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“Escribir es buscar en el laberinto de la memoria y del lenguaje“

 

El último reconocimiento a la obra de José Manuel Caballero Bonald llegó de Granada en el otoño de 2009, el jurado del Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca consideró su reflexión rigurosa “sobre las posibilidades contemporáneas del Barroco”. Y es Góngora el primer nombre que le escuchamos en nuestra entrevista desde el jardín tranquilo de su casa: “Góngora es la expresión máxima del poeta que quiso crear una lengua y la creó… Las Soledades es un poema inacabable”. 

Él mismo se considera parte de una tradición poética que sucede en Andalucía “quizá por un influjo de la morada donde uno vive, del clima, del ambiente, desde Góngora a Juan Ramón […] esa tradición existe” hasta hoy, observa. En esa morada nació el 11 de noviembre de 1926 en una casa “de la jerezana calle Caballeros […] que en alguna remota fantasía supuse asociada a mi apellido”, leemos en Tiempo de guerras perdidas (1995), tal vez la ascendencia aristócrata de su madre, familiar del pensador tradicionalista francés vizconde de Bonald, o la de su padre, nacido en Cuba, hijo de un militar cántabro y una criolla vinculada a las plantaciones azucareras de Camagüey, le avivaran esas fabulaciones. 

Si bien las memorias llevan siempre implícitas figuraciones del recuerdo, al recorrer la biografía de Caballero Bonald no nos resistimos al placer de leer Tiempo de guerras perdidas (1995) y La costumbre de vivir (2001), La novela de la memoria I y II las llama no sin intención. “La memoria es fundamental para mí, es el factor desencadenante, el punto de partida de todo lo que yo escribo”, dice en otro momento, y ese ejercicio se alarga en su poesía y sus novelas. 

Realiza los primeros estudios y bachillerato en el Colegio de los Marianistas de Jerez entre 1936 y 1943. En esos años, Caballero Bonald pasa temporadas en la Sierra de Cádiz y en Sanlúcar de Barrameda, donde conoce el mar y el Coto de Doñana: “En el Coto descubrí el mundo… desde niño comprendí que esa geografía tenía algo especial, algo sacral”, reflexiona. Esa naturaleza venerable se reflejará de una manera constante en su obra, así en Ágata, ojo de gato (1974), su novela más querida. 

También está presente el mar. En 1944 ingresa en la Escuela de Náutica y Astronomía de Cádiz y navega durante dos veranos. Son años de amistad con el grupo de la revista gaditana Platero, Fernando Quiñones, Pilar Paz Pasamar, Pedro Ardoy... Escribe sus primeros poemas. 

En 1947 una enfermedad que le tuvo postrado en la cama durante todo el curso, cambió el rumbo de su vida. Preparó para la convalecencia “un cajón bien repleto de libros”, entre antologías de poetas barrocos y del 27 La estación total de Juan Ramón Jiménez, relata en Tiempo de guerras perdidas. Recuperado, tras aquellas lecturas decidió cambiar la carrera por la de Filosofía y Letras. La empieza en Sevilla en 1949. 

De aquellos cursos recuerda su descubrimiento del modernista Tomás de Morales, su “impregnación marítima… de fraseo especialmente bien musicado”, también sus lecturas de Horacio, Juvenal y The Rime of the Anciant Mariner de Coleridge, así como de los simbolistas franceses, Baudelaire en especial. Conoce al grupo cordobés de la revista Cántico y en 1950 consigue el Premio de Poesía Platero por su poema "Mendigo". 

Prosigue sus estudios de Letras en Madrid. En septiembre de 1951 llega para incorporarse a su primer trabajo en la I Bienal Hispanoamericana de Arte, que dirigía Leopoldo Panero. En 1952 aparece su primer libro de poesía, Las adivinaciones, accésit del premio "Adonais". 

Además de la publicación de otros poemarios, en esa década colabora en la revista Papeles de Son Armadans. Son los años de sus primeras actividades clandestinas: “ha sido siempre mi actitud defenderme de algo que me ofendía o de algo con lo que no estaba de acuerdo, ahí está el sustento primordial de mi actitud de escritor” declara al entrevistador.

En febrero de 1959 asiste en Collioure al XX aniversario de la muerte de Antonio Machado con Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Ángel González, José Ángel Valente, Jaime Gil de Biedma, Alfonso Costafreda, Carlos Barral... El evento lanzará al grupo de poetas conocido como Grupo o Generación del 50. Caballero Bonald comenta que no había ninguna afinidad literaria, pero sí muchas cosas comunes, sobre todo la lucha antifranquista: “teníamos en común, como decía Ángel González, una nueva manera de vivir y de beber” y sonríe.

En 1960 marcha a Bogotá, donde enseña Literatura Española y Humanidades en la Universidad Nacional de Colombia, y traba amistad con el grupo de la revista Mito: Jorge Gaitán Durán, Gabriel García Márquez, Eduardo Cote,… Ese viaje “fijó las pautas de una halagüeña sucesión de despedidas juveniles y anticipos de la madurez”, reflexiona en La costumbre de vivir. En diciembre de 1962 regresa a España y se ocupa de diversos trabajos editoriales.

La vida de Caballero Bonald ha sido de una gran intensidad creativa y profesional, cruzada por un fuerte compromiso que incluso le llevó a la cárcel en varias ocasiones. Ha trabajado en el Seminario de Lexicografía de la Real Academia Española, en el Centro de Estudios Hispánicos del Bryn Mawr College de Pennsylvania y participado en muchos ciclos y congresos dentro y fuera de España, lo que le ha traído infinidad de premios y reconocimientos. Esperamos que pronto el Premio Cervantes.

A modo de resumen de su mundo poético, una forma de insumisión y de iluminación de la realidad, Caballero Bonald nos lee ese memorable poema de madurez que es Summa vitae:

 

De todo lo que amé en días inconstantes
[…]

¿qué me importa
evocar, preservar después de tan volubles
comparecencias del olvido?

Nada sino una sombra
cruzándose en la noche con mi sombra.

 

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