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De viva
voz

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“Que las palabras tenían armonía y ritmo propio y se combinaban fue el descubrimiento de mi vida"

 

En 1951 el Juan Ramón de los Romances de Coral Gables, exiliado en Puerto Rico, quedó prendado de Mara, primer libro de una joven poeta gaditana (Jerez de la Frontera, 1933) que estudiaba Filosofía y Letras en Madrid: Pilar Paz Pasamar. Juan Ramón Jiménez quedó impresionado por su sorprendente calidad y madurez poéticas, lo que quedó plasmado en un intercambio epistolar entre el maestro y Paz, “siete u ocho cartas” en las que le anima en sus primeros pasos, recuerda la autora.

Ese vínculo con Juan Ramón se extendería a los jóvenes poetas del grupo gaditano Platero, con quienes compartiría esa correspondencia “muy corta, y luego repartida entre todo el grupo, pero muy intensa, un verdadero regalo de la vida”, confiesa con gran honor. Fueron esos compañeros Fernando Quiñones, José Manuel Caballero Bonald, Julio Mariscal, Serafín Pro, Felipe Sordo Lamadrid, entre otros. En la revista Platero, que se publicó entre 1951 y 1954, vieron la luz también textos de Rafael Alberti, Juan Ramón Jiménez, Elena Martín Vivaldi, Trina Mercader, etc. La “niña de Platero”, por el capítulo de Platero, la llamaban sus compañeros, cuenta bromeando.

La familia de Pilar Paz Pasamar era gran aficionada a la literatura y a la música, los “maravillosos do de pecho” de su madre los recuerda Pilar con admiración, ella fue quien le proporcionó el clásico Las mil mejores Poesías de la lengua Castellana, una de sus primeras lecturas. “Mi tío Luis y mi padre fueron dos asesores intelectuales muy importantes”, añade. Ese ambiente influyó enormemente en la formación de su gusto artístico desde muy niña, tan pronto que no recuerda cuando empezó a escribir: “desde que descubrí que las palabras tenían armonía y ritmo propio y se combinaban, fue para mí el descubrimiento de mi vida, ¡qué bonita la palabra! Y así hasta ahora”.

Conoce a Carlos Bousoño en la Facultad, escapaba a sus clases de estilística poética para escucharle, “después hicimos amistad, me presentó a Vicente Aleixandre”. En esos años frecuentaba las tertulias de Concha Lagos y Juana Mordó y conoció a Dámaso Alonso, Eugenio d’Ors, Gerardo Diego…, “recuerdo como si fuera hoy las palabras de Gerardo Diego: lo que importa, Pilar, es la obra bien hecha”.

Con Los buenos días obtiene el accésit del Premio Adonais en 1954. Le siguen Ablativo amor en 1955 y Del abreviado mar, homenaje a Góngora, en 1957. Su poética está inmersa en los presupuestos de la Generación del 50, de la que algunos consideran que forma parte, el intimismo en los versos, la conciencia social y la poesía de la experiencia, que “arraiga en lo elemental: las cosas sencillas, los incidentes cotidianos, el latido de la trascendencia en los seres”.

En 1957 se casa y abandona su exitosa carrera literaria en Madrid al trasladarse a Cádiz, donde fijó definitivamente su residencia. Sin embargo, nunca dejó de escribir, aunque a La soledad contigo de 1960, Poesía femenina de lo cotidiano, ensayo de 1964, y Violencia inmóvil de 1967, siguieran muchos años de silencio creativo. “He estado once años sin editar, no sin trabajar” puntualiza y entre otras actividades se entusiasma cuando nos habla de su experiencia como cooperante en los centros obreros: “no para enseñar el alfabeto, sino para llevar a Góngora, ¡a Góngora con sus Soledades a esas mujeres…! eso era lo bello: cómo capta la mujer que está aprendiendo a leer, cómo capta y entiende, por intuición, a Juan Ramón”.

En 1982 publica La torre de Babel y otros asuntos, donde dilucida ese silencio y su búsqueda de la trascendencia. De 1986 es La alacena, de 1990 Textos lapidarios: La dama de Cádiz. En 1994 ve la luz su poemario Philomena, obra en la que los trazos de una nueva poesía mística alcanzan la plenitud. Ya el título nos lleva al Cántico espiritual de San Juan de la Cruz, a “el canto de la dulce filomena”, y en el diálogo entre la poeta y Philomena sucederá el desdoblamiento del yo poético, donde manifiesta un sentido del amor que desdeña lo superfluo.

Pilar Paz Pasamar, que comenzó a publicar a los doce años sus primeros poemas en el diario jerezano Ayer, con espacio fijo en ese periódico, presentó en Madrid la primavera de 2008 su último libro: Los niños interiores, “un libro que habla de la diversidad de la voz interior y de la exterior, de la relación con el mundo y el creador con la misma naturalidad e inocencia de esos niños que viven y hablan, si se les escucha, desde el fondo de nosotros”, explica su amigo y crítico Francisco Reina. Canal Sur Radio reconoció este poemario con el premio de “El Público” en su apartado de poesía.

Desde poco después disfrutamos de las palabras de esta “Hija adoptiva de Cádiz” (2004) en la Biblioteca Virtual de Andalucía, protagonista de una de las entrevistas de la colección De viva voz. Los últimos versos que nos lee, un canto exultante a la vida, son del poemario Philomena, “Rediviva”:

 

Estás en ese mar, ola marítima,

y en la brisa que cruzas, mi navío,

y en el paso que pisas, caminante  

y en el golpe que llama del cartero,  

y en el oficio noble y oferente,  

—trinas tan seria como si contaras

 lo mío—. ¡Oh, tú mi yo, mi pertenencia,

 oh, tú mi compañera!

 ¡Cantar, cantar, cantar es lo que importa!

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