonito y típico para dibujarlo”.

 

Algunos de los del grupo estaban demasiado aturdidos a causa del traqueteo de la diligencia, por lo que les recomendaron que se quedaran en reposo todo el día; yo también me quedé en la casa, ya que la Alhambra se encontraba cerrada debido a un "levantamiento" que había tenido lugar en Granada dos días antes de nuestra llegada, cuando muchos de los "cabecillas" –entre treinta y cuarenta de ellos- fueron detenidos y enviados a prisión en la Alhambra. Yo me pasé el día bastante al estilo oriental "en todo lo alto de la casa" y me divertí mucho escuchando los sonidos que venían de abajo; no sonidos provenientes de la calle sino sonidos de la posada –niños chillando, perros falderos ladrando, dos loros pavoneándose por toda la casa a su antojo, unas veces imitando el ladrido del perro, otras soltando sus propios chillidos selváticos, corderos balando, canarios cantando, gallos y gallinas cacareando, pollitos piando, mujeres lavando y parloteando en el patio, los hombres metiéndose con ellas con lo que los americanos llaman soft sawdor (en inglés británico: piropeando) desde las ventanas de abajo; el patrón y la patrona llamándoles la atención para que se ocuparan de sus propios asuntos. Me dediqué a escuchar las campanas que han estado sonando durante la última media hora sin que nadie les prestara atención y las campanillas de las mulas que están continuamente pasando por la calle. Pero incluso, con toda esta confusión y toda esta falta de limpieza y orden, ya que estos bípedos y cuadrúpedos se pasean por la casa a su antojo, me gusta mucho nuestro alojamiento. Hay algo muy agradable en el bondadoso patrón; primero se ganó mi corazón por el orgullo con el que me mostró las magníficas vistas que se pueden ver desde lo alto de su casa. Luego, también su esposa, gorda y sonrosada, es tan atenta... y la hija mayor con un aspecto tan dulce y unos modales tan naturales, y la desastrada criada, a su manera, está bastante deseosa de asegurarnos que estemos cómodos.

"Danses et costumes de Grenade", de Joseph-Philibert Girault de Prangey. París, 1836-1837.

Siempre se cenaba a las nueve en punto en el comedor de huéspedes para los que así lo deseaban; nosotros preferíamos té o café en nuestro propio cuarto de estar, y tanto el té como el café eran muy buenos, aunque al principio tuvimos bastante dificultad para hacer entender al camarero que se necesitaba una tetera para preparar el té; y cuando por fin apareció el imprescindible artilugio, estaba lleno de agua templada y esperaban que le echáramos el té dentro. Supongo que el hombre sería nuevo en este oficio.

 

“La Alhambra debe ser visitada también en un día de mayo, tal y como el que nosotros disfrutamos, si se quiere entender y sentir el espíritu del lugar”.

 

Era un día radiante, un día hecho para la ocasión, el que nos encontramos un poco después de las ocho de la mañana, en nuestro camino hacia la Alhambra. Fuimos atravesando calles estrechas, trazadas de forma irregular y no muy pintorescas, hasta que llegamos a una por la que corre el Darro. Aquí vimos el aireado mirador (con su tejado voladizo sostenido por esos graciosos arcos árabes surgiendo de dos delgadas columnas), los balcones y las galerías de madera, que están tentando al que lleva un cuaderno de dibujo, algo que no se puede abrir sin ofender en las ciudades españolas. Algunas de estas casas que cuelgan sobre el río justo donde lo cruza un puente de un sólo arco, muy antiguo y de forma muy afortunada, habría sido un modelo muy bonito y típico para dibujarlo. Al salir de esta calle se entra en una gran plaza que a esta hora tan temprana de la mañana estaba llena de tenderetes o mesas donde hombres y mujeres estaban atareados dedicados a comprar y vender frutas y verduras. Nos costó trabajo pasar con nuestros burros por entre los rebaños de cabras que casi cubrían el suelo, descansando, supongo, después de que las llevaran hasta allí desde el campo para ser ordeñadas.

Saliendo de esta plaza se llega a la Calle de Gomeles, una calle empinada que se cierra por la puerta de las Granadas. Se pasa por debajo y se encuentra uno de repente en un espeso y sombrío bosque con anchos paseos que se dividen en tres direcciones y cada uno lleva diferentes partes del palacio encantado. Nosotros fuimos por la parte central. Los ruiseñores estaban cantando a nuestro alrededor como jamás los había oído cantar. Parecía como si cada rama albergara un pájaro cantor. ¡Qué coro de dulces voces!

"Jardin du Généralife", lith. de Benard et Frey. París, ca. 1850.

El Darro corría por debajo a nuestra izquierda y las fuentes por todas partes nos enviaban su fresca y borboteante canción. Esta deliciosa sombra, la dulce música y la refrescante armonía de aguas no te abandonan hasta que se llega a la gran entrada de la Alhambra: La Torre de la Justicia. Aquí giramos a nuestra derecha y continuamos durante un poco más de tiempo bajo esta deliciosa sombra, ya que primero visitamos el Generalife.

En este lugar, uno de los más interesantes, vimos con toda certeza a vulgares yeseros en el mismísimo momento en el que estaban, flagrante delicto, embadurnando completamente las delicadas tracerías con un vulgar blanqueado, mientras que un caballero joven, que nos lo presentaron como el propietario, estaba contemplando complacido el proceso que a mí casi me deja sin respiración y que consistía realmente en hacer desaparecer por completo las magníficas tracerías de estuco. Pero, para una descripción del Generalife, digo lo mismo que dije en Sevilla y se debe decir en cualquier dirección en que se mire en España -consulte el Hand-book[2] de Ford. En éste encontraran una magnífica y exacta descripción de las galerías, pilares, arcos, flores, fuentes y jardín, con el Darro reluciente que fluye en medio con su propio esplendor, ya que el agua está protegida del ardiente sol por arcos de arboledas de hojas perennes. La vista desde la galería es gloriosa.

La Alhambra, –grandiosa en su simplicidad externa–, surgiendo de un cinturón de árboles en un primer plano y, asomándose a la ciudad y sobre toda la Vega, un valle de treinta millas de largo por veinticinco de ancho y cerrado a cada lado por una noble cordillera, la Sierra Nevada a la cabeza, la garganta de Loja a los pies. Algunos cipreses, tan viejos como del tiempo de los moros, son el orgullo de este jardín. Yo medí uno y comprobé que tenía cuatro yardas de circunferencia media yarda por encima del suelo, y más arriba, donde el tronco se había hinchado formando enormes excrecencias, era bastante más grueso, tal y como se puede ver en los viejos robles,

Subimos a una moderna casa de verano construida en la parte más alta del terreno. La vista que se obtiene desde aquí es más extensa que la vista desde abajo, pero no tan bonita. Desde aquí nos contentamos con mirar a la Silla del Moro; como hacía muchísimo calor, ninguno de nosotros nos atrevimos a trepar por ese trozo de monte baldío, con un sol tan ardiente cayéndonos sobre las espaldas.

 

“El aire perfumado por las flores, naranjales y limonares; la higuera que proporciona tan buena sombra, la parra trepadora, el ciprés que busca el cielo (…) y los ruiseñores, cantándote por todos lados”.

 

Bajamos la colina y entramos en la Alhambra por el Patio de la Barca[3], que Ford dice que debe ser Berkah -patio de las bendiciones; y desde allí al Patio de los Leones. Pero aquí también debemos, tanto yo como mis lectores, referirnos a Ford. Su descripción es tan exacta como sólo puede hacerla un ojo paciente y observador, con tiempo y oportunidad de estudiar y sobre todo, con un conocimiento científico de su materia. Y ya que una pluma como la de Ford y dibujos como los que yo he visto, pueden ofrecer una imagen bastante más distinta de la forma y estilo del lugar, la Alhambra debe ser visitada también en un día de mayo tal y como el que nosotros disfrutamos, si se quiere entender y sentir el espíritu del lugar.

Altas como eran mis expectativas, la realidad superó con creces todo lo que mi fantasía había imaginado de columnas en forma de palmera, arcos de medio punto, techos abovedados con maravillosa decoración de estalactitas perfectas y muros cubiertos por el más bello calado, suelos de mármol y fuentes juguetonas en el centro de casi todas las salas. Yo no estaba preparada del todo para la extraordinaria belleza natural que rodea este maravilloso palacio. Las vistas desde las distintas salas son deliciosas, en especial la vista desde la ventana de la Sala de Dos Hermanas que es la zona más exquisita. Y ¡qué encantado ajimez desde el que mirar hacia abajo tal panorama! Qué vistas tan magníficas también desde la galería abierta que conduce al tocador –el vestidor de la sultana; y sobre todo desde la Torre de la Vela, sobre la que la bandera cristiana fue enarbolada por primera vez y podía ser contemplada desde Sierra Nevada hasta Loja, por todos los habitantes de esa basta y rica llanura o por toda la cordillera que protege el valle. Y ¡qué guardiana es Sierra Nevada, levantando su cabeza completamente blanca hacia los mismísimos cielos!

Toda esta belleza sublime en la distancia, se mezcla con la gran dureza y aridez de las montañas más bajas; y justo a la mano tienes todo lo dulce y bonito, lleno de gracia y delicadeza. El murmullo de las fuentes y la gracia que tiene este murmullo bajo un sol español. El aire perfumado por las flores, naranjales y limonares; la higuera que proporciona tan buena sombra, la parra trepadora, el ciprés que busca el cielo; los áloes y chumberas y tantas otras plantas curiosamente bellas, sin hablar de las flores y arbustos incluso más apreciados por el ojo inglés, ya que se les saluda como amigos ingleses. (Y luego los ruiseñores! cantándote por todos lados. Puedes subirte a la torre que desees, salir a donde quieras, y allí seguro que te llega su entusiasmada música. 

"Patio de los Leones", de Bachelier.

Nada puede ser una prueba más fehaciente del maravilloso efecto de la peculiar belleza de la Alhambra que el absoluto disgusto con el que, al salir de este palacio encantado, involuntariamente apartas la mirada de ese enorme y pomposo edificio sin terminar que Carlos V pretendía como palacio que eclipsara la belleza del primero. Gran parte de la Alhambra fue derribada para hacer sitio para este basto monstruo que tiene bastante menos derecho de afinidad con su vecino árabe que un caballo percherón con uno árabe.

Permanecimos paseando por la Alhambra, yendo de habitación en habitación y de patio a patio y siempre pensando que lo último que habíamos visto era lo más mágico, con una excepción, la mezquita que me desagradó. Aunque no fue construida para soportar el peso de ese feo altar en la parte del fondo y esa horrible y cursi galería para la orquesta en la otra parte, la hornacina en la antesala, donde se ponía el Corán, es quizás debido a su tamaño, la muestra más exquisita de trabajo de estuco de todo el edificio. Pero, aunque toda esta decoración de escayola es tan bonita, lo que más me gusta es la delicadeza de los arcos y pilares de deslumbrante mármol blanco, los tejados planos y los cónicos, y los suelos y fuentes, y… ¿qué no?

 

“Lo que más me gusta es la delicadeza de los arcos y pilares de deslumbrante mármol blanco, los tejados planos y los cónicos, y los suelos y fuentes, y… ¿qué no?”

 

La austera simpleza de esas torres lisas cuadradas y torretas tienen un encanto indescriptible. (Y qué aspecto tan bello tiene el edificio desde la Alameda del Darro, coronando el boscoso precipicio a cuyos pies el Darro corre a hablarle a la ajetreada y bochornosa ciudad del frescor y tranquilo silencio de la Alhambra!

Nos vimos obligados demasiado pronto a hacer lo que el Darro: -apresurarnos hacia la ciudad porque el reloj estaba dando las cuatro.

Después de comer salimos otra vez a ver la puesta de sol desde la ermita de San Miguel que se encuentra en lo alto de un cerro que se levanta por encima de la parte vieja de la ciudad y que es considerablemente más alto que la colina en la que está construida la Alhambra. Así pues, desde la explanada de la ermita se puede obtener una vista perfecta de este gran edificio dándole la vuelta al monte, subiendo y bajando por los desniveles del terreno. Queda un trozo bastante extenso de las viejas murallas que un forastero puede abarcar de un vistazo. La enorme extensión de terreno que cubría el palacio, sus jardines, etc.

"Granada. Carrera del Darro", De George Vivian. London, 1838.

Nuestro camino hasta San Miguel nos llevó a través de la mayor parte de la ciudad antigua donde casi todas las casas son árabes y, donde cada uno de los pozos es un pozo árabe, de construcción muy sencilla, hecho de ladrillo o piedra, bastante parecido a las colmenas con una puerta grande. Casas árabes y pozos árabes; pero ¡qué contraste presentan estas casuchas de ladrillo y mortero, de aspecto ruinoso, con los palacios de mármol y fuentes de Sevilla! Y también son árabes. Ford explica esto, que de otro modo para mí habría sido un rompecabezas: "Granada fue construida por refugiados empobrecidos y derrotados, no como Sevilla, que lo fue por los árabes con todo su próspero orgullo". Pero ¿qué moro se alojó alguna vez en España de forma más orgullosa que el Señor de la Alhambra?

No fuimos particularmente afortunados con nuestra puesta de sol; pero bajo cualquier circunstancia esta vista bien merece arrastrar las piernas o sacar el monedero que se requiere para llegar hasta aquí. De algún modo la vista es mejor que la que se contempla desde la Torre de la Vela: se tiene la perspectiva de las nobles montañas por detrás, por entre el barranco y más allá, se ve hasta la zona donde el Darro tiene su nacimiento.

Nos encontramos a nuestro paso con rebaños de cabras que bajaban de las montañas a la ciudad. Algunos de la tribu parece que viven completamente en las calles, ya que, a cualquier hora que salgas estas segura de que los verás descansando bajo las sombras de las casas o alimentándose de hortalizas o de ramas de árboles que crecen junto a la puerta.

Hoy, a la hora de la cena, tuvimos el placer de haber estado acompañados por el amigo del Teniente Coronel de la diligencia, que se encontraba arrestado, y le oímos decir a su amigo que el Teniente Coronel también estaba en Granada.

 

“No fuimos particularmente afortunados con nuestra puesta de sol; pero bajo cualquier circunstancia esta vista bien merece arrastrar las piernas o sacar el monedero que se requiere para llegar hasta aquí”.

 

Era primo del oficial que fue asesinado a tiros y por tal motivo fue interrogado para la investigación. Los hechos fueron los siguientes: un coronel, Don Rafael Fulano –ya que no me quedé con el apellido–, mientras paseaba por la Alameda, había recibido un tiro de manos de un hombre, que cuando le mostró la pistola dijo: "Esta es la muerte que deben tener los tiranos". El asesino escapó, pero se supone que era un oficial prusiano al servicio del ejército español. En aquel momento no se pensó que el oficial al que dispararon, estuviera herido mortalmente, pero murió unos cuantos días después de nuestra salida de Málaga, como pudimos comprobar por la prensa. Se decía que era un Martinete y personalmente poco apreciado por los soldados que el mandaba. Esto podía ser verdad o no; aunque no se puede evitar pensar que había algo de movimiento político en el fondo de todo esto, viendo que hubo un levantamiento simultaneo en Granada; y cuando llegamos aquí, nuestro coche fue acosado por gente, todos ansiosos de escuchar algo sobre el estallido en Málaga, cuyos rumores ya les habían llegado.

Yo no sé cuantos prisioneros cogieron en Málaga ya que en Granada dieciséis personas fueron expulsadas enviadas a distintas zonas del reino. La desbandada general a través de las estrechas calles de Málaga, cuando nosotros nos encontrábamos en la tienda comprando figuras, se debió a que soldados y gentes del pueblo iban corriendo, persiguiendo al asesino, el cual, al abandonar la Alameda, cruzó la gran plaza y corrió por las calles abajo. La Alameda se encontraba abarrotada a la hora en que dispararon al Coronel mientras estaba tranquilamente paseando con el General y otros militares, entre las damas y damiselas que estaban inhalando el olor de piropos y cigaritos de labios de sus admiradores. 

 


[1] Dora QUILLINAN, nacida WORSWORTH Journal of A Few Months' Residence in Portugal and Glimpses of the South of Spain. Edward Moxon, London, 1847. (2 vols. xvi+242 y 247) 

[2] Ford, R. Hand-book for Travellers in Spain and Readers at Home. London 1845.

[3] Este patio ha recibido nombres distintos, entre ellos: de la Alberca, de los Arrayanes, del Estanque o de Comares, y de este, se pasa a la Sala de la Barca.

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