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De viva
voz

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“La contemplación es un ingrediente absoluto de toda la poesía, pero la palabra es lo primero“

 

Fue voluntad de José Antonio Muñoz Rojas llamar La alacena olvidada a la última edición de su obra completa en verso, que él mismo revisó y autorizó. “Lo que se guarda se pierde, lo que no se da no se tiene” escribe a su editora Clara Martínez Mesa, en una carta del 17 de junio de 1994, ante la tarea de organizar y catalogar su archivo. 

Inauguró en 2008 la sección De viva voz de la Biblioteca Virtual de Andalucía con una entrevista encargada para la ocasión y conducida por Jesús Vigorra. En 2009, en plena celebración de su centenario, nos deja el 29 de septiembre. 

Había nacido en la localidad malagueña de Antequera el 9 de octubre de 1909. Nacer allí “ha condicionando mi vida entera… me quedé huérfano muy niño”, recuerda con tristeza en la conversación. Había perdido a su madre cuando aún no tenía dos años y fue su abuela Teresa su auténtica madre: “le debo la mejor ternura que he tenido en el mundo. Era ese nudo misterioso que impide que vaya uno a la deriva” escribía en su diario cuando murió. La pérdida salpicó su vida muchas veces. 

Estudió bachillerato en el colegio de los jesuitas de El Palo en Málaga, después en el también jesuita de Chamartín de la Rosa en Madrid, donde conoce a José Luis López de Aranguren, amigo en su madurez. Ahí moldearía su convicción cristiana ya iniciada en la casa. Sobre la importancia de Dios en su obra afirma “sin saber lo que es, sentir a Dios sí, en el campo por ejemplo, la naturaleza, por ahí”, por ahí insiste y sonríe. 

En la Universidad Central de Madrid estudia Derecho. Durante las vacaciones de 1927 lee por primera vez a Antonio Machado y queda impresionado por quien sería ya su poeta para siempre: “Con nadie he tenido amistad semejante, de comunión, no de trato […] pasé un verano entero loco por él”. Escribe su primer libro en 1929, Versos de retorno, publicado por la imprenta Litoral de Emilio Prados y Manuel Altolaguirre, lo que inicia el fuerte trato que mantuvo con algunos poetas del 27. Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre especialmente, “ellos dos eran mis más grandes amigos”. 

Realizó sin éxito oposiciones al cuerpo diplomático y en septiembre de 1936 se incorpora como lector de español a la Universidad de Cambridge, donde inicia una investigación sobre los poetas metafísicos ingleses, John Donne, sobre todo, que confesaba en 1623 “haber leído más autores españoles que de otra nación alguna” leemos en su Encuentro con Donne (1962), en el ejemplar que conserva la Biblioteca de Andalucía procedente de la de Luis Rosales. Allí se encuentra con Cernuda, “tuve una relación buena pero no intensa, él era Cernuda siempre”, y con T. S. Eliot, tan admirado y semejante, de quien hizo algunas traducciones que son de culto. Wordsworth, Crashaw o Hopkins también han sido traducidos por él. 

"Cambridge mezclado con Antequera, ¿qué puede dar?", bromea Vicente Aleixandre en Entre corte y cortijo, retrato que le dedica. 

Vuelve concluida la Guerra Civil y hasta 1951 vive entre Málaga y Antequera. Ese año inicia con Alfonso Canales la colección malagueña A quien conmigo va. Se instala en Madrid en 1952, al hacerse cargo de la Sociedad de Estudios y Publicaciones del Banco Urquijo, desde donde dirige una admirable labor de mecenazgo cultural. Vive desde entonces entre la capital y Antequera. 

Llegados a un punto, el entrevistador quiere hablar de poesía y lee: “Tu oficio, poeta, es contemplar, / que todo se te escriba dentro; luego, / quizá leer allí mismo, quizá decir a los otros / lo que allí mismo, escrito, tú lees” (de Yo sólo sé nombrarte). “La contemplación es un ingrediente absoluto de toda la poesía, pero la palabra es lo primero”, apostilla Muñoz Rojas.

Su escritura poética se extiende por Canciones, Sonetos de amor por un autor indiferente, Abril del alma y, sobre todo, Cantos a Rosa, símbolo de la belleza y la fugacidad del tiempo. Todos son poemarios en torno al amor, la melancolía serena y la armonía del alma con la naturaleza. La reflexión en torno al recuerdo, la soledad y el tiempo, mediante rupturas y repeticiones, recorre todos sus libros: Al dulce son de Dios, Oscuridad adentro, Objetos perdidos, La voz que me llama.

En Las cosas del campo se vale de la prosa poética con un aire horaciano, se vislumbran las lecturas de Fray Luis de León que tanto admira. Esa prosa está presente también en su obra memorialística: Historias de familia, Las musarañas, Amigos y maestros, La gran musaraña o Dejado ir (estancias y viajes).

Fue Premio Nacional de Poesía en 1998 por Objetos perdidos. En 2002 se le concedió el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana por el conjunto de su obra y en 2007 el Andalucía de la Crítica por El comendador. Ha sido Hijo Predilecto de Andalucía (1992) y galardonado con la Medalla de Oro de la ciudad de Antequera y con la de Honor de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo. 

De Objetos perdidos (1997), José Antonio Muñoz Rojas elige leernos:

 

“Yo sólo sé escribir esto

porque no sé hacer otra cosa,

tan perdido como siempre he andado,

porque no sé más que andar perdido…”

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