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“Escribo al estilo de Tim Burton, que es muy clásico de Andalucía, el absurdo, el disparate, es un hermetismo que está lleno de contenido”

A Ginés Liébana lo siguen reconociendo los manuales de Historia de la Literatura como el pintor del grupo cordobés Cántico, pero estamos ante la figura de un artista integral, ya que su poética no sólo fluye por colores y dibujos, sino también por versos y dramas. Así recuerda Liébana, en la entrevista que hoy presenta la Biblioteca Virtual de Andalucía, que cuando apenas tenía 20 años, el 23 de diciembre de 1942, estrena con Pablo García Baena en el Gran Teatro de Córdoba una versión escenificada del Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz.

“Cuando ya no se hiere a nadie, entonces yo empecé a escribir”, aclara para explicar su tardanza en coger la pluma, pues “cuando está pendiente el compromiso político no se puede hacer nada, el compromiso es una de las cosas que más daño ha hecho a la cultura española” y señala el año 1975 como “el mejor año de la resurrección”. No obstante, rastreamos catálogos y bibliotecas y hasta 1987 no encontramos sus primeras publicaciones: El aliento de la estatua, Brutilda la bellacona, El hombre que se casó con Charles Chaplin o El navegante que se quedó en Toledo, ésta una dramatización sobre la vida de su admirado Greco.

Ginés Liébana Velasco nació en el pueblo jienense de Torredonjimeno en 1921, “un pueblo surrealista en la época aquella, allí descubrí la pintura siendo muy niño, con cuatro o cinco años dibujaba las corridas que hacían en los corralones, las procesiones, …”, nos dice. Pero su familia se trasladó pronto a Córdoba, donde transcurrirían los años de su juventud, de formación, ilusiones y amistad, pero también de la tragedia de la Guerra Civil que sufrió muy cerca con el fusilamiento de su padre y de su hermano. En un momento de la entrevista recuerda esto con angustia todavía al hablar de su marcha a Paris en 1950 —como exiliado alegre se define pese a todo con su humor acostumbrado—: “yo no quería saber, tenía quince años y eso realmente es muy dramático, quería borrarlo de mi mente porque no podía soportarlo”. 

En 1935 conoció a Pablo García Baena en el Instituto de Córdoba y volvió a coincidir con él en la Escuela de Artes y Oficios. Esa amistad adolescente fue el germen de lo que después sería Cántico cuando en 1940 ocurre el encuentro con Juan Bernier y Ricardo Molina, luego vendrían Julio Aumente, Miguel del Moral y Mario López. Liébana, junto a Miguel del Moral, trazaría las ilustraciones de la revista Cántico, no como mero adorno, sino como interpretación plástica de lo que se decía, “la apuesta por lo gráfico, por la belleza de la edición en la revista Cántico fue una idea de Ricardo Molina”, aclara. En esos años también colaboró como ilustrador en las páginas literarias del diario Córdoba y participó en algunas exposiciones provinciales. 

Se marcha a Madrid en enero de 1943. Allí trabaja como ilustrador en las revistas La estafeta literaria y Fantasía y en el semanario El Español. Conoce a Solana, Vázquez Díaz, Fernández Flórez, Ortega, en fin, “que hubiera habido una guerra tremenda no impedía que hubiera gente del mismo hálito que se respiraba antes, era gente muy culta”, comenta. También se relacionó con los postistasy en particular con Carlos Edmundo de Ory, con quien años después estrecharía una fuerte amistad en Paris: “¡Qué sed de desear y de obtener deseos! Casi estoy por decir que tienes dedos en los ojos”, dice a Liébana en una de las muchas cartas que se cruzaron entre 1967 y 1969. 

A París llega en 1950 huyendo de la Dictadura, pero “me encontré la dictadura del arte abstracto”, su gran batalla siempre por la ortodoxia que representa. Conoce a la clavecinista brasileña Ofelia de Nascimento con la que tiene un apasionado romance y viaja a Suiza, Lisboa, Venecia, Roma, etc. Visitar las colecciones de los más importantes museos y casas particulares “es lo que me ha enseñado a pintar lo poco que sé” y recuerda con emoción como “los museos entonces estaban vacíos y en varios he tocado los cuadros”. Entre 1954 y 1957 se establece en Río de Janeiro —“lo más artista que hay en el mundo es Brasil” —, donde continua su trabajo como ilustrador de publicaciones, colabora en espectáculos poéticos y musicales, pinta y expone en numerosas ocasiones. 

En 1968, vuelve a Madrid, donde fijará definitivamente su residencia, sin perder nunca su conexión con Córdoba, y se dedica por completo a su obra. 

De Ginés Liébana dice su amigo el dramaturgo Francisco Nieva —su mejor glosador y con quien ha colaborado en varios trabajos— al prologar La industria del deseo: Casanova en Priego de Córdoba (1998): “Ginés Liébana, dibujante, pintor, poeta, dramaturgo y no sé cuántas cosas más, pero todo a su modo. Es alguien que ha creado, para sí y para sus íntimos más iniciados, un mundo imaginario, donde las leyes se quiebran por donde menos se espera”. Él se define como un activo en otro momento de la conversación, no en vano son casi veinte los títulos, entre poesía y teatro, que en los últimos años han visto la luz: El mueble obrero (1990), Penumbrales de la romeraza (1990), Donde nunca se hace tarde (1996), Síntesis (2000), La tarde es paca (2001), Travesía de la humedad (2003), La equis mística (2005), Bestiamante: asalto a la perfección (2006), Cantes al Amorsillega (2009) o Las dos iglesias y el kamikaze (2010) son algunos. 

Liébana ha sido catalogado tanto en su pintura como en su escritura como un artista influenciado por el Surrealismo, a lo que él responde: “Lo que yo escribo es al estilo de Tim Burton, que es muy clásico de Andalucía […], el absurdo, el disparate, es un hermetismo que está lleno de contenido”. E introduce una de las lecturas con las que cierra esta entrevista: “Estas son las cosas que he oído en el pueblo andaluz” —escuchamos—: 

Para el lucimiento del cortejo de la Ilustre Hermandad
                                                      del Cruel Viático,
sale del penal "El Geranio" a cantar martinetes
a nuestro Padre Jezú Descuadrao.
           Su quejío espanta los estorbos.
Se le notan los perros por dentro.
En la pausa pierde los pedales. 

Un ángel limpia las legañas a un astro
que asuma su rostro
por encima de la tapia del huerto. 

El talabartero, ausente de artificio,
                                 va en carrera de andas,
                       portando el incensario.
El capataz reparte el vino de los modales.

Lo deletéreo tiene alegoría en la tajante
mal conformación.

 

“Martes Santo”, en Cantes al Amorsillega: claves para consonar la compasión y el grito en la zanja de los columbarios flamencos (2009)

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