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El Viaje
y la memoria

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Viaje 9º. Dora Quillinan en la Granada de 1845 (II)

Viaje 9º. Dora Quillinan en la Granada de 1845 (II)

por María Antonia López-Burgos del Barrio

7 de mayo 

Un día nublado. El sol apareció antes de las diez en punto. Nosotros fuimos a la Catedral. Estaba cerrada, pero la puerta de la Capilla de los Reyes estaba abierta, y esto era lo que teníamos más ganas de visitar. Está dividida en dos partes por una reja de hierro muy bonita cuya puerta se mantiene cerrada; así pues, solamente pudimos mirar a través de esta bella cancela de hierro e ir preparándonos para lo que teníamos esperanza de poder examinar otro día: el altar, las tumbas de Isabel y Fernando, y todo lo de interés guardado dentro de estos estrechos muros. 

Paseamos alrededor de la Catedral -realmente alrededor, ya que en el lado tiene adosadas casas sucias y de aspecto pobre-, con lo cual es imposible que alguien se pueda acercar. El exterior es el de un edificio feo y pesado; la única zona que pude admirar fue la Capilla Real, y la parte que sale en ángulo recto desde esta. Hay una galería en la parte más alta con arcos circulares y horribles columnas. 

 

“Cuatro o más platos repletos de aceitunas estaban siempre sobre la mesa y pude observar como los españoles estaban constantemente extendiendo sus tenedores hacia estos platos”.

 

El palacio arzobispal es un edificio lúgubre, a pesar de los recuerdos agradables de Gil Blas. Cruzamos la Plaza de Vibarambla y vimos el arco árabe. Esta plaza, en un tiempo famosa por sus Juegos de Cañas y corridas de toros, hoy está convertida en mercado y aquí se hace la Fiesta del Corpus Christi. Se estaban llevando a cabo los preparativos: casetas, balcones, etc. Abundaban las frutas excelentes y las verduras: guisantes, habas, tomates, alcachofas, pepinos, calabacín, naranjas, limones, fresas, cerezas y albaricoques. Los albaricoques son deliciosos; las fresas iguales en aspecto y sabor a nuestras fresas silvestres de montaña, pero más grandes. 

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Pasamos caminando por el Zacatín, la calle de las tiendas de Granada, con sus arcos como los de Burlington[1], con la gran diferencia de que el pasaje no tiene otro techo que el cielo y que las tiendas a ambos lados de la calle no tienen puertas ni ventanas. No soy lo suficientemente exacta al decir “sin otro techo” ya que, mientras que el tórrido sol está en todo lo alto, el Zacatín está cubierto con un toldo. La primera vez que lo vimos era un día nublado, momento en el que esta protección no era necesaria. Aquí uno se puede encontrar con las mejores cosas. Nosotros íbamos a la búsqueda de abanicos españoles. El dependiente nos aseguró, con franqueza, que en este momento no podríamos encontrar ninguno en Granada. El tenía muchos abanicos, que nos enseñó, pero estos, como los demás, estaban pintados en Francia para el mercado español. Un hombre en Vibarambla insistía en que sus abanicos eran completamente españoles; pero contaban su propia historia de forma demasiado penosa como para que nosotros nos los lleváramos.

 

“En la sacristía de la Capilla Real se conserva la espada, el cetro y la sencilla corona de oro de Fernando; tuvimos en nuestras manos todo esto”.

 

Nuestra cena en el hotel es muy divertida; caras nuevas cada día y dos o tres ya conocidas que siempre nos alegramos de volver a ver. Un caballero anciano que se sienta cerca de ----, con un rostro muy saludable, es tan silenciosamente atento que me gustaría hablar con él y decirle lo complacida que me siento. Hay otro cliente habitual con el que también me encantaría hablar, un joven con un gran bigote negro y al que yo diría: "No es de caballeros sentarse con el sombrero puesto y fumar durante todo el tiempo en que no está comiendo, cuando hay señoras cenando en la misma mesa que usted".  

Nuestra cena se compone de lo siguiente: sopa; luego verduras; luego un plato con una especie de salchicha y tocino; luego hervido; luego algún tipo de estofado o cocido, normalmente aliñado con salsa de tomate; a esto le sigue pescado cocido; luego llegan las alcachofas aliñadas con aceite, no muy buenas; luego carne asada; y luego algunas aves también asadas: pollo o perdices, o codornices, o alondras, o patos salvajes, o yo no sé qué; luego pescado frito y, a menudo, después de todo esto, nos traían anchoas. Luego nos ponían el postre en la mesa y con él algún plato dulce de repostería o natillas y al mismo tiempo "queso para los ingleses".  

Cuatro o más platos repletos de aceitunas estaban siempre sobre la mesa y pude observar como los españoles estaban constantemente extendiendo sus tenedores hacia estos platos. La bella hija del patrón se las come con todo y realmente creo que su tenedor visita el plato de las aceitunas más a menudo que el suyo propio. Todos los platos eran platos blancos pequeños, no mayores que los "platos para el queso" ingleses. Donde hacen falta tantos, es acertado tenerlos todos pequeños... ¡bastante más conveniente! 

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Por la noche llovió mucho y aún seguían cayendo chaparrones cuando salimos a las nueve en punto rumbo a la Catedral. Estaban diciendo misa. El sonido del órgano fue magnífico en este edificio que ciertamente no es un templo humilde a pesar del terrible mal gusto en la decoración, en especial en el blanqueado de las tallas en piedra y las columnas; ni siquiera el noble arco del "coro" se había escapado. Esperamos a que terminara la misa y luego tuvimos bastante suerte al encontrarnos con un conocido del comedor, que había venido hasta aquí con la misma misión que nosotros: ver la Catedral. Era amigo de uno de los canónigos y ambos nos invitaron cortésmente a unirnos a su grupo, por lo que, debido al afortunado incidente y al valioso libro de Ford, nosotros lo vimos todo: las vírgenes talladas y policromadas de Cano, y otras pinturas del mismo artista en la sacristía; los espléndidos ropajes del cura, la capilla de San Miguel y la capilla que hay enfrente de esta; las pinturas de la vida de la Virgen sobre el altar mayor, las estatuas de Fernando e Isabel, y lo más interesante de toda la catedral, la capilla donde ellos y sus descendientes, de dos generaciones, están sepultados. Examinamos con atención estos espléndidos monumentos; bajamos a la bóveda, sin olvidar la advertencia que hizo Ford bastante a tiempo: "cuidado con la cabeza" y vimos sus sencillos ataúdes.

La bóveda contiene cinco:los de Fernando e Isabel, el de Felipe y Juana la Loca y el de su hijo, el joven que se mató al caerse de su caballo. Subimos para estudiar los bajo relieves de madera, que representan la rendición de Granada, que decoran los lados del altar, muy curiosos y admirablemente descritos en el Hand-book.

En la sacristía de la Capilla Real se conserva la espada, el cetro y la sencilla corona de oro de Fernando; tuvimos en nuestras manos todo esto. Vimos el misal de la reina, magníficamente iluminado; también algunos de sus bordados en hilo de oro, que ella realizó para esta capilla y oímos con vergüenza, y esperamos que no fuera verdad, que una dama inglesa, una maníaca de las reliquias, supongo, cortó un trozo a este bordado. Hay un cuadro muy curioso, se le adjudica a Ferdinand Gallegos, el descendimiento de la cruz en una capilla lateral cercana. No había mucha gente en la Catedral cuando entramos, pero era tarde; la última misa llevaba más de la mitad. Fue agradable ver que a pesar de haber poca gente, los hombres igualaban en número a las mujeres y daban el aspecto de la misma seriedad en sus devociones.

 

“En los puestos y en los mercados, se ven tantas mujeres como hombres, pero nunca verás a una mujer llevando una carga pesada, o guiando mulas o burros, o caminando mientras que el hombre va cabalgando, cosa que me solía molestar mucho en Portugal”.

 

La mantilla es universal; no he visto gorras, a excepción de las nuestras y las de una dama inglesa que también es huésped del "León Dorado". Si exceptuamos la mantilla, los trajes de las mujeres son exactos a los nuestros. Una rosa roja, u otra flor, en el pelo es tan normal aquí como en Sevilla. El atuendo de los hombres es más pintoresco, tanto si llevan la gran capa azul, echada con gracia sobre el hombro izquierdo y mostrando sus atractivas vueltas de terciopelo negro, escarlata o azul prusia, como la chaquetilla corta, bordada de plata, con sus mangas a tiras de diversos colores; o envueltos en una gran manta, tejida de muchos colores, o de un sólo color, con un alegre bordado en los filos. Me he fijado en muchos sombreros de forma cónica, así como otros de copa baja y plana, que son de uso universal en Sevilla.

Mr. --- tiene mucha razón cuando dice que la capa española no tiene tanta gracia cuando no está acompañada por el sombrero andaluz; el sombrero francés no le va.

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En los puestos y en los mercados, se ven tantas mujeres como hombres, pero nunca verás a una mujer llevando una carga pesada, o guiando mulas o burros, o caminando mientras que el hombre va cabalgando, cosa que me solía molestar mucho en Portugal. Aquí el orden de las cosas está adecuadamente invertido; pero creo que se ve más a menudo a la mujer subida a caballo detrás del hombre que cabalgando sola en su corcel y agarrándose al pañuelo bajo la cola del animal con esa forma tan cómica de ir segura a la grupa. ¡Las sillas de montar y las bridas son tan alegres! Incluso el arnés de la diligencia, en lugar de la desordenadasoga trenzada, es muy vistoso, con la grupera carmesí, ribeteada de amarillo y bridas a juego y las colleras, también ribeteadas de amarillo brillante. A los españoles les gustan los colores alegres y, ¡qué bien armonizan con el brillante sol y el claro cielo azul!

Entre los sonidos agradables y característicos de esta tierra encantada está el de las castañuelas. Se escucha salir constantemente de grupos de niños que juegan afuera en las calles. Entre los sonidos de las calles hay uno doloroso para los oídos ingleses -el del chirriar de las cadenas de los presos, que aquí, lo mismo que en Portugal, son los únicos que hacen las carreteras y los que las arreglan. Hay un grupo de ellos en este momento trabajando bajo nuestras ventanas. Las cadenas han sido mi despertador cada mañana a las cinco y media. Ni siquiera en las murallas de la Alhambra te escapas al deprimente sonido.

 

“Las cadenas han sido mi despertador cada mañana a las cinco y media. Ni siquiera en las murallas de la Alhambra te escapas al deprimente sonido”.

 

Estuve otra vez en ese encantador lugar. Hoy me dirigí hacia allí a través de la Alameda (por favor, Sr. Ford),¡con sus pomposas avenidas, sus fuentes y flores, saltos de agua y ruiseñores! Y las torres de la Alhambra, a la izquierda, meditando tristemente sobre ella; y el río Genil, tan famoso por las canciones, cantándole a la derecha; y Sierra Nevada, como un espíritu completamente blanco, contemplándola desde su hogar en el firmamento azul. Al llegar al puente por el cual se puede cruzar el Genil di la vuelta hacia la izquierda, pasando debajo de jardines en paratas que envían hacia abajo dulces perfumes desde sus tapias completamente engalanadas de flores, luego llegué a curiosas viviendas árabes y a pozos árabes, y, posteriormente, a las casas de los gitanos -casas excavadas en la roca vivacon un agujero dejado en la parte de la fachada a modo de puerta. ¡Qué criaturas de aspecto más salvaje eran los niños que se veían agachados en cuclillas por esas aperturas! Pronto estuve a resguardo en la gran sombra verde del bosque que rodea la Alhambra. Las vistas que se obtienen cuando se accede por este camino, a cada vuelta de la empinada subida, son gloriosas.

Ahora siempre es necesario pedir permiso para entrar a la Alhambra. Mi mulero (ya que hoy no tenía ningún otro sirviente) no sabía nada acerca de este asunto, e incluso ignoraba la zona en la que vivía el General. Así pues, me vi obligada a subir la escalera y encontrar el camino como pude por este estrecho pasadizo, bajo y bastante oscuro hasta llegar a la puerta de la vivienda del General, y aquí dejar mi tarjeta a un ordenanza que estaba a su servicio y pedir permiso, en el mejor español que pude balbucear, para entrar en la Alhambra. Un sirviente le cogió la tarjeta al ordenanza y salió el propio General a mirar, yo creo, por curiosidad, a la audaz dama inglesa que se había aventurado de ese modo a presentarse sola en su puerta. Sin embargo, el fue muy cortés y en ese mismo instante me concedió lo que solicitaba y me apresuré escaleras abajo con el corazón más alegre que cuando las subí, ya que ahora no sentí ningún peligro, debido a que me acompañaba el fuerte deseo de vagar durante unas cuantas horas más dentro de estos muros que yo tanto había deseado ver durante toda mi vida, y que probablemente no volvería a ver otra vez.

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En seguida me dirigí al Patio de los Leones. Cuanto más se estudia este bello edificio, más exquisitamente maravilloso parece. Su belleza me resultó incluso más impresionante en esta segunda visita que en la primera, aunque aquella tuvo lugar en un verdadero día de Alhambra, cosa que no ocurrió esta vez, ya que todo el tiempo que permanecí allí estuvo diluviando y un viento helado se metía por todos los rincones del edificio. Cuatro horas pasadas sobre las alas del viento. Comencé a mirar el reloj, y me di cuenta que mi tiempo se había acabado, cuando me estaba haciendo la ilusión de que aún me quedaba la mitad. En aquél momento la lluvia había cesado y cuando salí de esos patios de Aladino, la Vega tenía un aspecto más exuberantemente bello que nunca bajo los variados efectos de la luz producidos por un sol radiante, unas nubes oscuras y una tenue neblina ondulada.

Volvió a llover fuertemente un poco después de las cinco, y continuó lloviendo; para desgracia de personas a punto de volver en diligencia a Málaga. Paró, sin embargo, un poco antes de las once de la noche, cuando tomamos asiento en el cuerpo de la diligencia. Nos traquetearon demasiado en el coupé cuando vinimos, por lo que se nos antojó intentar otra parte y sobre todo por que nos ahorramos un dólar cada uno con el cambio. No tuvimos suerte la segunda vez, ya que volvimos a atravesar la Vegade noche; y aunque la luna estaba casi llena, su luz estaba bastante oscurecida por las nubes y el valle se encontraba casi perdido entre la neblina, por lo que no pudimos ver nada de lo que nos habíamos perdido antes. Empezó a amanecer justo cuando llegamos a esa parte de la carretera donde el Genil, nuestro acompañante durante algún tiempo, corría a través de ricos campos verdes, o bajo riberas bordeadas de bellas arboledas, donde un ruiseñor desde cada árbol ofrecía su canción. Nosotros escuchábamos estos pájaros cantar, con entusiasmo, en las avenidas de la Alameda, cuando íbamos saliendo de Granada; y la música siempre vino con nosotros hasta que llegamos a Arabia petrea, ese grandioso pedregal, esa escarpada zona rocosa en la parte más alta del desfiladero.

 

“A pesar de la lista de precios enmarcada y con un cristal, y colgada en una de las paredes de la habitación, el pícaro posadero nos cobró bastante más de dos chelines por cabeza”.

 

Loja, donde desayunamos, está situada en un paraje encantador, y es en verdad el cerrojo y la llave de Granada. Está construida en el empeine de la montaña y desde su castillo se domina el gran desfiladero por un lado y toda la Vega, bordeada por la Sierra Nevada, por el otro. Las nubes no nos dejaron que pudiéramos echar una mirada de adiós a las cumbres nevadas. Aquí el Genil está cruzado por un pintoresco puente árabe.

Estas posadas españolas son lugares de aspecto poco acogedor. Por lo general, primero se entra en un gran patio porticado, que ocupa casi toda la planta baja del edificio y si no eres lo bastante listo como para cuidar de ti, corres bastante peligro de ser arrollado por alguna de las ocho o diez mulas que, al estar sin arneses, te persiguen a través de la gran puerta, para llegar a su lugar de costumbre en el extremo más profundo de este vestíbulo de entrada.

Ciertamente, estas entradas ofrecen magníficos modelos para el pintor, con sus fuertes contrastes de luces y sombras y sus pintorescos grupos o figuras sueltas salpicadas por allí. Bajo un arco hay una mula y un mulero, comiendo de la misma hogaza o descansando en la misma cama; bajo otro, una mesa basta cubierta por un mantel blanco, donde están desayunando el cochero y el postillón -sus alegres atuendos ofrecen un bonito contraste con el oscuro telón de fondo; mientras que perros y mendigos están implorando con idéntica seriedad los trozos que puede que sobren en la mesa. Las mujeres están sentadas en el suelo de barro, exponiendo el contenido de sus cestas: frutas, pan, bizcochos y otros dulces y mercancías de buhoneros, hilos, baratijas y bisutería; y cada una de las vendedoras te persigue para que le compres. En una esquina hay un corrillo de hombres, envueltos en sus largas capas, hablando con la mayor seriedad, como si el estado de bienestar de la nación dependiera de ellos. En otra hay un grupo de muchachos y zagalas ociosos mirando con curiosidad; y puedes estar segura de que una o dos caras muy bonitas te llaman la atención, lo mismo que es probable que te invada la pena al ver un cigarito en la boca de un chaval que aún no ha cumplido sus nueve primaveras. Los españoles son, si cabe, mayores esclavos de la pasión de fumar que los alemanes.

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Tienes que abrirte camino a través de esta compañía multicolor, ya que no viene ningún anfitrión o anfitriona a guiarte. Yo me encaminé a un pequeño agujero oscuro y sucio en la parte derecha, que dio la casualidad que era la cocina, y cortésmente fui invitada a aproximarme al fuego, pero pensé que era prudente quedarme completamente fuera ya que lo que yo más deseaba era desayunar, y me temí que el estar viendo los preparativos podría quitarme todo deseo de comer; por lo que les pedí que me mostraran el lugar para desayunar. Fuimos conducidos a través del zaguán, por una escalera de piedra oscura, y a través de una habitación casi tan oscura (donde dos personas estaban tumbadas en el suelo, en camas improvisadas de aspecto mugriento), a una amplia habitación con tres ventanas. Aquí acababan de poner una mesa para los pasajeros. Después de haber abierto las ventanas y haberlas mantenido abiertas durante un rato, no podíamos quejarnos de este lugar. Pedimos nuestro desayuno, y cuando pensamos que ya estaría en la puerta, el posadero entró con las manos vacías y por tercera vez nos preguntó que es lo que tomaríamos. Esto provocó que le respondiéramos de un modo un tanto impaciente y rápidamente trajo una taza de chocolate para cada uno, pan, tres o cuatro huevos cocidos, por lo que, a pesar de la lista de precios enmarcada y con un cristal, y colgada en una de las paredes de la habitación, el pícaro posadero nos cobró bastante más de dos chelines por cabeza.

El trayecto desde Loja a Málaga creo que es, si es posible, más bello incluso que cuando se hace en dirección opuesta.

Oh, ¡cuántas cosas habrías encontrado para admirar!  

 


[1] Burlington Arcade (Londres). Galería comercial del Siglo XIX junto a Picadilly Street y Old Bond Street. Burlington House era la antigua residencia en Londres de Lord Burlington (fachada de 1715)

 

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