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“La literatura es como una linterna que arroja luz en el día a día”.

Tres poemas elige Julia Uceda en su entrevista para la Biblioteca Virtual de Andalucía como una luz en la conversación: “El secreto” y “Diáspora” del poemario Extraña juventud (1962), con el que obtendría un accésit del Premio Adonais, y “Aprendiendo a nadar”, de su último libro de poesía Zona desconocida (2006), por el que recibió el Premio de la Crítica. La Epístola moral a Fabio y unos versos del filósofo alemán Martin Heidegger introducen el primer libro y dan pistas de hacia donde va su pensamiento poético, “una simbiosis entre lo cotidiano, lo experimental y lo onírico” oímos de sus propios labios.

El 22 de octubre de 1925 nace Julia Uceda Valiente en Sevilla, en cuya Universidad se licenció en Filosofía y Letras, ejerció la enseñanza durante algunos años y obtuvo, además, el Doctorado con una tesis sobre el poeta montañés José Luis Hidalgo, uno de los creadores más destacados del existencialismo de posguerra. En 1999 la Sociedad de Cultura Valle-Inclán de Ferrol le publica Los muertos y evolución del tema de la muerte en la poesía de José Luis Hidalgo.

Pero pronto sintió la necesidad de marcharse, “de salir, de ir hacia otra parte, como un autoexilio, pues nadie me obligaba, salir era un instinto para mí” —asegura en la entrevista— y, después de opositar a cátedra de instituto, abandona el país rumbo a Estados Unidos en 1965. Antes de marchar, recuerda como había caído en sus manos un libro de poemas de Ramón J. Sender, como profesora y poeta quiso hacerle una crítica que fue aceptada en Ínsula, entonces dirigida por José Luis Cano, pero no encontraba bibliografía alguna. Al comentar esto con un profesor, aún recuerda con indignación su respuesta: “¡Ah, sí!, fue un delincuente, la República lo propuso para el Nobel”. La reseña, “Las imágenes migratorias”, apareció en Ínsula en febrero de 1962: Julia Uceda fue la primera que en suelo español habló de la poesía de Ramón J. Sender. Su autoexilio estaba decidido.

Entre 1965 y 1973 ejerce como catedrática de Literatura española en la Michigan State University. En Estados Unidos “me sentí necesaria en mi trabajo y esto es algo muy importante” —declara—, conoce personalmente a Ramón J. Sender y a esa otra España de cuyos nombres su generación no sabía nada. Después de una breve estancia en nuestro país, lo abandona nuevamente para residir en Irlanda hasta 1976, año en el que vuelve definitivamente. Desde entonces vive en Galicia, en su casa de campo cercana al Ferrol.

Julia Uceda, que confiesa que empezó muy pequeña a escribir, publicó su primer libro en 1959: Mariposa en cenizas desatada aparecía ese año en la colección de poesía andaluza que el grupo Alcaraván creara en los 50 en Arcos de la Frontera. En el poema que da título al libro recrea un verso de las Soledades donde Góngora retoma el tópico petrarquista de la mariposa enamorada que se suicida en el fuego y que, más allá de la literatura española de los Siglos de Oro, los críticos descubren en autores como García Lorca, Dostoievsky, Lewis Carroll o la misma Uceda.

En 1962 con Extraña juventud consigue un accésit del Adonais. Siguen los poemarios Sin mucha esperanza (1966), Poemas de Cherry Lane (1968), Campanas en Sansueña (1977), Viejas voces secretas de la noche (1981) y Del camino de humo (1994), todos ellos incorporados a En el viento, hacia el mar, con el que fue reconocida con el Premio Nacional de Poesía en 2003. Era la primera vez que este premio recaía en una mujer. Al hilo de este hecho, pregunta el entrevistador: “¿hay poetas que no conocemos porque son mujeres?”, “sí, sin duda”, afirma Julia Uceda rotunda.

Es Hija Predilecta de Andalucía. En la entrevista es recordado el discurso que pronunció en 2005 en la ceremonia de nombramiento: “exilio y poesía son destinos comunes a lo largo de la historia del pueblo andaluz”, reconoce y añade: “el pueblo andaluz, aunque no haga poesía hace metáforas, hace imágenes, habla sin hablar”.

En 2006 se le concede el Premio Nacional de la Crítica por Zona desconocida. De este libro elige leernos “Aprendiendo a nadar”, que forma parte del grupo que llama De los senderos, iniciado con los recordados versos de Machado: “… y el camino que serpea / y débilmente blanquea / se enturbia y desaparece”.

A modo de preámbulo, no nos resistimos a transcribir sus palabras sobre el momento en que tiene lugar el acto de la creación poética: “Sucede que un poema puede convertirse en un boceto que, releído después de algún tiempo, vuelve a dejar oír su voz para revelar lo que el poeta olvidó o no supo ver en un determinado momento ya que la poesía, que procede de extraños lugares, es un acto de la memoria que no siempre permite el acceso a sus rincones perdidos”.

Escuchamos “Aprendiendo a nadar”:

En todos estos siglos no puedo recordar qué palabras se han dicho. En silencio, las mareas del tiempo se aquietaron. Nada saben uno de otro aunque todo lo sepan […]  

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